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Vol. 10 Enfrentamiento de Mitad de Campaña Parte 4
Anoche hubo siete explosiones.
Yo me encontraba en la mansión del jefe de la aldea —que habíamos reconvertido en nuestro centro de mando—, y los chillidos del sirviente de Ferlin servían como una buena señal de alarma.
Todas las explosiones habían tenido lugar en los límites del cantón, en casas que habíamos iluminado para hacerlas parecer habitadas. Habíamos estado durmiendo en los alrededores de la mansión —el muro de tierra fortificado de Mika nos había mantenido a salvo durante la primera andanada—, por lo que físicamente estábamos bien, pero para algunos de los nuestros, despertarse varias veces durante la noche por las explosiones no era precisamente bueno para su salud mental.
Qué asalto tan mal hecho. ¿Acaso no pensaron que su princesa estaba dentro de uno de esos edificios?
Al inspeccionar los daños a la mañana siguiente, recorrí los edificios y vi una hermosa línea de trincheras excavadas. Desde el interior, llegaban aproximadamente hasta la altura del pecho. Luego, para impedir que alguien pudiera saltarlas, habían colocado alrededor una resistente alambrada. Esto era obra de Mika; había aprovechado lo que había aprendido en el Colegio sobre arquitectura militar.
Para rematar, habían colocado varias estacas por los alrededores, a las que Margit había atado su telaraña. Conectado a una campana de alarma, este improvisado sistema de advertencia nos alertaría de cualquier peligro que se aproximara.
A pesar de lo avanzadas que parecían las granadas del enemigo, daba la impresión de que tenían un alcance corto. Con tanta distancia entre nosotros y el enemigo, estaríamos bien. No saber con certeza dónde recibiríamos el siguiente ataque daba un poco de miedo, pero era mejor que estar dentro de un carruaje sabiendo que iban a volarnos por los aires.
—Jefe, acabo de terminar con el recuento matutino. Todos gozan de buena salud, —dijo Karsten.
—Gracias. Buen trabajo.
Karsten estaba de servicio hoy —habíamos separado las guardias de la mañana y de la noche— y acababa de darme el informe. Nuestra gente parecía agotada por las explosiones de anoche, probablemente porque no habían dormido, pero teníamos que seguir adelante. Yo estaba igual; había permanecido despierto anoche por si acaso.
Fui a llevarle el informe de que todo estaba en orden a Sir Lazne en la mansión, pero lo encontré en medio de la sala de estar con la cabeza entre las manos. Cuando le pregunté qué ocurría, me dijo, con el rostro completamente pálido, que teníamos desertores.
—¡¿¡Perdón?!
—Sir Madenhausen y cuatro hombres bajo su mando habían desaparecido al amanecer.
No me jodas… Me sorprendió que todavía hubiera gente tan cobarde entre nosotros, pero, sinceramente, sentí pena por Sir Lazne. Solo había sido el vicecomandante; todo esto estaba muy por encima de sus competencias. Yo también querría esconder la cabeza entre las manos si estuviera en su situación.
—¿Podrían haber sido capturados por el enemigo? —aventuré.
—Sus pertenencias y caballos ya no están aquí. Se dieron a la fuga.
Quise llevarme la mano a la frente, pero me detuve antes de hacerlo. Viejo, qué fastidio. ¿¡Caballeros huyendo mientras los aventureros se quedaban y defendían la posición!? Vaya escándalo.
Realmente no podía presumir y decirle a Sir Lazne que todos los miembros de la Hermandad estaban presentes y contabilizados, así que me limité a decirle que me aseguraría de que permaneciéramos todavía más vigilantes antes de abandonar la mansión.
Esto no era bueno. Sabía que la salud mental del grupo estaba deteriorándose, pero ¿quién habría pensado que realmente tendríamos desertores? ¿Adónde demonios irían siquiera?
—Si-si me permite…
Oí una voz mientras caminaba y reflexionaba sobre la situación.
