Ys Lacrimosa de Dana
Capítulo 23. Oricalco
Adol no recordaba la mayor parte del viaje de regreso a la aldea. El mareo y el dolor punzante en el pecho hacían que el empinado descenso requiriera casi toda su energía y concentración. Consideró un logro que, al final, todos dejaran de lanzarle miradas de reojo y de preguntarle a cada momento cómo se sentía.
La incesante charla de Ricotta era una buena distracción. Su conocimiento de las especies vegetales y animales de la zona impresionó incluso a Laxia, que no dejaba de consultar su libro mientras Ricotta le iba señalando distintas cosas. También descubrieron que, cuando era pequeña, una enorme cigüeña picozapato había sido su mentora, y que un gran simio al que llamaba Maestro Kong le había enseñado a luchar.
La visión del puente de árboles extendiéndose sobre el abismo hizo que Ricotta se detuviera. Se quedó contemplándolo un rato y luego insistió en cruzarlo de un lado a otro varias veces, solo para asegurarse de que era real. Adol sintió que se mareaba al verla correr sobre el abismo, tan pequeña contra el telón de fondo del profundo desfiladero, del que se elevaba una neblina desde las profundidades. Él cruzó despacio, mucho menos seguro de sus pasos que la primera vez que habían utilizado aquel puente durante el ascenso del día anterior.
El grupo hizo otra larga parada en la torre de vigilancia del padre de Ricotta para que ella pudiera subir a comprobar si había nuevas notas o alguna pista sobre su paradero. Por fortuna, descubrir que todo seguía exactamente igual que la última vez que había estado allí no la desanimó en lo más mínimo. Al contrario, aquel aparente fracaso no hizo más que reforzar su convicción de que él los estaba esperando al otro lado de la isla. Adol esperaba de todo corazón que tuviera razón.
Solo cuando por fin llegaron a la Aldea de los Náufragos la niña se quedó repentinamente en silencio. Se detuvo en seco a la entrada y miró a su alrededor con los ojos muy abiertos. Su mirada recorría todo: la torre de vigilancia, el taller de Euron, el puesto de provisiones de Dina, la gente reunida alrededor de la hoguera.
Y tan rápido como había dejado de hablar, volvió a hacerlo, más alto y más deprisa que antes.
—¿Qué es esa estructura tan alta? —preguntó señalándola—. ¿Por qué está encendido el fuego? ¿Por qué está toda esa gente reunida aquí? ¿Por qué…?
—Vaya, vaya —dijo Sahad—. Una pregunta a la vez, renacuaja. Esa estructura tan alta es nuestra torre de vigilancia. Construimos una, igual que tu padre, pa’ detectar peligros y avistar barcos. En cuanto al fuego… —Hizo una pausa, pensativo—. Este es el centro de la aldea. La gente se reúne aquí pa’ comer, conversar y esas cosas. En el continente hay ciudades con todavía más gente y edificios que esto.
—¿Ciudades? —Sus ojos se abrieron de par en par—. ¡He leído sobre ellas!
Sahad soltó una risa.
—Pero no me tomes la palabra. La verdad es que yo nunca he esta’o en una ciudad.
Ricotta también se echó a reír mientras lo miraba.
—Algún día vayamos juntos a visitar una, ¿trato hecho?
—Trato hecho.
Adol admiró la energía de ambos. Después de la caminata, él sentía que estaba a punto de desplomarse. Miró a su alrededor, preguntándose si alguien notaría que se escabullía discretamente hacia el albergue, pero en ese momento Laxia, que se había quedado rezagada a la entrada de la aldea, se acercó a su lado. Tenía los ojos ligeramente humedecidos mientras observaba a Ricotta y a Sahad junto a la hoguera, saludando a los demás aldeanos.
—Sahad se lleva muy bien con los niños —dijo—. Casi parecen padre e hija.
Adol asintió.
—Bueno, él es padre de una niña pequeña. Es natural que se le dé bien, ¿no?
—No necesariamente. —Laxia bajó la mirada por un instante—. En fin. Después de instalar a Ricotta, deberíamos… —Se interrumpió cuando Adol se tambaleó y se sujetó de su hombro para no caer—. ¿Adol? ¿Adol?
