Ys Lacrimosa de Dana

Capítulo 28. El Cristal Resplandeciente

—Por fin poemos relajarnos un rato —dijo Sahad mientras se reunían alrededor de la fogata. En la oscuridad, la ciudad en ruinas que se encontraba debajo del acantilado era prácticamente invisible. Sentado de espaldas a ella, Adol podía conseguir no pensar en ella todo el tiempo.

Laxia se abrazó las rodillas contra el pecho.

—No hemos tenido ni un momento de descanso desde que llegamos al lado norte de la isla.

—Dímelo a mí —dijo Sahad—. Esos Primordiales gigantes questaban en el agua me dieron un susto de muerte. Menos mal que en realidad son bastante tranquilos.

—Me sorprendieron bastante esos adorables Primordiales que te capturaron, Ricotta —dijo Laxia—. ¿Realmente te drogaron?

Ricotta negó con la cabeza.

—Tenían esas frutas deliciosas amontonadas en el nido y parecía que querían que me las comiera, así que tomé una… Ahora que lo pienso, sabía a amapola.

—¿Crees que impregnaron las frutas con amapola a propósito? —preguntó Hummel.

Sahad se encogió de hombros.

—Eso ciertamente facilitaría la caza, ¿no? Drogas tu comia con alguna fruta deliciosa y esperas a que se duerma, ¿verdad?

Laxia frunció el ceño.

—Las investigaciones actuales no indican que ninguna especie de Primordial posea un nivel de inteligencia tan elevado. Quizá esto sea obra de la evolución.

—¿Evolución? —Sahad parpadeó.

—Es el proceso mediante el cual los rasgos y características de una especie se transforman a lo largo de las generaciones.

—¿Qué quieres decir?

—Tomemos a los Primordiales, por ejemplo. Se cree que no eran más inteligentes que una bestia común. Pero cada progenitor tiene su propia descendencia, y solo los más aptos sobreviven. Los Primordiales que vimos podrían haber desarrollado inteligencia mediante ese proceso. Y a ese proceso lo llamamos evolución.

—¿Realmente es posible? —dijo Hummel.

Laxia se encogió de hombros.

—Bueno, para ser justa, no está demostrado. Pero es la teoría más aceptada entre los investigadores.

—¿Es algo parecio a cómo un niño aprende palabras y empieza a hablar? —preguntó Sahad.

—Eso es crecimiento. No evolución. Las características transmitidas mediante la evolución son inherentes desde el nacimiento.

Sahad se dio la vuelta y miró a Adol.

—¿Entiendes algo de to esto?

—Más o menos —admitió Adol.

Sahad se rio.

—Vaya, yo no entiendo na de na. Laxia debe de ser una especie de genio.

—Yo… —comenzó Laxia, pero se detuvo—. ¿Ricotta? ¿Qué sucede?

Ricotta sorbió por la nariz y apartó la mirada, pero Adol, que era quien estaba más cerca, vio lágrimas acumulándose en sus ojos. Se las secó apresuradamente mientras volvía a mirar hacia el fuego.

—Quizá tu sermón la aburrió hasta hacerla llorar —sugirió Sahad.

—No es eso. —Ricotta tragó saliva—. Es solo que… pasar tiempo con ustedes ha sido muy divertido. Y cuando esos Primordiales me capturaron… ustedes vinieron a salvarme.

—Eso es lo que hace la familia —dijo Sahad.

—¿La familia ?

—Así es.

Ricotta lo miró con los ojos muy abiertos.

—Tengo un padre. Pero él no estaba allí cuando nací. Y… en todas las familias de mis libros hay muchas más personas. Pero yo… —Volvió a tragar saliva. Su mirada se perdió en la distancia.

—Bueno, sí —dijo Sahad—. Nosotros somos una familia de verdad. Veamos. Laxia, por allá, es básicamente tu hermana mayor.

—¿Laxia? —Ricotta parpadeó—. ¿Mi hermana mayor?

—Así es. —Laxia sonrió.

—Adol y Hummel son más o menos como tus dos hermanos mayores.

—¿Adol y Hummel? ¿Tengo dos hermanos mayores?

Hummel inclinó la cabeza.

—Acepto.

—Y como ya tienes un padre —continuó Sahad—, supongo que eso me convierte en…

—¿Tu abuelo? —Adol sonrió.

—Oye —protestó Sahad—. Pué que sea mayor que ustedes, pero todavía no soy tan viejo.

—Quiero que Sahad siga siendo Sahad —dijo Ricotta—. Porque eres amable y divertido, igual que papá.

—¿Tú crees? —Sahad miró a Ricotta, y ambos se echaron a reír.