—Oh, eres tú.
Era el anciano sirviente de Ferlin, a quien ella simplemente llamaba su criado. Llevaba un bastón en la mano para apoyarse debido a que tenía la pierna derecha rota.
—Anoche hubo explosiones, ¿verdad? —dijo.
—Las hubo. Algunas fuera de nuestra línea de defensa. Unos cuantos de los edificios señuelo fueron alcanzados.
—¿Cre-cree que… no valoran nuestras vidas?»
Parecía haber llegado a la misma conclusión que yo. Estaban atacando de forma tan imprudente… ¿qué habrían hecho si hubieran herido a Ferlin? Su miedo era natural si la conclusión era que nos estaban atacando indiscriminadamente.
—Por favor, no tenga miedo. Protegeremos a todos. Sus ataques no llegarán hasta aquí.
—Gracias… Por favor, se lo ruego…
Por mucho que se aferrara a mí mientras suplicaba, yo me estaba acercando a los límites de lo que podía hacer. Necesitaba hablar con los vigías para asegurarme de que el enemigo nunca llegara a ponerse a nuestro alcance.
—Por supuesto. Haremos todo lo posible.
—Pero tengo una pregunta… ¿Por qué han elegido atrincherarse aquí? ¿Esperan que lleguen refuerzos para unirse a ustedes?
Mientras el anciano seguía aferrado a mí, pensé en qué podía decirle. Al final, me di cuenta de que no quería que entrara en pánico, así que le conté nuestros planes: esperaríamos a que los heridos se recuperaran, conservaríamos nuestras provisiones y luego atravesaríamos las filas enemigas para escapar.
—¡¿¡No-no es eso prácticamente un suicidio?!
—¡En absoluto! ¡Es una maniobra perfectamente válida! El cerco del enemigo es poco denso. Podemos aprovecharlo y abrirnos paso para salir.
Acompañé al sirviente de vuelta a su habitación con la esperanza de que eso calmara un poco su pánico. Con suerte, aceptaría nuestro plan. Parecía arriesgado, pero había pensado en todo.
—Primer día y ya tenemos todo esto, ¿eh…? —murmuré para mis adentros—. Me preocupa lo que puedan traer los próximos días.
Me dirigí al comedor, donde vi los rostros felices de quienes estaban disfrutando de su primera comida decente en un buen tiempo. Algunos Hermanos y trabajadores estaban demostrando sus habilidades en la cocina, y el ambiente era alegre mientras todos comían aquello que la lluvia les había impedido disfrutar.
—Vaya, ¿wurst y huevos? Qué lujo —dije.
—El gallinero estaba intacto. Estamos pensando en usar algunas de las gallinas más tarde para hacer sopa —fue la respuesta.
Tomé mi huevo cocido de manos de la persona que estaba de servicio en la cocina. Todos los huevos se habían hervido juntos, así que estaba un poco más cocido de lo que me gustaba, pero estaba firme y no estaba nada mal. Le espolvoreé un poco de sal, comí algo de pan negro y por fin me sentí tranquilo.
¿Y el almuerzo va a ser pollo? Qué buen festín. Mi habitual mala suerte debía de haberse ido de vacaciones si habíamos tenido la fortuna de conseguir un banquete tan bueno mientras estábamos sitiados. Esos caballeros también podrían haber disfrutado de un delicioso desayuno, si tan solo se hubieran quedado…
[Consejos] En cualquier asedio, las probabilidades rara vez favorecen a quienes combaten en el bando atacante.
—Viejo, esa estuvo bastante cerca…
Siegfried hizo una rápida estimación de dónde había ocurrido la explosión a partir del destello de luz que había atravesado la contraventana de la ventana sellada y del estruendo que había llegado poco después.
—Eep…
Siegfried se encontraba en la habitación de invitados de la mansión del jefe de la aldea. Los otros edificios hacían que la mansión quedara fuera de cualquier línea de fuego, por lo que era el lugar más seguro donde estar. Se lo había explicado a Ferlin, pero aun así ella se encogía sobre sí misma y gemía cada vez que se producía una explosión.