*
Licht resultó ser un médico extraordinario. Cuando Adol volvió en sí, acostado en una de las camas de su clínica de campaña, el dolor punzante de su pecho había disminuido y la cabeza había dejado de darle vueltas.
Su mirada se posó en Dogi, que estaba sentado junto a su cama con expresión preocupada.
—Nunca te había visto actuar de una forma tan temeraria —dijo Dogi—. Creo que la próxima vez debería acompañarte… para mantenerte alejado del peligro, ¿sabes?
—Fue un accidente —respondió Adol—. No volverá a pasar.
—Si tú lo dices. —Dogi recorrió con la mirada el vendaje que cubría el pecho de Adol. Adol también lo miró. Estaba limpio y seco, colocado con tanta destreza que apenas podía sentirlo. Licht debía de haber usado algún ungüento para aliviar el dolor. Por momentos, Adol casi podía olvidar que tenía algo malo.
—Al menos todas las chicas vuelven a suspirar por ti. —Dogi señaló con la barbilla hacia donde Laxia, Alison y Ricotta estaban reunidas junto al puesto de Dina; las cuatro lo miraban en ese momento. Él les sonrió y las saludó con la mano. Ricotta soltó una risita y todas volvieron a girarse para seguir charlando entre ellas.
—Para eso fue todo esto en realidad, ¿verdad? —dijo Dogi—. Para llamar la atención. Quiero decir, míralas. Ni siquiera necesitaban una excusa para estar pendientes de ti.
Adol se echó a reír. Se alegraba de que todo hubiera terminado y de poder estar allí sentado con Dogi, bromeando sobre lo ocurrido.
—Deberíamos ir a hablar con Kathleen. —Metió la mano en el bolsillo y sacó uno de los dardos de Ricotta—. Este metal puede matar Primordiales, y creo que acabamos de encontrar una forma de conseguir más.
Dogi observó el dardo con interés.
—Eso estaría muy bien. Pero no vas a hablar con nadie ni a ir por ahí a extraer metal hasta que el doctor Licht lo permita. De hecho, me dejó aquí para asegurarme de que no te escaparas mientras él estaba dentro buscando suministros. Reglas del hospital. —Se volvió al ver que el médico se acercaba desde el albergue.
Licht no dijo nada mientras dejaba su maletín de medicina sobre la mesa. Luego retiró el vendaje de Adol y examinó la herida; al menos por lo que Adol podía ver, estaba completamente cerrada y seca. El médico le palpó la frente, le aplicó un ungüento sobre la piel y volvió a colocarle el vendaje.
—Sé lo que te estás preguntando —dijo—. Y sí, puedes levantarte y caminar por el campamento si te sientes con fuerzas, pero nada de expediciones por ahora. Tu herida está sanando muy bien, pero no puedo decir lo mismo de ese fuerte golpe que recibiste en la cabeza. Quiero observar su evolución durante un tiempo. Si no surge ninguna complicación, podrás reanudar tus exploraciones en uno o dos días. Mientras tanto, si sientes mareos o dolor, vuelve de inmediato. ¿Entendido?
—Yo me aseguraré de que así sea —dijo Dogi.
Adol se levantó de la cama. Todavía se sentía un poco mareado, pero estaba seguro de que se le pasaría enseguida. Ya había sufrido heridas peores.
*
Kathleen no dejaba de darle vueltas al dardo de Ricotta entre las manos mientras escuchaba su relato. Cuando terminaron, dejó el dardo sobre el yunque y lo observó pensativa. Todos esperaron, pero ella no dijo nada.
—¿Kathleen? —la apremió Laxia tras un largo silencio.
En lugar de responder, Kathleen levantó el martillo y golpeó el dardo.
—¡Oye! —protestó Sahad—. ¿Qué ‘tas haciendo? Es el único que tenemos.
—Tranquilo. —Kathleen bajó el martillo—. Échenle un vistazo.
Todos se inclinaron para mirar. El asta del dardo había quedado aplastada por el golpe, pero la punta seguía exactamente igual. El yunque, en cambio, tenía una hendidura donde había impactado el martillo, como si el dardo hubiera sido capaz de perforar el hierro.
—Supongo que debería haberme tomado más en serio las historias de mi abuelo —dijo Kathleen, pensativa.
