Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 27. El Camino Hacia las Ruinas

—Te has levantado temprano, Adol —dijo Laxia.

Adol mantuvo la mirada fija en las ruinas mientras ella se acercaba y se detenía a su lado, al borde del mirador. Permanecieron un rato uno junto al otro, contemplando el paisaje.

—Mi sueño me despertó —dijo.

—¿Volviste a soñar con Dana?

Él asintió.

—Por lo que puedo deducir —dijo Laxia—, esas ruinas de ahí abajo parecen estar completamente deshabitadas. También se encuentran en bastante mal estado. Basándonos en eso, debemos concluir que estás soñando con acontecimientos del pasado que pudieron, o no, haber ocurrido aquí hace siglos.

Acontecimientos del pasado. Sí, salvo que aquellas palabras secas y lógicas eran incapaces de transmitir lo que había sentido al ver este lugar tan lleno de vida y vitalidad hacía tan poco, para luego despertar ante aquella vista desolada.

—Probablemente —dijo.

Laxia miró por encima del hombro en dirección al campamento.

—Los demás están levantándose. Deberíamos comer y ponernos en marcha.

Adol asintió. Se tomó otro momento para contemplar el paisaje antes de seguir a Laxia de regreso al campamento.

El sendero descendente serpenteaba entre el río, a su izquierda, y los imponentes acantilados rocosos que se alzaban a su derecha. Al doblar la siguiente curva, los condujo hasta una alta muralla en el lado del Templo, cuyo trabajo de piedra se conservaba sorprendentemente bien. Una ornamentada puerta estaba integrada en ella y permanecía firmemente cerrada, sin dejar posibilidad alguna de atravesarla.

La Puerta de la Montaña del Templo. Incluso en aquella época seguía teniendo un aspecto majestuoso; la alta entrada arqueada se inclinaba de forma elaborada en su parte superior, mientras que las propias puertas estaban talladas con cabezas de dragón, medio ocultas bajo una gruesa capa de líquenes. En su imaginación, Adol podía visualizar lo que había más allá: el mirador de la ciudad en lo alto de la caseta de guardia exterior, y un prado cubierto de hierba dentro de la puerta que tanto los peregrinos como los habitantes del Templo preferían como lugar de reunión desde el que disfrutar de la vista. Resultaba curioso que aquellas murallas hubieran resistido cualquier cataclismo que hubiese reducido tantos edificios de los terrenos del Templo a inútiles montones de escombros.

La puerta cerrada no dejaba ninguna forma de acceder desde aquí a los terrenos del Templo, ni de utilizar la carretera principal de la ciudad que conducía directamente desde el Templo hasta la capital. Este obstáculo significaba que tendrían que dar un rodeo alrededor del valle, lo que podía retrasarlos durante días y posponer las respuestas que Adol tanto ansiaba encontrar. Se le encogió el corazón al pensarlo.

El camino que descendía desde allí hacia el valle estaba bien conservado, pavimentado con escalones de piedra y flanqueado por una barandilla baja que se había desmoronado parcialmente, pero cuyo trazado aún podía seguirse hasta el final. Ahora las ruinas se alzaban a su alrededor: muros, torres y pasadizos en las afueras de la ciudad, conectados por escalinatas de piedra que descendían en cascada por las suaves pendientes. En la época de Dana, estos asentamientos se extendían hasta la Puerta Este y la Carretera Towal, pero Adol esperaba que no tuvieran que viajar tan lejos. El camino que estaban siguiendo debería conducirlos hasta una estación de acceso más cercana, situada entre ambas y en el lado sureste de la ciudad.

Desde allí podían contemplar la ciudad entera, un intrincado encaje de edificios y torres que se extendía por el valle, con su punto central —un gigantesco pilar de piedra en medio de las ruinas— elevándose hacia el cielo. La Estupa, el conducto de energía mágica que la gente de la época de Dana llamaba Esencia. En esta era ya no brillaba, pero seguía siendo mucho más alta que todos los edificios.

El camino los sacó de las ruinas y los llevó hasta un pequeño bosque dominado por un tipo de árbol poco común. Sus troncos escamosos tenían una forma parecida a la de las palmeras, pero sus copas no se parecían a nada que Adol hubiera visto antes. Planas y de forma uniforme, densamente cubiertas por una maraña entrelazada de ramas, estaban llenas de agua que permanecía a nivel dentro de los círculos de hojas ondulantes; eran depósitos de agua en las copas de los árboles, a los que las personas jamás podrían acceder. A su sombra crecía un enmarañado conjunto de plantas exóticas; eran los límites de la jungla, que descendía por las montañas hacia las llanuras más allá.