—Mi-mi lady, por favor, no se preocupe. Todo está bien.
Incluso con su sirviente animándola, parecía que Ferlin era incapaz de calmarse. No importaba lo segura que pudiera estar físicamente; aun así, sentía miedo.
Encargado de vigilarla, Siegfried no sabía qué hacer. Le había dicho todo lo que podía para hacerle saber que estaba a salvo, pero era imposible que ella lo asimilara.
—¿Por qué? ¿Por qué hacen esto?
—¿A qué te refieres?
—E-están viniendo a rescatarme, ¿verdad? Entonces, ¿por qué…? ¡Eek!
Más alteraciones provocadas por otra granada cercana, aunque todavía fuera de la línea de defensa del cantón, hicieron que la última descendiente de la línea de A Dyne volviera a soltar un grito.
Siegfried no tenía una respuesta para ella. Incluso él pensaba que aquella interminable sucesión de ataques —cada uno con el poder suficiente para matar a una persona de un solo golpe— demostraba una total falta de interés por si ella vivía o moría. El enemigo había sido tan persistente como siempre, y las explosiones continuaron durante el día y hasta bien entrada la noche. Los Hermanos debían de haberse acostumbrado más o menos a ello, porque algunos de los más recios ya eran capaces de dormir toda la noche; sin embargo, para la delicada princesa, parecía que aquello seguía siendo demasiado.
—Todo lo que yo… Todo lo que quiero es recuperar la independencia del territorio occidental. Tú también naciste aquí, ¿verdad? —dijo Ferlin.
—Sí, pero para cuando yo nací, Ende Erde llevaba siglos perteneciendo a Rhine —respondió Siegfried.
El joven aventurero no podía comprender del todo cómo se sentía Ferlin. Su cantón natal, Illfurth, había estado bajo control del Imperio desde la época del abuelo de su abuelo . Hablaba rhiniano y se consideraba un ciudadano del Imperio. El hecho de que aquellas tierras hubieran pertenecido en el pasado a los señores locales no significaba que fuera a asentir cuando alguien dijera que él también era uno de ellos.
—¡Pero la sangre de nuestro pueblo no les pertenece! ¡Nuestra orgullosa reina y los dioses de los antiguos bosques son…! ¡Eek!
El aspirante a héroe se asomó por la ventana, pensando que tres explosiones en un solo día eran bastantes, mientras intentaba determinar dónde había caído la granada. Por lo que podía ver, parecía haber aterrizado entre los alambres de acero, pero gracias a la magia de Mika, las vallas ya estarían volviendo a crecer hasta quedar en su sitio.
—¿Qué tiene de malo que las personas que nacieron aquí intenten venerar a sus antiguos dioses y depender del fruto de su propio trabajo? —dijo Ferlin.
—Dicho así, no parece tan malo. Pero escucha, los señores locales perdieron contra el Imperio, ¿no?
—Sí, pero… Pero… Esta hermosa tierra, este antiguo territorio está siendo mancillado…
Siegfried miró a Ferlin, que continuaba murmurando sobre la justicia de los propios señores locales. No podía entender sus sermones; simplemente sentía lástima por ella. No estaba del todo de acuerdo con Ricitos de Oro, pero sabía que era muy probable que a Ferlin le hubieran inculcado aquella educación desde pequeña. Por eso era ignorante, por eso no sabía que, sin recurrir a la violencia, nadie escucharía a los demás.
En efecto, Ferlin ya debería haberse dado cuenta de que su propio pueblo estaba incitando esa misma violencia para recuperarla. Espera… ¿recuperarla? , pensó Siegfried, pero fue incapaz de ver qué respuesta había más allá de eso.
—Pero escucha, princesa, ni una sola vez nos han pedido que te entreguemos —dijo Siegfried.
—¿Qué-qué has dicho?