—¿De qué ‘tas hablando? —preguntó Sahad.
La mirada de Kathleen se perdió en la distancia.
—En Greek se ha transmitido desde hace mucho una vieja historia sobre cierto metal. Más duro que el diamante y que nunca se oxida. Pero siempre pensé que no era más que un cuento exagerado.
—Más duro que el diamante y que nunca se oxida —repitió Ricotta—. He leído sobre los diamantes. Suena bastante acertado.
Kathleen le lanzó una mirada extraña.
—Se dice que este metal emite un tenue resplandor, del color de la luz del sol, y que su superficie reluce. Lo llaman…
—Oricalco —dijo Adol en voz baja.
Kathleen asintió.
—¿Tú también has oído esas historias?
—No exactamente. —Al menos, no de nadie de este mundo. Ahí estaba, el último fragmento de información que tanto se había esforzado por recordar. En su sueño, Dana y Sarai habían llamado oricalco a aquel metal, una palabra que en ese momento no había significado nada para él. El corazón comenzó a latirle con fuerza. ¿Era ese único detalle una prueba suficiente de que Eternia era un lugar real?
—En cualquier caso —continuó Kathleen—, mucha gente ha visitado la forja de mi familia buscando oricalco. Nunca pensé que realmente existiera.
Sahad frunció el ceño.
—Entonces, si fabricáramos armas con ese material…
—Podrían enfrentarse a los Primordiales, sí —respondió Kathleen—. Sin embargo, necesitaremos mucho más que esto.
—Ese es el problema —dijo Laxia—. Ricotta no recuerda exactamente dónde encontró su padre ese metal.
—Bueno. —Kathleen se encogió de hombros—. Entonces tendrán que encontrar a su padre.
Si es que sigue con vida. Adol vio ese mismo pensamiento reflejado en los rostros de Laxia y Sahad, pero ninguno de ellos lo expresó en voz alta.
—Al padre de Ricotta se le vio por última vez hace un mes, cuando se dirigía hacia las regiones del norte de la isla —dijo Laxia—. Las montañas están infestadas de Primordiales. A menos que encontremos una forma de combatirlos…
—En ese caso —dijo Kathleen—, parece que hemos llegado a un punto muerto.
Adol levantó la cabeza.
—Podríamos encontrar oricalco en un estrato antiguo.
Todos lo miraron con sorpresa.
—¿Un estrato antiguo? —Laxia frunció el ceño—. ¿De dónde has sacado eso?
—Yo… —Adol respiró hondo—. ¿Me creerían si les dijera que proviene de un sueño?
—¿Un sueño? —Kathleen arqueó las cejas.
—Sí. —Miró a Laxia y a Sahad—. Desde que llegué a esta isla he estado teniendo sueños sobre una chica llamada Dana. Los sueños siguen su vida en orden, desde que era una niña hasta el momento en que se convierte en una… persona muy importante, en un reino llamado Eternia.
—¿Eternia? —Kathleen frunció el ceño—. Nunca he oído hablar de él.
—Ya. —Adol vio cómo los labios de Laxia se curvaban con incredulidad. Kathleen también sonreía. No le agradaba que se burlaran de él, pero, una vez que había empezado a hablar, ya no había marcha atrás—. Estos sueños son demasiado reales como para ignorarlos. Estoy convencido de que muestran hechos reales. —Volvió a mirar a Laxia y a Sahad—. ¿Recuerdan aquel árbol que creció sobre el abismo para formar un puente?
—Sí. —Laxia negó con la cabeza—. ¿Y qué?
—La primera vez que exploramos esa zona no estaba allí, ¿verdad?
—Debimos de pasarlo por alto de alguna manera… —Laxia se volvió hacia Sahad, pero el pescador no dijo nada.
—No fue así. Apenas uno o dos días antes de que fuéramos allí, soñé con Dana plantando ese árbol cuando apenas era un pequeño retoño, justo en ese mismo lugar. No sé cómo, pero debió de plantarlo hace muchísimo tiempo para que creciera y pudiera ayudarnos en el presente. —Hizo una pausa mientras el resto del grupo lo observaba con los ojos muy abiertos.