Tuvieron que abrirse paso a machetazos entre la densa vegetación para adentrarse en la jungla, pero bajo la sombra de los árboles, la vegetación en realidad no era tan espesa. El aire estaba impregnado de humedad, mientras el musgo y la hiedra se extendían por el suelo.

—Hay algo en esa espesura —dijo Ricotta de repente, señalando un denso parche de vegetación frondosa más adelante.

—Yo también lo he oído —dijo Laxia—. Podría ser un Primordial.

Las hojas se agitaron y una diminuta criatura saltó fuera de la vegetación.

En efecto, era un Primordial, pero no se parecía a ninguno de los Primordiales que habían visto hasta entonces. Aquel diminuto lagarto bípedo apenas llegaba a la altura de las rodillas. Tenía la piel azul, unos grandes ojos tristes y una alta cresta roja que adornaba su cabeza como un elaborado gorro.

Todos se quedaron mirándolo.

—¡Oh, qué lindo! —exclamó Ricotta.

—¿Lindo? —Sahad la miró con incredulidad—. Esuno desos lagartos.

—Sí, pero uno muy adorable —intervino Laxia—. Solo mira esos ojos.

La criatura saltó arriba y abajo con entusiasmo y luego salió disparada hacia los arbustos.

—¡Voy a atraparlo! —Antes de que nadie pudiera detenerla, Ricotta salió corriendo detrás de la pequeña bestia.

Sahad se rascó la cabeza.

—Ciertamente les gusta a las mujeres. Supongo que no parece peligroso.

Justo entonces, la hierba que tenían delante volvió a agitarse y alrededor de media docena de aquellos pequeños lagartos azules salieron dando saltitos. Se reunieron alrededor del grupo, saltando arriba y abajo y emitiendo chillidos como si intentaran comunicarse.

—Ooooh —arrulló Laxia—. Qué lindo. No me importaría llevarme uno a casa.

—Yo siento lo mismo —dijo Hummel.

Adol lo miró con incredulidad. Aquella afirmación resultaba tan extraña viniendo de un tipo rudo como Hummel.

Los lagartos azules continuaron chillando mientras se dispersaban.

—Parece que se están yendo por ahí. —Sahad giró la cabeza de un lado a otro, y su sonrisa se desvaneció para dar paso a un ceño fruncido de preocupación—. ¿Dónde se metió la mocosa?

—Se fue por ahí —señaló Laxia—. A intentar atrapar a ese Primordial.

—Bueno. —Hummel miró hacia el bosque que tenían delante—. Ya se fue.

—Espera un momento —protestó Sahad—. Esto no es seguro. Tenemos que encontrarla de inmediato.

Se apresuraron por el sendero.

Una abertura en una cueva apareció ante ellos al doblar la siguiente curva. Uno de los pequeños lagartos azules estaba de pie en la entrada. En cuanto los vio acercarse, se dio la vuelta y corrió hacia el interior de la cueva, como si los invitara a seguirlo.

Sahad se detuvo.

—Es otra desas criaturas. ¿Crees que deberíamos seguirla?

—Demasiado peligroso —observó Hummel.

—Creo que no tenemos elección si queremos encontrar a Ricotta. —Adol desenvainó su espada y se adentró en la cueva.

El oscuro pasadizo se curvaba hacia las profundidades de la cueva, con una tenue luz proveniente del final. El aire estaba impregnado de un inconfundible olor a lugar habitado: almizcle y hierba seca que le recordaron a Adol los lechos de hierba que solían preparar cuando acampaban. Mientras avanzaban, Adol no pudo evitar reflexionar sobre el hecho de que aquella cueva parecía mucho más grande de lo que cabría esperar para una morada destinada a los diminutos y adorables Primordiales que estaban siguiendo. En su apresuramiento, no habían considerado la posibilidad de que aquellas criaturas fueran crías de una especie mucho más grande, una que bien podría sentirse amenazada por la presencia de visitantes entrando en su guarida. Pero ya era demasiado tarde para regresar. Además, si Ricotta realmente estaba allí dentro, no tenían otra opción.