—No estoy mintiendo. No sé por qué, pero ni una sola vez nos han pedido que nos rindamos. Vamos, lo recuerdas, ¿no? Usaron esa arma mágica parecida a un cañón contra el primer carruaje de hierro que salió disparado, aunque tú podrías haber estado dentro.
Ferlin guardó silencio. Aún era un acontecimiento reciente y debía de haber empezado a percibir lo incongruente de la situación.
—Y ni siquiera ahora se están conteniendo con ninguno de esos edificios, aunque podrías estar en cualquiera de ellos. Nosotros somos quienes realmente estamos haciendo todo lo posible para mantenerte a salvo.
—No, yo… yo…
—No tenemos intención de maltratar a una princesa capturada. Eso sería una conducta de malnacidos sin ley. Te protegemos porque creemos que no saldrá nada bueno de dejar que te tengan.
Bueno, esa última parte es solo mi propia opinión , pensó Siegfried mientras intentaba animar a Ferlin.
—Vaya. Parece que han empezado a luchar.
Desde cerca de las trincheras, Siegfried podía oír gritos de guerra. Los Hermanos se habían concentrado para hacer retroceder al enemigo.
—Están arriesgando sus vidas por ti. Lo menos que puedes hacer es confiar un poco en nosotros —continuó Siegfried.
En su interior, deseaba poder estar allí fuera con sus Hermanos en lugar de quedarse allí, pero, por supuesto, no podía decirle eso a Ferlin, quien, por alguna razón, estaba abriéndose con él.
Ante la sorprendente revelación de que había noches en las que estar en el campo de batalla era más sencillo que permanecer acurrucado en el interior, el aspirante a héroe se preguntó cómo podía cortar de raíz las preocupaciones de aquella joven y su sirviente.
[Consejos] Todo poder político se origina en la violencia.
Después de hacer retroceder el molesto ataque del enemigo, saqué a la Lobo Custodio entre mi brazo y mi cuerpo para limpiarle la sangre.
Aquella noche había sido dura. Tres granadas habían impactado contra los muros de tierra fortificados de Mika y una fuerza de treinta hombres había venido contra nosotros.
—No tenemos ningún idiota que se haya dejado herir, ¿verdad? —rugí.
—¡Ningún problema, jefe! —respondió Etan con ánimo.
Muy bien. Me alegraba de que no hubiera ningún novato lo bastante torpe como para dejarse herir por los títeres de carne, que eran tan estúpidos que se quedaban atrapados en el alambre de púas y solo podían obedecer las órdenes simples imbuidas en las placas metálicas de sus cabezas. Volví a guardar a la Lobo Custodio en su vaina.
—¡Salgan y refuercen las trincheras! ¡Aparten los cadáveres a un lado!
—¡Recibido!
Después de dar la orden, saqué mi pipa. Por fin había dejado de llover. Aproveché la oportunidad para revisar el estado del campo.
Me preguntaba si el enemigo solo podía dar órdenes simples a los títeres de carne; de ahí que eligieran atacarnos desde un solo lado a la vez. A pesar de ello, los efectos de nuestra propia falta de sueño empezaban a hacerse evidentes. Mika se estaba quedando sin maná debido a la necesidad constante de reforzar las trincheras y los muros; Margit y sus exploradores estaban exhaustos por sus tareas nocturnas; Kaya libraba una batalla perdida contra nuestras provisiones cada vez más escasas. En comparación con ellos, nosotros teníamos mucho más fácil mantener alta la moral, ya que solo teníamos que hacer trabajos pesados.
—Ngh… no puedo… sacarla… de aquí…
Mis Hermanos estaban trasladando los cadáveres para enterrarlos todos juntos (para evitar la propagación de enfermedades), pero uno de ellos estaba teniendo problemas para sacar su espada, profundamente incrustada en un enemigo caído.
Era Yorgos.