—Se está haciendo bastante tarde —dijo Laxia—. Deberíamos descansar para mañana.

—¡Ya lo creo! —exclamó Ricotta.

Antes de quedarse dormido, Adol echó un último vistazo al borde del acantilado, donde el cristal azul brillaba suavemente contra el cielo nocturno. Esperaba volver a soñar con Dana para que los guiara hasta las ruinas.

*

Adol se despertó decepcionado. Laxia lo miró expectante cuando se levantó, pero él simplemente negó con la cabeza. Hoy no había sueños que los guiaran. Tendrían que encontrar por sí mismos la manera de seguir adelante.

Adol estaba terminando de desayunar cuando oyó un extraño sonido agudo, un pulso tan estridente que resultaba casi doloroso. Permaneció suspendido en el aire y desapareció con la misma brusquedad con la que había aparecido.

Dejó su té sobre el suelo y dirigió rápidamente la mirada en todas direcciones, buscando el origen del sonido. Para su sorpresa, la conversación alrededor del fuego continuaba como si nada estuviera sucediendo.

¿Nadie más lo había oído?

—…es un callejón sin salida —decía Laxia—. Intentemos encontrar otra forma de entrar en las ruinas.

—Creo que… —comenzó Sahad.

El sonido volvió a llenar el aire, una nota aguda que aparecía y se alejaba en oleadas. Esta vez se sintió peor. Adol se llevó las manos a los oídos.

—¿Qué sucede, Adol? —La voz de Laxia parecía provenir de lejos, aunque estaba sentada justo a su lado. Adol soltó un suspiro mientras el sonido se desvanecía, reemplazado por el canto de los pájaros y el susurro de la hierba meciéndose con la brisa.

—El cristal —dijo Hummel.

Todos miraron el cristal azul al borde del acantilado.

No parecía el mismo que Adol recordaba de la noche anterior. Su superficie ondulaba, como si estuviera hecha de agua en lugar de piedra sólida. El resplandor que lo llenaba desde el interior parecía más intenso, como si intentara atravesar la superficie y extenderse hacia el exterior.

La parte racional de la mente de Adol le advirtió que se mantuviera alejado, pero sencillamente no pudo evitarlo. Era como si un poder ajeno lo impulsara hacia el borde del acantilado, donde el cristal ahora brillaba de forma continua, llenando el aire con un extraño zumbido. Ignorando los gritos de advertencia de sus compañeros, extendió la mano y lo tocó.

Oleadas de luz y sonido lo envolvieron. Su visión se desvaneció y se hundió en un vacío.

*

Dana despertó con un jadeo. Tardó un momento en darse cuenta de que estaba en su habitación, acostada en la cama.

¿Acababa de tener otra visión? ¿O solo había sido un sueño? Cabello rojo, como el fuego… ¿Quién era aquel hombre?

Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.

—Dana, ¿estás despierta? —llamó Olga desde fuera.

—¡Sí! ¡Entra!

Olga frunció el ceño al entrar en la habitación.

—¿Estás bien? Te ves pálida.

Dana soltó una risa forzada.

—Acabo de tener un sueño extraño.

—¿Un sueño?

—Sí. ¿Por qué?

Olga negó con la cabeza.

—No es propio de ti verte tan preocupada.

—Eh, bueno… Podría haber sido una visión —admitió Dana—. No estoy del todo segura.

Olga se sentó en una silla y la miró expectante, con aquella expresión que Dana conocía demasiado bien.

Ella suspiró.

—Era un espadachín pelirrojo.

—Lo siento, ¿qué? —Olga parpadeó.

—Sé lo extraño que suena. Para empezar, no debería haber podido ver mi propia apariencia si realmente era esta persona. Pero, de alguna manera, yo era él, y al mismo tiempo también lo veía desde fuera. Él… yo… estaba viajando con un grupo de viajeros y llegamos a unas ruinas en mal estado. Al principio no tenía idea de dónde estaba. Pero entonces reconocí la distribución de las ruinas y la insignia grabada en los edificios. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba viendo las ruinas de Aegias. Yo… me encantaría estar segura de que solo fue un sueño.

Olga asintió.

—Quieres ir al mismo lugar en el que estaba el espadachín de tu sueño.

—Sí.

—Entonces ve.

Dana sostuvo la mirada de su amiga. Se sintió culpable por todo el resentimiento que había sentido hacia Olga, por todas las veces que ella y Sarai habían soltado risitas a sus espaldas. Olga sí llevaba su deber un poco demasiado lejos a veces. Pero era leal y atenta, y ahora, más que nunca, Dana se daba cuenta de cuánto significaba eso. Aparte de Sarai, no había nadie más con quien pudiera confiarse con tanta facilidad, nadie en quien pudiera depositar su confianza con cualquier cosa, incluso con su propia vida.