El pasadizo los condujo hasta una amplia y espaciosa cámara que, por suerte, estaba vacía y resultaba mucho más acogedora de lo que Adol había temido en un principio. Una abertura en la parte superior dejaba entrar la luz del sol. Un pequeño estanque en un rincón parecía muy profundo. Las paredes estaban repletas de agujeros, lo bastante grandes como para que los diminutos Primordiales pudieran esconderse, pero no para que entrara algo de mayor tamaño. Adol sintió alivio, al menos por el momento.

El suelo estaba cubierto de una suave y frondosa capa de hierba. Aquí y allá, montones de hojas secas formaban nidos, acolchados con paja y helechos en los bordes. Muchos de ellos contenían puestas de huevos de aspecto correoso y grisáceo, cada uno del tamaño de un coco grande, excepto el nido situado junto a la pared del fondo. En lugar de huevos, Ricotta yacía acurrucada en su interior. No se movía, pero Adol podía ver cómo su pecho subía y bajaba, como si estuviera profundamente dormida.

—¡Eh, renacuaja! —Sahad corrió hacia ella.

Los ojos de Ricotta se abrieron de golpe. Frunció el ceño y luego enfocó la mirada, como si acabara de reconocerlos.

—¿Eh? ¿Ustedes? ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó con toda la comida deliciosa?

Laxia olfateó el aire.

—Amapola. ¿Creen que alguien pudo haberla drogado deliberadamente?

Ahora que lo había mencionado, Adol también podía percibir el dulce aroma persistente, más intenso a medida que se acercaban a Ricotta. ¿Acaso aquellas pequeñas criaturas azules la habían drogado deliberadamente? Parecía poco probable. Era imposible que los lagartos fueran lo bastante inteligentes como para atraer a Ricotta hasta allí, drogarla y dejarla en aquel nido… ¿como comida?

Levantó la espada.

—Salgamos de aquí.

—Demasiado tarde —dijo Hummel—. Tenemos compañía.

Un enjambre de criaturas azules salió sigilosamente de los agujeros de las paredes y los rodeó, parloteando con excitación.

Laxia sonrió.

—Ah, los pequeños.

—¡Cuidado, Laxia! —advirtió Ricotta.

—¿Mmm? —Laxia parpadeó, pero antes de que pudiera reaccionar, las criaturas chillaron y avanzaron, acompañadas por otras dos criaturas de aspecto similar, varias veces más grandes, que acababan de aparecer por la entrada de la cueva.

¿Los padres?

—¿Esto era una trampa? —Hummel se echó el rifle al hombro.

—¡Todo es culpa mía! —gimoteó Ricotta—. Lo siento, chicos. —Buscó sus mazas, sujetas a la espalda, y se acercó poco a poco a Adol.

Laxia frunció el ceño.

—¿Estás diciendo que estos Primordiales son lo bastante inteligentes como para tender una trampa?

—Hablemos de esto después. —Hummel apuntó al Primordial más grande que se abalanzaba sobre él.

Un chillido resonó por toda la cueva y todos los Primordiales atacaron al mismo tiempo. Hummel disparó y la enorme criatura que tenía delante se irguió, con una herida en el cuello de la que manaba sangre. Adol la atacó con su espada, cortando su piel de un tajo. La criatura retrocedió, pero la otra grande ocupó su lugar y lanzó un zarpazo contra Adol.

Los pequeños lagartos azules eran sorprendentemente eficaces a la hora de saltar y morder, aferrándose con dientes y garras. Varios de ellos se habían enganchado a los hombros y la espalda de Sahad, y el amplio movimiento de su martillo no bastaba para desprenderlos. Ricotta usó sus mazas pequeñas para quitárselos de encima, pero las criaturas no dejaban de llegar.

Adol no tardó en abandonar la idea de derrotarlos. Parecía más realista intentar abrirse paso a la fuerza hasta la salida, pero incluso eso sería difícil. La mayoría de los miembros del grupo estaban acorralados, ocupados defendiéndose de los diminutos lagartos saltarines. Hummel había dejado de disparar y utilizaba su rifle como una pica, pero no servía de mucho.

A Adol le tomó un tiempo darse cuenta de que el incesante parloteo de las criaturas seguía un patrón, como si estuviera marcado por un ritmo más profundo. Miró a su alrededor para localizar la fuente. Aquel lagarto situado en el borde de la manada —no era uno de los padres, pero sí algo más grande que los demás— emitía unos zumbidos graves que marcaban el ritmo del parloteo de los otros. ¿Un líder?

