La Historia del Héroe Orco
Capítulo 112. La Decisión de los Humanos
Los humanos eran una raza constructora.
En el arte de apilar piedras y unirlas con hierro para construir castillos, no había ninguna raza que pudiera superar a los humanos.
Los humanos eran una raza débil.
No sería exagerado decir que eran la más frágil de todas las razas que existían en aquel momento.
Su poder mágico era inferior al de los elfos y los démones, su fuerza física era inferior a la de las gente bestia y los ogros, y su destreza manual era inferior a la de los enanos.
La razón por la que habían sobrevivido era, precisamente, que se les daba bien agruparse.
Habían compensado su debilidad con números.
Como raza que vivía en grupos, los humanos eran hábiles construyendo nidos.
Eran excelentes creando lugares donde pudieran reunirse.
Sus viviendas, concebidas como un medio para luchar contra sus enemigos, les habían permitido seguir viviendo.
Los nidos pasaron a llamarse casas, después se convirtieron en fortalezas y, finalmente, en castillos.
Incluso los orgullosos démones imitaban a los humanos en lo que respectaba a las técnicas de construcción.
La máxima expresión de la habilidad de los humanos era el castillo real.
Habían volcado hasta el último vestigio de su historia en el nido al que, con toda probabilidad, acabarían replegándose para resistir hasta el final.
Los castillos humanos habían sido invadidos y conquistados en innumerables ocasiones.
Cada vez, los supervivientes reflexionaban sobre sus errores y los reconstruían para hacerlos más resistentes.
Por muchas veces que fueran derrotados, conseguían escapar, se multiplicaban gracias a su extraordinaria capacidad reproductiva y volvían a construir castillos.
Y, al final, los humanos vencieron.
Ganaron la guerra.
Resistieron y resistieron, fueron derrotados una y otra vez, pero no se extinguieron y, finalmente, alcanzaron la victoria.
Ahora, aquellos humanos libraban la siguiente batalla dentro de su propio nido.
Era una lucha para decidir quién sería el rey de la siguiente generación de su grupo.
■
—Se lo diré sin rodeos, Canciller Cruzado. Usted es un traidor.
En la mesa redonda del castillo real, Nazar pronunció aquella declaración.
Alrededor de la mesa redonda se habían reunido todas las figuras más influyentes de los humanos.
El rey.
El príncipe.
El canciller.
El general.
Los comandantes de cada orden de caballería.
El papa.
Los cardenales.
El ministro de Finanzas.
El ministro de Asuntos Exteriores.
El ministro de Justicia.
El ministro de Magia.
Y muchos otros…
Un total de veinte figuras destacadas del reino se habían reunido alrededor de la mesa redonda.
Los únicos ausentes debían de ser los comandantes de las órdenes de caballería expedicionarias, que viajaban de un lugar a otro por todo el mundo.
Lo que estaban celebrando era una reunión para decidir el destino de la nación.
En concreto, debatían qué medidas tomar contra Gediguz y cómo debían actuar los humanos.
La reunión estaba dividida en dos bandos claramente enfrentados.
Todo se debía a una opinión que alguien había planteado.
Según esta, «lo importante no es cómo luchar, sino cómo ser derrotados».
Gediguz había vencido a la gente bestia y continuaba avanzando hacia el sur mientras anexionaba a las distintas razas.
No se sabía hasta qué punto eran ciertos los rumores, pero incluso habían llegado noticias de que los enanos ya se habían rendido.
Su ejército no dejaba de crecer y, si se enfrentaban directamente a él, había que admitir que las posibilidades de victoria serían escasas, incluso si los humanos, los elfos y los supervivientes de la gente bestia que habían huido al territorio de los elfos unían sus fuerzas.
Era evidente que Gediguz intentaría decidir la guerra en una campaña breve, y los humanos no estaban preparados para hacerle frente.
También había quienes opinaban que tendrían posibilidades de sobra si conseguían prolongar la guerra, pero, si los enanos se habían unido a las filas de Gediguz y le estaban suministrando alimentos, armas y otros recursos, el conflicto podía alargarse mucho más de lo previsto.
En circunstancias normales, lo habitual habría sido que los cuatro reinos —humanos, elfos, enanos y gente bestia— cooperaran para contener el avance del enemigo.
Sin embargo, la gente bestia había quedado prácticamente aniquilada, salvo por unos pocos supervivientes, y, si los informes eran ciertos, los enanos también se habían convertido en enemigos.
Con los elfos, las relaciones estaban enredadas por el asunto del asesinato de Thunder Sonia, lo que les impedía cooperar de manera eficaz.
Esa era la situación actual.
Por supuesto, ni los elfos ni los humanos eran estúpidos.
Ambos habían considerado la posibilidad de que el asesinato de Thunder Sonia hubiera sido obra de Gediguz.