Parecía que su espada había sido demasiado grande para el pequeño cuerpo de un mensch. Había golpeado a su enemigo con un corte diagonal, pero no había conseguido atravesarlo por completo, deteniéndose en el estómago. Había atravesado directamente la hombrera, rompiendo la clavícula, las costillas y el esternón a su paso, pero había quedado atrapada entre aquella mezcla de sangre y carne.
—Yorgos, si tu espada está así, simplemente empújala en vez de tirar de ella. Así podrás atravesarlo —dije.
—¿De verdad? ¡Oh, funcionó!
Si estaba atascada, solo había que completar el corte. La hoja se abrió paso a través de la masa en la que había quedado atrapada como si nunca hubiera supuesto un problema.
—Muchas gracias, jefe.
Mientras caminaba hacia mi subordinado empapado de sangre, que todavía dejaba que su espada lo balanceara a él , sentí de repente una presencia y adopté una postura de combate. Mi espada no era precisamente adecuada para una técnica de desenfundar y cortar de inmediato, pero estaba preparado para enfrentar un ataque. Bajé las caderas y desenvainé unos dos centímetros de la hoja, con la mano izquierda sobre la vaina. Agudicé todos mis sentidos a mi alrededor, listo para atacar, cuando escuché una voz teñida de sed de sangre.
—Esta vez ganas tú.
Reconocí la voz. Mantuve firme mi postura y miré hacia el lugar de donde había venido para ver una figura salir de las sombras de los aleros. Me sorprendió comprobar que su magia funcionaba incluso en las débiles sombras proyectadas por la luna. Una mujer alta, con un espléndido vestido de noche, literalmente se fundió con la oscuridad hasta aparecer. La conocía demasiado bien como para olvidarla.
—Beatrix —dije.
—Sigues teniendo los sentidos tan agudos como siempre —respondió—. Pensar que notarías mi presencia justo después de una batalla. Estás haciendo que pierda la confianza en mí misma.
Hasta aquel solitario cantón había venido la asesina a la que, en su momento, tuve que dejar casi sin extremidades para poder vencerla, presumiblemente no solo para saludar. Se había recuperado bien. La había visto hacía muy poco, pero me sorprendió verla ya en primera línea. Parpadeé varias veces; ella se quitó un guante para mostrarme con orgullo lo que había debajo.
—Brillante, ¿verdad? —dijo Beatrix—. Extremidades protésicas; las aleaciones están hechas a medida para que acepten bien los encantamientos. Creo que descubrirás que son mejores en todos los aspectos que lo que me quitaste. Nunca me había sentido tan libre. Esta vez no perderé contra el colmillo de lobo de esa espada tuya.
Solo pude quedarme allí mientras flexionaba sus nuevos dedos. Había oído que existían prótesis capaces de reproducir el sentido del tacto, pero ¡pensar que alguien había recibido unas para poder volver al campo de batalla! Oye, ¿Marqués Donnersmarck? Ni siquiera ha pasado una estación desde que sufrió esas heridas, ¿sabes? Parece que eres un pésimo jefe.
—¿Qué necesitas?
—Vamos, vamos. Mi superior simplemente me ordenó que te entregara algo. Esta noche no soy más que una paloma mensajera.
Beatrix se quitó la mochila y me la lanzó. La atrapé con una mano y miré en su interior. Estaba llena de frascos de medicinas.
—Un reabastecimiento. Imagino que tus provisiones están escaseando. Ah, y … —dijo antes de desaparecer una vez más en la oscuridad, para reaparecer con aún más paquetes. Después de hacer tres viajes de ida y vuelta a través de las sombras, se secó el sudor de la frente. Hacía todo aquello con la mayor facilidad del mundo, pero aquella técnica debía de haber conllevado sus propios peligros. Beatrix señaló los sacos que tenía delante.
—Este contiene munición; aquí hay alcohol. Todo lo que podrías querer antes de una gran confrontación, ¿no? —dijo.
—¿Cuánto sabe exactamente la Señorita Nakeisha? —murmuré.