—Me cubrirás, ¿verdad? —dijo.

Olga puso los ojos en blanco.

—¿Acaso tengo otra opción?

—Me gustaría que estuvieras de acuerdo con esto.

Olga se encogió de hombros.

—Juraste ayudar a la reina Sarai a traer paz y prosperidad a Eternia. Juntas, están dando paso a una nueva era dorada para nuestro país. Con todo eso, no creo que podamos simplemente ignorar este tipo de sueño.

—Olga… —Dana hizo una pausa—. Gracias.

Olga parecía brusca, pero Dana sabía que no era más que una fachada.

—No hace falta. Me reuniré contigo una vez que haya terminado de hacer los preparativos necesarios.

—El espadachín estaba en las afueras, al este —dijo Dana—. Con vistas a la capital.

—Entendido. —Olga asintió—. Por favor, ten cuidado.

*

Normalmente, Dana habría utilizado su salida secreta, accesible a través de la estantería de su habitación. Pero como Olga había aprobado la incursión de Dana, esta vez no la necesitaba. En su lugar, salió por la puerta, manteniendo la cabeza en alto mientras recorría los pasillos hasta la entrada del Templo.

 

Al salir por la Puerta de la Montaña, se encontró con la consejera Urgunata, que estaba hablando con una clériga de aspecto resignado.

—Este es el documento del que hablé antes. —Urgunata agitó un pergamino frente al rostro de la otra mujer—. Debes utilizarlo como referencia para la ceremonia del próximo mes. Todo debe proceder como… —Se interrumpió al notar que Dana se acercaba. Tanto ella como la clériga hicieron una reverencia, juntando las manos respetuosamente.

—Doncella —dijo Urgunata—. ¿Tiene planes para ir a algún lugar hoy? Parece que está a punto de marcharse.

De repente, Dana volvió a sentirse como una niña pequeña, sorprendida mientras intentaba salir a escondidas del Templo a una hora poco habitual.

—Sí-sí, bueno…

—En realidad —la voz autoritaria de Olga resonó por el pasillo detrás de ella—, necesitamos que la Doncella atienda personalmente un asunto que ha surgido en otro lugar.

Dana soltó el aire que estaba conteniendo.

—Suma Sacerdotisa Olga… —Hizo una pausa. ¿Cómo sabía Olga siempre cuándo y dónde aparecer?

Urgunata inclinó la cabeza.

—Entiendo. Veo que está muy ocupada en este momento. Por favor, perdone mi impertinencia.

—No, no pasa nada. —Dana sonrió.

Olga se interpuso entre ambas con naturalidad.

—Estaré encantada de discutir los detalles de la ceremonia del próximo mes. Por favor, Lady Urgunata, entremos.

En cuanto se marcharon, Dana soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo. Por muy elevada que fuera su posición, nunca se sentiría cómoda cerca de Urgunata.

A mitad del camino pavimentado que rodeaba las afueras de la ciudad y descendía hacia las llanuras, volvió a detenerse al oír una voz.

Era una voz extraña, tenue pero persistente, como si resonara dentro de su cabeza. Las palabras le resultaban desconocidas, pero después de concentrarse, el idioma cambió, como si quien hablaba hubiera percibido sus pensamientos y hubiera pasado de una lengua extranjera al idioma de Eternia. Ayú… dame … Dana corrió hacia ella.

Un resplandor azul flotaba en el centro de un pequeño prado apartado. ¿Una masa de Esencia? Entraba y salía de foco, por lo que tardó un minuto en notar una pequeña esfera luminosa en su centro, ligeramente más brillante que el resto.

Dana frunció el ceño. ¿Era aquella esfera la que pedía ayuda? Nunca había visto una esfera de Esencia parlante, pero no se le ocurría ninguna otra posibilidad.

Extendió su mente, conectándola con el resplandor azul. Al cabo de un momento, sintió un tirón y la pequeña esfera luminosa apareció ante sus ojos.

¡Libertad! La voz en su cabeza resonó con una carcajada. ¡Qué maravilloso! Temía desvanecerme. La esfera rebotó arriba y abajo y luego quedó suspendida en el aire, dándole a Dana la extraña impresión de que aquello —fuera lo que fuese— la estaba mirando.

Oh, perdóname , dijo la misteriosa voz en su cabeza. Mi nombre es Jenya, Espíritu de la Vida. ¡Te agradezco por salvarme!

¿Un espíritu?