No, un coordinador del ataque.

Adol corrió hacia él.

Los lagartos azules redoblaron su ataque en cuanto vieron su maniobra. Adol ya ni siquiera se molestaba en quitárselos de encima mientras le clavaban los dientes en los hombros y las piernas, quedándose colgados de él y añadiendo peso extra mientras se abría paso por la caverna. Llegó hasta la criatura que emitía los zumbidos y se lanzó contra ella, atravesándola con la espada de una sola estocada decisiva.

Un lamento colectivo se elevó de las criaturas que rodeaban la cueva. Toda la actividad se detuvo.

—¡Corran! —gritó Adol.

Todos corrieron hacia el túnel que conducía al exterior. El lamento a sus espaldas se elevó a un tono más agudo, pero ningún lagarto los siguió. El grupo salió disparado de la cueva y no dejó de correr hasta haber dejado aquel lugar muy atrás.

Se detuvieron en un pequeño claro para atenderse mutuamente los rasguños y las heridas. El extracto de hojas de dedalera que Licht había preparado para ellos hizo maravillas con el dolor y las hemorragias. En poco tiempo, el grupo volvió al camino y continuó avanzando entre los límites de la jungla en dirección a las llanuras.

Tras unas cuantas curvas más, el camino se abrió ante otra vista espectacular. Una vasta llanura cubierta de hierba se extendía hasta una cadena de suaves estribaciones a lo lejos, con el mar resplandeciendo más allá. Un río serpenteaba por ella como una cinta arrojada despreocupadamente, ensanchándose aquí y allá hasta formar lagos y estanques, y precipitándose por las rocas en pintorescas cascadas. Grupos de árboles crecían a lo largo de sus orillas. Las ruinas de la ciudad se alzaban al oeste, separadas de las llanuras por otra cadena de bajas estribaciones.

—Es muy posible —dijo Laxia— que este paisaje sea una visión del mundo antiguo, tal como era antes de que los humanos existieran. —Hizo una pausa—. Pero ¿por qué esta isla?

Adol también se lo preguntaba. Pero sabía que quizá nunca obtendrían una respuesta a esa pregunta.

El sendero que descendía por la colina terminó desembocando en un terreno más llano, cubierto de una frondosa hierba que llegaba por encima de las rodillas, salpicada de fragantes flores amarillas. Continuaron siguiendo el camino hasta llegar a un lago profundo y cristalino, alimentado por el río que habían visto desde las alturas.

Una alta y colorida cresta sobresalía del agua. ¿Otra clase de planta exótica? Antes de que cualquiera de ellos pudiera acercarse para observarla mejor, la cresta se movió.

El grupo se detuvo en seco.

—¡Algo está saliendo del agua! —chilló Ricotta.

La criatura emergió de manera espectacular, levantando olas que estallaban en una lluvia de arcoíris al romper contra las rocas cercanas a la orilla. Era magnífica: su largo cuello se elevaba por encima de las palmeras más cercanas, mientras su piel de un profundo color esmeralda estaba cubierta uniformemente de manchas amarillas bordeadas de negro. Su alta cresta era de un tono rosado violáceo y recorría toda su columna hasta la parte superior de la cabeza, que presentaba orejas triangulares, un hocico afiladamente puntiagudo y unos grandes ojos dramáticamente inclinados que miraban directamente a los recién llegados.

No servía de nada intentar huir. La criatura los alcanzaría en unas pocas zancadas. Adol dudaba que ni siquiera sus armas de oricalco pudieran servirles de algo en aquel encuentro.

—Un saurópodo —dijo Laxia en voz baja—. Incluso sus fósiles son excepcionalmente raros. No puedo creer que realmente estemos viendo uno vivo.

—Eso no es lo que me preocupa en este momento —dijo Sahad con tensión—. No podemos luchar contra esta cosa. Pero solo hay uno. Quizá…

Antes de que pudiera terminar, otras dos criaturas se alzaron majestuosamente desde el agua.

—Oh. —Sahad tragó saliva—. ¿Cuántos son ahora?

Tres. No había ninguna posibilidad. Adol vaciló, con la mano sobre la empuñadura de su espada.

Una de las criaturas dio un paso al frente y bajó su largo cuello para observar al grupo.

—Guh —gimoteó Sahad.

Hummel amartilló su arma.

—Lista y preparada.

