¡Supervivencia en Otro Mundo con mi Ama!

Capítulo 280. Es Como la Diplomacia de las Cañoneras

 

Tal como habían anunciado, Sylphy y las demás permanecieron tres días en la base del norte antes de regresar a Merinesburg.

—¡No quierooo, no quierooo, no quierooo! ¡Kosuke y yo estaremos juntos para siempre!

—Sí, sí. Tenemos trabajo que hacer, así que es hora de volver a casa.

—Nos vemos pronto.

Al final, Melty e Isla tuvieron que arrastrar a una Sylphy que pataleaba en el suelo mientras gritaba a todo pulmón hasta llevársela de regreso a Merinesburg.

—Qué difícil es creer que esa sea la reina de un país.

—Será una reina, pero antes que nada sigue siendo una persona… una mujer. Además, para un elfo, su comportamiento es bastante apropiado para su edad.

—¿Apropiado para su edad…?

Ellen inclinó la cabeza al escuchar el comentario de Seraphita-san.

—La esperanza de vida de un elfo ronda los quinientos años y, si no recuerdo mal, Sylphy tiene treinta y siete años… ¿verdad?

—Sí, creo que es correcto. Si lo comparáramos con la edad mental de un ser humano, en realidad tendría alrededor de diez años. Aunque, debido al entorno en el que creció, exteriormente se comporta de una forma mucho más madura.

Por cierto, si uno hiciera una simple regla de tres usando únicamente la esperanza de vida, equivaldría a un niño de tres o cuatro años. Claro que eso no tiene mucho sentido. La velocidad del desarrollo físico y la madurez mental de los elfos es distinta a la de los humanos, así que una conversión directa resulta absurda.

—Dejen de mirarme así. Al principio yo tampoco sabía nada de eso… Además, para cualquiera, ella parece una adulta completamente hecha y derecha.

—Bueno, eso es cierto.

Ellen quedó convencida con mi defensa. Y, de paso, dejó de mirarme como si fuera un delincuente. Menos mal… mi honor quedó a salvo.

—En fin, ahora que Sylphy y las demás ya regresaron a Merinesburg, es hora de contactar con los dos países del norte. En estos casos, lo habitual es enviar un emisario, ¿no?

—Sí. Lo normal es que ambas partes intercambien enviados para acordar el lugar donde se celebrarán las negociaciones y, después, acudir allí para reunirse.

Seraphita-san respondió a mi pregunta con un asentimiento. Ellen también asintió a su lado, así que parece que el protocolo es el mismo tanto en el Reino de Merinard como en el Reino Sagrado.

—El contenido de la carta diplomática también era bastante intimidante, ¿verdad?

—Así es. Daba a entender que, si no se rendían por completo, pedían disculpas y pagaban reparaciones, iríamos destruyendo una por una las ciudades y aldeas cercanas a la frontera.

—Entonces decidiré personalmente si realmente llevaremos esa amenaza a cabo o no.

Soy el segundo al mando del Reino de Merinard y, tanto Sylphy como Melty e Isla me dijeron que tenía autoridad para tomar ese tipo de decisiones. Seraphita-san estuvo de acuerdo. Ellen y los demás miembros de la facción nostálgica de Adel no dijeron nada, pero me miraban como si aquello fuera lo más natural del mundo.

—Si vamos a intimidarlos, más vale hacerlo hasta el final.

—¿Hasta el final?

—Sí. En lugar de recurrir a la diplomacia de las cañoneras, pensaba emplear la diplomacia de los gólems.

Al oír mis palabras, Seraphita-san y Ellen inclinaron la cabeza exactamente al mismo tiempo.

☆★☆

Una intensa luz brilló en dirección al fuerte fronterizo. Había transcurrido exactamente una semana desde que los soldados destacados allí huyeron, maltrechos y exhaustos, hasta la ciudad de Brignolph… cuando aquello apareció.

—¿Qué-qué demonios es eso…?

Aquel día, Ilanus, un centinela que vigilaba la puerta sur de Brignolph, divisó una figura que avanzaba hacia la ciudad desde muy al sur. Iba cubierta de pies a cabeza por una brillante armadura negra y arrastraba a sus pies un carro que avanzaba sin caballos. No… Por mucho que la mirara, el tamaño no tenía sentido. Se frotó los ojos una y otra vez y sacudió la cabeza mientras intentaba distinguir qué era exactamente aquello que se aproximaba.

Al principio creyó que era una persona, pero no lo era. No existían seres humanos de semejante tamaño. Ni siquiera las razas semihumanas de mayor estatura, como los demonios, alcanzaban esas dimensiones. Fuera lo que fuese aquella cosa, era muy poco probable que quienes venían desde el sur fueran aliados. Como miembro de la guardia, Ilanus había sido informado de todo lo que necesitaba saber. Naturalmente, conocía la invasión del Reino de Merinard que había tenido lugar durante el invierno.

Todavía no había recibido noticias del desenlace de aquella guerra, pero el estado en que habían llegado, una semana antes, los soldados del fuerte fronterizo que huyeron hasta Brignolph era cualquier cosa menos normal. Además, mientras estaba fuera de servicio, también había oído el rumor de que un importante general —cuyo nombre no recordaba— había sido derrotado.

Si era así… Había muchas probabilidades de que aquello perteneciera a las fuerzas del Reino de Merinard. Convencido de ello, Ilanus tomó un mazo de madera y comenzó a golpear con fuerza el gong de alarma.