Algunos de los antiguos textos de la biblioteca del Templo hablaban de aquellos seres etéreos, la encarnación de la propia Esencia, pero Dana nunca lo había creído del todo. Incluso si los espíritus existían en algún lugar de otros planos de la realidad, parecía casi imposible que sus caminos pudieran cruzarse con los de los mortales. Parecían no tener más importancia que la luz del sol o el aire: siempre presentes, pero nunca lo bastante tangibles como para dedicarles un pensamiento adicional. No tenía idea de que los espíritus pudieran aparecer alguna vez en una forma visible, mucho menos hablar. Sería como imaginar que uno podía mantener una conversación con el viento o con el agua corriente.

¿Cómo se suponía siquiera que debía dirigirse a aquellas criaturas?

Hizo una reverencia.

—Saludos. Mi nombre es Dana Iclucia.

El espíritu rio, produciendo un delicado tintineo que gradualmente pasó de la mente de Dana al mundo exterior, como si escuchar a Dana hablar en voz alta hubiera hecho que el espíritu adaptara su propia forma de hablar.

—Dana Iclucia… Es bastante extraordinario que alguien de tu especie pueda percibirnos. Debes de ser muy poderosa.

—Yo… —Dana hizo una pausa. De alguna manera, le parecía presuntuoso mencionar su título ante aquel espíritu, a quien probablemente no le importaban en absoluto los asuntos de las personas—. Es un honor conocerte, Jenya, Espíritu de la Vida.

—Rara vez tenemos la oportunidad de conversar con los mortales —dijo Jenya—. Como muestra de mi gratitud, te concederé mi protección.

Una sensación de cosquilleo recorrió a Dana y percibió un nuevo poder fluyendo por su cuerpo. Se sintió cálida, llena de energía y fuerza.

—Que algún día te sea de utilidad, Dana Iclucia. —Jenya revoloteó en el aire, balanceándose arriba y abajo—. Jojojó… El poder de los míos me está haciendo cosquillas. Me temo que ahora debo dejarte. Me despido de ti, Dana. Hasta que nuestros caminos vuelvan a cruzarse.

La luz parpadeó y salió disparada, desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.

Dana permaneció inmóvil durante un rato. No estaba del todo segura de qué acababa de suceder, pero sabía con certeza que su conexión con la Esencia se había vuelto más fuerte que nunca. Esperaba poder darle un buen uso al regalo de Jenya.

Tardó aproximadamente otra hora en llegar hasta el cristal azul situado en el borde del acantilado que dominaba la ciudad, el lugar donde el espadachín pelirrojo y su grupo habían estado en su sueño, contemplando las ruinas que se extendían abajo. Acarició la superficie lisa del cristal, sintiendo cómo la Esencia de la Tierra atrapada en su interior reverberaba con energía y calidez. Estos cristales, colocados por todo el reino por los antiguos Maestros de la Esencia, proporcionaban seguridad y protección, además de servir como convenientes puntos de viaje. Seguramente nada podría dañar esta tierra mientras estos cristales permanecieran intactos, con su red canalizando energía directamente desde la Estupa.

Para tranquilizarse, contempló la vista de Aegias, tan pacífica y hermosa mientras se extendía por el valle hasta el mar lejano. Esperaba que lo que había visto no hubiera sido más que un sueño. Pero sabía que ninguna cantidad de esperanza podía alterar la verdad. Tenía que descubrirla, para poder afrontar la realidad, fuera cual fuese.

Finalmente recordó el nombre del espadachín. Adol Christin. Un nombre tan peculiar, completamente ajeno a esta era.

Sin previo aviso, su visión cambió. Esta vez era una visión inequívoca de ella misma de pie exactamente en aquel lugar, contemplando la ciudad desde arriba. El cristal que tenía a su lado seguía intacto, pero la ciudad yacía en ruinas, cubierta de musgo y abandonada, como si nadie hubiera vivido allí durante muchísimo tiempo.

Exactamente como la había visto en su sueño.

—¡Dana!

La visión se hizo añicos. Dana salió de su trance y se volvió para ver a Olga subiendo apresuradamente por el sendero de la montaña.

De repente supo exactamente qué tenía que hacer. Metió la mano en su bolsa y sacó un diminuto retoño de árbol, similar al que había plantado durante el Despertar Arbóreo. Siempre llevaba unos cuantos en su mochila.

Se agachó y cavó un pequeño agujero en el suelo para colocar la planta, luego utilizó su Esencia para atraer agua y nutrientes que ayudaran al pequeño árbol a crecer. El poder de Jenya debía de haber ayudado, y se lo agradecía.

Para cuando Olga llegó hasta ella, el árbol de oración ya había echado raíces y asomaba por su acogedor agujero hacia el sol.

 

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