Tenía que admitir que me alegraba recibir las provisiones. Ya casi habíamos agotado todo lo que Beatrix me había dado.
—Estoy satisfecha con mi nueva superior —dijo Beatrix—. Nos hace trabajar duro, pero no somos prescindibles para ella.
Atrapé la carta que Beatrix me lanzó entre los dedos índice y medio. La había arrojado con tanta fuerza que estuvo a punto de rebotar contra mi mano.
La abrí y encontré un mapa de los alrededores, junto con horarios y símbolos. El círculo negro debía de indicar dónde se había atrincherado el enemigo contra el que acabábamos de luchar. A su lado había un dibujo de una escoba y una flecha que señalaba las siguientes ubicaciones que debíamos limpiar. Para mí estaba claro lo que significaba: si destruíamos los campamentos en el orden indicado aquí, podríamos abrir un camino para escapar.
—Qué amable por su parte —dije.
—Este pequeño alboroto se originó en el corazón del Imperio. El empleador de mi superior no está contento con ello. Todavía no me he acostumbrado del todo a todo esto, pero me están haciendo trabajar de este a oeste…
—Ya lo sabía, pero tener pruebas concretas de que esto viene del centro del Imperio… El oeste no es un patio de juegos para nobles con demasiado tiempo libre, maldita sea.
—Así son las reglas del mundo. Siguen siendo las mismas sin importar la época o el lugar.
La asesina del espléndido vestido hizo un gesto con su nuevo brazo mientras se dirigía de vuelta hacia los aleros. Noté que ahora podía alcanzar un rango mayor que antes, así que tendría que vigilar mis puntos débiles.
—No te mueras, Ricitos de Oro. Todavía no te he agradecido debidamente lo que has hecho de mí.
—Tendré que rechazar tan amable oferta. Dale las gracias de mi parte a la Señorita Nakeisha.
—Lo haré. Adiós.
Esta vez, la asesina no regresó después de hundirse en las sombras.
Realmente había traído una información bastante reveladora. Una cosa era sospechar que todo aquel incidente no era más que un espectáculo político para quienes se encontraban en el corazón del Imperio; saber que realmente era así era mucho peor.
Maldita sea, ojalá pensaran en la gente que tenía que limpiar sus desastres.
[Consejos] La mayoría de los equipos requieren cierto grado mínimo de fuerza para poder utilizarlos; sin embargo, esto no se refiere a la cantidad mínima de musculatura necesaria simplemente para sostenerlos, sino a la fuerza necesaria para utilizar el arma como tal .
El final de la primavera estaba lleno de un clima impredecible y lluvias temperamentales, pero permanecer encerrado todo el día también era malo para la salud mental. Como Ferlin se quejaba de que iba a morir y perdería las piernas por falta de uso, Ricitos de Oro decidió ceder —había reventado unos cuantos vasos sanguíneos y había necesitado la intervención de Sir Lazne cuando gritó que estaría encantado de cortarle las piernas por ella—, y así ella pudo disfrutar de su primer contacto con el aire fresco en días.
—Ahh, qué clima tan espléndido. Mira, Siegfried. Contempla lo vastos que son los cielos.
—Bueno, sí. Ha dejado de llover.
A pesar de que solo el centro del campamento era seguro, con guardias vigilando hasta cincuenta pasos a la redonda, aquello había sido suficiente para mejorar el ánimo de la princesa capturada, que antes había estado tan abatida. Seguía vestida como una prisionera, pero tenía los brazos libres, por lo que daba vueltas sobre sí misma con las palmas dirigidas hacia el cielo.
—No me refiero a eso. Primero estuve atrapada dentro de un carruaje durante quién sabe cuánto tiempo, y después me obligaron a permanecer en una habitación lúgubre con todas sus ventanas cerradas. No puedo explicar lo refrescante que resulta poder caminar con tanta libertad bajo el cielo.