—Adol —dijo Laxia—. Estoy segura de que no hace falta explicarte que los sueños no funcionan de esa manera. Ni siquiera puedes ver acontecimientos reales que desconoces de antemano, mucho menos hacer que esos acontecimientos influyan en el presente. Tiene que haber otra explicación.
Adol negó con la cabeza con impaciencia.
—¿Por qué no me siguen la corriente un momento? Hay más. Cuando ese Primordial me atacó, cuando me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento, lo último que pensé fue en encontrar una forma de derrotar a esas criaturas para poder cruzar las montañas. Y mientras estaba inconsciente tuve ese sueño… o visión, si lo prefieren, en el que Dana y su amiga Sarai hablaban del oricalco, el metal capaz de derrotar a los saurianos, y de esos yacimientos… en un estrato antiguo descubierto recientemente cerca del Gran Valle… —Su voz se fue apagando bajo las intensas miradas de todos.
—¿Saurianos? —preguntó Laxia.
—Podrían haberse estado refiriendo a los Primordiales.
—O podrían haberse referido a algo completamente distinto. —Laxia negó con la cabeza—. ¿Pero qué estoy diciendo? Ellas no existen, Adol. La información de tus sueños no puede ser real.
—En realidad —dijo Kathleen—, si el oricalco existiera de verdad, buscarlo en un estrato antiguo tendría mucho sentido.
—¿Lo tendría? —Adol la miró con incredulidad. Un momento antes, Kathleen parecía a punto de echarse a reír. Era la última persona de quien esperaba recibir apoyo.
Ricotta sonrió de oreja a oreja.
—¿Estrato? Debes de querer decir strata. ¡Sé lo que es! ¡Se hace con pan, huevos y queso! ¡Seguro que está riquísimo!
Laxia soltó una risa.
—No, Ricotta. No estamos hablando de ese plato.
—¿No? —Ricotta puso cara de decepción.
—Los estratos —explicó Laxia— son capas de tierra endurecida que se han ido acumulando unas sobre otras.
—Es como capas de roca muy antigua con fósiles dentro, ¿no? —dijo Sahad.
A Ricotta se le iluminaron los ojos.
—¡Ahora me acuerdo! La cueva a la que mi padre me llevaba tenía muchísimos fósiles. Algunos eran enormes. Cuando era pequeña me daban mucho miedo. Por eso no me llevaba con él todas las veces.
Todos intercambiaron miradas. Adol sacó su boceto del mapa de la isla y lo extendió sobre el yunque, junto al dardo.
—Debe de estar en esta zona que todavía no hemos explorado. —Laxia señaló un punto—. Cerca de la base del Gendarme.
Adol frunció el ceño. El camino que ella señalaba atravesaba el pantano donde rondaba el Primordial que casi los había convertido en su almuerzo el día que conocieron a Hummel. No era precisamente el mejor lugar al que ir sin armas adecuadas.
—Sin embargo —continuó Laxia—, tengo serias reservas sobre arriesgar nuestras vidas siguiendo una pista como esta. Es imposible obtener indicios fiables de un sueño. —Miró a Adol con severidad, como si lo estuviera reprendiendo por siquiera haberlo mencionado.
—Sea un sueño o no —dijo Kathleen—, yo creo que vale la pena intentarlo. Además, explorar nuevas zonas en busca de náufragos es uno de nuestros objetivos, ¿no es así?
—Bueno, sí, pero…
—Todavía no han explorado esa zona, ¿verdad? —insistió Kathleen.
—No.
—Entonces ‘ta decidi’o —intervino Sahad—. Vamos a explorarla. ¿Qué les parece?
Laxia frunció los labios.
—De acuerdo. Iremos a buscar esa cueva en cuanto Licht diga que Adol está en condiciones de hacerlo.
—Háganlo —dijo Kathleen—. Y mientras ustedes estén fuera, trabajaré en mi horno para asegurarme de que pueda alcanzar temperaturas lo bastante altas como para fundir el oricalco.
¿Quieres discutir de esta novela u otras, o simplemente estar al día? ¡Entra a nuestro Discord!
Gente, si les gusta esta novela y quieren apoyar el tiempo y esfuerzo que hay detrás, consideren apoyarme donando a través de la plataforma Ko-fi o Paypal.







0 Comentarios