—Espera, Hummel —susurró Laxia—. No dispares. Solo empeorarás las cosas.

—¿Y exactamente cómo las empeoraría?

La criatura los observó durante otro tenso momento, luego extendió la cabeza por encima de ellos y arrancó un trozo de una palmera de un mordisco. Lo masticó con entusiasmo, perdiendo todo interés en los viajeros.

¿Un herbívoro?

Adol se relajó lentamente. Todos intercambiaron miradas de alivio.

—Procuremos no provocar a estas criaturas —dijo Laxia con voz temblorosa.

Miró a Hummel, quien se encogió de hombros mientras se echaba el rifle al hombro y pasaba junto a ella para continuar por el sendero.

Las llanuras resultaron ser un territorio rico en especies de Primordiales. Además de los altos saurópodos que permanecían principalmente en el agua, había abundantes herbívoros parecidos a rinocerontes, así como especies bípedas más agresivas que tendían a perseguirlos si el grupo se acercaba demasiado. Por suerte, repeler algunos de estos ataques con armas de oricalco bastaba para frustrar sus intentos, como si de alguna manera las criaturas pudieran comunicarse y advertirse unas a otras a distancia.

Rodearon el lago con los gigantescos Primordiales crestados, acercándose cada vez más a las estribaciones.

Una sorpresa los esperaba en la orilla de un pequeño lago situado en una zona más apartada del barranco: un montón de cenizas y brasas, dispuesto en un círculo ordenado junto a una extensión de hierba aplastada.

—¿Un campamento? —dijo Laxia con incredulidad.

—Por su aspecto, parece bastante reciente —añadió Hummel.

Sahad se rascó la barbilla.

—¿Crees que puo haberlo hecho tu padre, Ricotta?

Ricotta negó con la cabeza.

—Los campamentos de mi padre son diferentes. Puedo saberlo por las cenizas.

Adol pudo ver la decepción en su mirada.

—Entonces, ¿de quién es? —se preguntó Hummel.

—¿Otro náufrago? —dijo Laxia con tono melancólico.

Inspeccionaron la zona, pero no encontraron huellas por ningún lado en los alrededores.

—La persona que acampó aquí podría estar en cualquier parte a estas alturas —dijo Hummel—. Deberíamos seguir adelante. Quizá nos la encontremos por el camino.

El sendero los llevó hasta un puente que cruzaba un arroyo, junto a una larga cascada que se precipitaba por el acantilado a la izquierda. Las ruinas se extendían ante ellos por todo el valle. Al mirar hacia abajo siguiendo el curso del arroyo, podían ver a lo lejos un gran edificio abovedado que flanqueaba el límite oriental de la ciudad, y una torre mucho más alta en las estribaciones más allá, inclinada hacia un lado, como si hubiera empezado a caer, pero hubiese cambiado de opinión a mitad del proceso. Debía de haber sido construida con una solidez extraordinaria para permanecer en aquella posición durante tanto tiempo. ¿Siglos? ¿Milenios? Adol no tenía idea.

Estaban casi en las ruinas, pero otro obstáculo los esperaba más adelante. El camino que seguían terminaba abruptamente al borde del acantilado. Algún antiguo deslizamiento de tierra debió de destruir la sección del sendero que descendía hacia la ciudad. A menos que quisieran saltar hacia una muerte segura, no veían ninguna forma evidente de bajar hasta allí.

Un cristal azul brillante se alzaba en el borde del mirador. Permanecieron un rato junto a él, contemplándolo.

—Quizá deberíamos tomarnos un descanso, ¿eh? —dijo Sahad—. No hemos tenio oportunidad de descansar desde que bajamos del Gendarme. No sé ustedes, pero yo toy bastante agotao ahora mismo.

Era verdad. Resultaba difícil creer que apenas hubieran pasado un par de días desde que abandonaron Pueblo Náufrago.

—Este lugar parece tranquilo —dijo Hummel—, y además tenemos una vista estupenda de las ruinas desde aquí.

—Sí —coincidió Laxia—. Deberíamos acampar aquí esta noche y buscar mañana un camino para bajar a las ruinas.

Adol asintió. Esperaba que sí hubiera un camino para bajar hasta allí. Las ruinas parecían curiosamente empeñadas en impedirles acercarse más. Pero no expresó sus dudas mientras dejaba caer su mochila. Había sido un día muy largo. Acampar allí era una buena idea. 

 

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