—Sí, ese carruaje no parecía un lugar muy agradable para estar encerrada…
Mientras caminaba junto a Ferlin, Siegfried alzó la vista hacia el cielo, por fin despejado de nubes de lluvia, y asintió de acuerdo. Ahora que lo pensaba, Ferlin había sido puesta en una situación terrible. Siegfried había sobrevivido a su propia infancia miserable como el hijo menor de una pobre familia de agricultores, pero no había tenido la desgracia de experimentar lo que Ferlin había vivido.
—Es el cielo de nuestra patria —continuó ella—. Es tan vasto, tan azul, tan despejado.
—El cielo se ve igual vayas donde vayas.
—No, no, te equivocas, Siegfried. El cielo se ve tan maravilloso porque podemos contemplarlo desde nuestro hogar.
Ferlin se agachó al divisar un único diente de león, un superviviente de la excavación desenfrenada de trincheras de hacía apenas unos días, y acarició suavemente sus pétalos.
—Hubo un tiempo en que esta tierra era libre —continuó Ferlin—. El alto rey gobernaba este territorio hasta sus confines, y su pueblo vivía libre y en paz bajo su mandato. El hecho de que el honorable nombre de Justus de A Dyne, mi orgulloso antepasado, no haya sido olvidado es prueba de ello.
Siegfried se preguntó si debía replicar con sus propios argumentos, pero se dio cuenta de que no tenía sentido arruinar el buen humor de una chica con unas ojeras tan marcadas, así que guardó silencio. El prejuicio nacido de su humilde crianza le decía que, allí donde coexistieran personas y gobernantes, daba igual quién los gobernara, pues siempre se derramaría sangre y siempre habría gente pobre. Aun así, sabía que era mejor no decirlo.
Quizá Ferlin había tocado inconscientemente su buen corazón, porque había empezado a tomarle cariño a Siegfried.
—Amo esta tierra, este territorio occidental. Los nobles del Imperio lo llaman una región bárbara o lo menosprecian como un lugar perdido, pero ¡mira, Siegfried!
Aún agachada, Ferlin extendió los brazos y miró hacia Siegfried con una radiante sonrisa que él no había visto en un tiempo. Parecía decir que aquel momento era lo más preciado que existía.
—La hierba es exuberante, las flores son hermosas y el viento es suave. ¿Qué más podrías desear?
—Nidea… Muros. Un techo. Si me pongo exigente, una chimenea encendida y un poco de hidromiel dulce. A estas alturas, hasta aceptaría una cerveza un poco agria.
—Eres un hombre sin refinamiento, ¿verdad?
—Supongo que solo soy de baja cuna —fue todo lo que Siegfried pudo decir mientras Ferlin se reía de él.
Ella sonrió y negó con la cabeza.
—Muy bien; la próxima vez te enseñaré algunas canciones locales. Creo que deberías aprender a ser más refinado tanto en tus modales como en tus emociones. Tu vida será mucho más plena gracias a ello.
—No he llevado una vida tan fácil como para tener tiempo de pensar en esas cosas.
—Entonces te enseñaré yo misma. ¡Ya sé! ¡Puedes ser mi caballero personal!
El aspirante a héroe inclinó la cabeza, confundido, pero la princesa capturada no le prestó atención y, en su lugar, comenzó a hablar de sus sueños una vez que estuviera a salvo y fuera recibida como la última descendiente de la sangre del alto rey. Una vez que hicieran retroceder al Imperio y liberaran a su pueblo, y después de ayudarla a escribir algunos poemas sobre su viaje, Siegfried tendría toda la fama y gloria que pudiera desear.
—Eres el único que ha sido amable conmigo. Al menos mi sirviente nunca se muestra frío conmigo, pero ni siquiera él llega tan lejos —dijo.
—Eh, ¿y qué tiene que ver todo esto con ser un caballero? ¿Y eso de ser refinado…?
—Mi sirviente dijo que quienes son ricos de corazón tienen la capacidad de mantener una mente abierta. Tú tienes ese potencial. Cuando las fuerzas que han venido a buscarme atraviesen esta fortaleza, me aseguraré de que te perdonen la vida.