—¡Alerta! ¡Alerta! ¡Un grupo no identificado se aproxima desde el sur! ¡Hay soldados con armaduras tan altas como las murallas de la ciudad y vehículos parecidos a carruajes… pero sin caballos!

La ciudad de Brignolph estalló inmediatamente en un caos, como si hubieran golpeado un avispero.

☆★☆

—¿A esto te referías con «diplomacia de gólems»?

—Sí. Intimida bastante, ¿no te parece?

La delegación del Reino de Merinard ya había cruzado la frontera del Reino de Tigris y se encontraba justo frente a Brignolph, la mayor ciudad cercana a la frontera. Nos detuvimos a una distancia prudente y, aprovechando mis habilidades, levanté rápidamente un pequeño fuerte. Además de los tres gólems pesadamente armados que encabezaban la formación, saqué de mi inventario otros doce gólems de combate: unidades especializadas en enfrentamientos cuerpo a cuerpo, equipadas con armas y escudos de acero fabricados a medida. Todos ellos adoptaron inmediatamente una formación defensiva.

Y, sobre la fortificación, ondeaba orgullosamente la bandera del Reino de Merinard. Con eso deberían entender perfectamente quiénes éramos.

—Este catalejo es excelente. Se puede ver con muchísima claridad a lo lejos.

Ellen observaba Brignolph a través de unos binoculares y habló con entusiasmo. Desde la dirección de la ciudad se oía el sonido de las campanas repicando una y otra vez, sin detenerse. Era evidente que quienes habían llegado desde el sur pertenecían al Reino de Merinard, así que era natural que la ciudad hubiera caído en un gran revuelo. Y no era para menos. En un abrir y cerrar de ojos habíamos levantado una fortificación y, acto seguido, desplegado doce gólems gigantescos. Cualquiera entraría en pánico al ver algo así. Para decirlo sin rodeos, esos doce gólems de combate, por sí solos, podían derribar por completo las murallas que rodeaban la ciudad de Brignolph.

—Aquí Capri. Danna-han, muchos soldados se están reuniendo en la muralla sur de Brignolph.

—Mantén una altitud segura y continúa vigilando. Avísame si hay cualquier movimiento.

—Sí, señor… Ah, Danna-han, cinco jinetes con banderas blancas han salido por la puerta y vienen hacia ustedes.

—Recibido. Infórmame si ocurre algo más.

—Entendido.

La comunicación con Capri, la arpía de plumas marrón que nos acompañaba en esta misión diplomática, terminó. Entre las arpías, ella destacaba especialmente por su excelente visión nocturna, así que le pedí que nos acompañara para vigilar posibles intentos de asesinato aprovechando la oscuridad. Después de todo, existe la posibilidad de que lleguemos hasta la capital del Reino de Tigris. Por esa razón, Pessar se quedó en la base.

—¿De verdad hacemos falta aquí?

—Los gólems no pueden entrar en los edificios, ¿verdad?

—Sí, a eso me refiero. Además, nosotras también somos bastante grandes, así que tampoco nos entusiasma meternos en edificios con techos bajos.

Las chicas oni también habían venido con nosotros. Los gólems son excelentes para la guerra, pero como escoltas dejan bastante que desear.

—Kosuke, tengo hambre.

—Grande-sama, aquí tiene unos sándwiches.

—Mmm… Comeré.

Amalie-san comenzó a atender a Grande justo cuando esta empezó a quejarse, como si hubiera elegido el momento perfecto.

Por cierto, Bertha-san, la otra asistente de Ellen, se quedó en la base… o, mejor dicho, en Mesotherium, junto con los sacerdotes de la facción nostálgica de Adel, para «ocuparse» de los seguidores de la corriente principal de la religión de Adel que vivían allí. Al parecer, las relaciones entre ambos grupos eran bastante tensas. Con una sonrisa que daba auténtico miedo, comentó que hacía mucho tiempo que no ejercía como inquisidora.

El Ojo de la Verdad de Ellen puede determinar si alguien dice la verdad o no, pero no sirve para obtener información detallada. Una vez que Ellen determina que alguien miente, el trabajo de Bertha-san como inquisidora consiste en sacarle toda la información posible. Movido por la curiosidad, le pregunté qué métodos utilizaba para conseguirlo. Ella solo sonrió y respondió: «¿De verdad quiere saberlo? ¿Le gustaría experimentarlo en carne propia?». Rechacé la oferta con toda la cortesía del mundo. Es un secreto, pero estoy bastante seguro de que habría acabado aterrorizado.

—Kosuke, los jinetes con la bandera blanca ya casi están aquí.

—Déjame ver… Ah, ese hombre.

Entre los enviados del Reino de Tigris distinguí un rostro conocido. Era el general Macrito, el mismo que había comandado el ejército invasor. Parecía más delgado y con el rostro mucho más pálido que la última vez que lo vi, pero no había duda de que era él.

—¿Lo conoces?

—Sí. Es el general que dirigía las fuerzas invasoras. Si ha venido él en persona, puede que las negociaciones resulten más sencillas.

—Ya veo… Así que el terror que Kosuke-sama le inspiró ha quedado grabado hasta los huesos.

Seraphita-san… cuando lo dices de esa manera, parezco una persona aterradora. Yo soy un supervivencialista pacífico y bastante razonable. …Aunque me pareció escuchar una vocecita, en algún rincón, poniendo eso en duda.

 

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