Siegfried quiso hacer algún comentario sobre su manera de hablar con aires de superioridad moral, pero se contuvo. No quería que Ricitos de Oro le dijera que estaba comportándose como un niño. También se contuvo porque no estaba seguro de si ella había olvidado que aquel era el día en que atravesarían las líneas enemigas. Las mismas fuerzas a las que parecía no importarles qué le sucediera a la supuesta última descendiente de la línea de A Dyne. En cualquier caso, aquella gente no era de fiar y definitivamente no obedecería las órdenes dócilmente, incluso si quien las daba tenía la misma sangre que un rey legendario.
De repente, Siegfried recordó algo que había dicho Ricitos de Oro: tanto la fama como un palanquín debían ser lo más ligeros y llamativos posible.
—Te mostraré esta tierra verde y hermosa —continuó Ferlin—. No seré el tipo de alto rey que se queda al margen dando órdenes. Recorreré todas las tierras que gobierne, repartiendo ayuda entre todos aquellos que estén pasando dificultades. Seré un buen rey.
—¿Y en este pequeño recorrido turístico me convertirás en poeta…?
—¡Una visita real, no un recorrido turístico! Y, Siegfried, todo el mundo sabe que un caballero verdaderamente espectacular siempre tiene en la garganta la canción adecuada para cada momento.
Ferlin hablaba con un solo dedo extendido. Siegfried estaba un poco exasperado por la exhibición, pero sus palabras le hicieron recordar el rostro de Ricitos de Oro, y una extraña sensación se apoderó de él. Era cierto que Erich era un poco arrogante y utilizaba palabras rebuscadas. Probablemente tenía lo necesario para ser un caballero: ser sensible cuando la situación lo exigiera, aprovechar cierto talento literario para salir adelante. Pero si alguien le pidiera a Siegfried que fuera así, tendría que responder con un rotundo no.
Después de pensarlo durante un rato, no se le ocurrió ni una sola cosa decente que pudiera responder.
—¿Siegfried?
—Ten.
Siegfried arrancó el diente de león que Ferlin había estado contemplando y se lo colocó en el cabello. Esto era todo lo que el aspirante a héroe podía hacer en lo que respectaba a las galanterías que los hombres hacían por las mujeres. Sus mejillas se pusieron rojas y se preocupó de haberla ofendido. Mientras se rascaba el cabello, llegó una respuesta.
—¡¿Cómo te atreves a acabar con la vida de esta pobre flor después de que se esforzó tanto por florecer?!
—¡¿Eh?! ¿No era esto de lo que estabas hablando?
—¡No! ¡Ugh, por eso dije que no entiendes lo que significa ser refinado!
Mientras Ferlin le respondía bruscamente y lo golpeaba, Siegfried no lograba entender qué había hecho mal. Si hubiera hecho aquello por Kaya, ella habría sonreído. Cuando eran pequeños y había visto cuánto la hacía feliz, había dejado de lado sus propias ideas preconcebidas sobre lo que debían hacer los hombres y había aprendido a hacerle una corona de flores.
—¡Solo estaba hablando de lo hermoso que era este lugar! ¿Qué clase de persona tan cruel eres para arrancar una flor después de que dije eso?
—¡¿Acaso las flores no están para arrancarlas?!
—¡¿Cómo te sentirías si alguien te arrancara la mano de cuajo?!
Aunque Ferlin continuó mostrando furia hacia Siegfried, quien aún no lograba entender por qué estaba tan molesta, no se quitó la flor que él le había colocado en el cabello.
[Consejos] Un caballero no puede serlo únicamente gracias a su brazo de espada. Se dice que un caballero no puede casarse a menos que sea capaz de recitar al menos una balada romántica, que no puede ascender si no posee el don de la palabra y que debe vivir su vida sin pronunciar palabras que no deberían decirse.
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