En particular, los humanos sabían que existía una magia llamada «Disfraz».
De hecho, incluso habían pensado en utilizarla algún día.
La idea era recurrir a «Disfraz» para provocar problemas en otros países.
Por eso, apenas quedaban motivos para dudar de aquella posibilidad.
Aun así, las relaciones con los elfos se habían deteriorado debido a las maquinaciones de un hombre.
El Canciller Cruzado Alma Laguiller.
Hacía apenas unos días, su hijo había sido encontrado muerto.
Había ocurrido un tiempo después de que este partiera rumbo a la nación élfica para casarse con Nemesia, una de las figuras más importantes de aquel país.
Se habían encontrado varios cadáveres en distintos lugares de la capital real.
Los cuerpos habían sido despojados de sus ropas y despedazados hasta quedar irreconocibles. Tras las autopsias, se determinó que pertenecían a Ferdinand, el hijo del Canciller Cruzado, y a los miembros de su delegación.
La familia real humana envió de inmediato un mensajero al reino de los elfos para advertirles del peligro, pero ya era demasiado tarde.
Poco después, llegó desde el reino de los elfos la noticia de que el grupo de Ferdinand había asesinado a Thunder Sonia.
Cruzado lamentó la muerte de su hijo.
Y rompió a llorar desconsoladamente.
Juró que vengaría sin falta la injusticia cometida contra su hijo. Para ello, era indispensable romper las relaciones con los elfos. Proclamó con orgullo que él mismo se encargaría de resolver el conflicto…
Y, al final, el conflicto con los elfos se calmó.
Sin embargo, no podía decirse que las relaciones hubieran mejorado por completo, y la tensión continuó.
Persistía una sensación indescriptible de desajuste, como si tuvieran un hueso atascado entre los dientes que les impidiera morder con normalidad.
Aun así, aquello era bastante habitual.
Probablemente, los elfos tampoco habían conseguido disipar por completo sus sospechas sobre la implicación de los humanos en el asesinato de Thunder Sonia.
La incomodidad entre ambos pueblos no era más que eso, al menos en apariencia.
Por eso, aunque todos sentían que algo no encajaba, nadie lo señalaba abiertamente.
En medio de aquella situación, Cruzado hizo un comentario.
Precisamente durante aquella reunión.
Hacía apenas unos instantes.
«Llegados a este punto, quizá sería mejor pensar en cómo perder que en cómo luchar».
«Si no podemos ganar, ¿no sería más importante reducir al mínimo las pérdidas?».
Eso fue lo que empezó a decir.
Y cuando él lo expresó, los demás también comenzaron a manifestar su apoyo, uno tras otro.
«¡Así es! ¡El canciller tiene toda la razón!»
«Nosotros, los humanos, siempre buscamos la manera de sobrevivir, aunque nos llamen astutos o taimados».
Ahora que lo pensaban, todo había encajado demasiado bien.
Y es que había sido el propio Canciller Cruzado quien había propuesto casar a su hijo con una elfa, quien había encontrado los cadáveres, quien había enviado al mensajero, quien había sugerido negociar con los elfos y quien ahora proponía «pensar en cómo perder».
No eran pocos los que habían empezado a sospechar que algo no cuadraba.
—¡Maldito seas!
Al ver la expresión imperturbable de Cruzado, quien estalló de ira fue Nazar.
Se levantó bruscamente de su silla y fulminó al canciller con la mirada. Sin embargo, consciente de que se encontraba ante el rey, se contuvo y, con la mayor serenidad posible, declaró:
—Se lo diré sin rodeos, Canciller Cruzado. Usted es un traidor.
Pero, incluso después de escuchar aquello, Cruzado no cambió en absoluto su actitud.
—Vaya, aunque estuviera confabulado con Gediguz, eso no significaría necesariamente que hubiera traicionado a los humanos, ¿no le parece?
—¿Qué…?
—Porque la guerra ya ha terminado y los démones ya no son nuestros enemigos.
En efecto, aquello podía considerarse cierto desde el punto de vista de Nazar.
Para él, que había estado intentando reconciliar a todas las razas tras el fin de la guerra, aquellas palabras eran, ciertamente, verdad.
Los démones ya no eran enemigos.
Tampoco lo eran los súcubos ni los ogros.
Incluso los mismos orcos últimamente se llevaban bien con las ciudades vecinas.
—¿Qué razones tenemos para afirmar que Gediguz es necesariamente nuestro enemigo? Ni siquiera hemos recibido una declaración de guerra.
—¡La gente bestia ya ha sido conquistada!
—Quizá también sea enemigo de los elfos… Sin embargo, la antigua Alianza de las Cuatro Razas ya no es nuestra aliada. Aunque la Alianza impuso tratados severos a la Federación, no establecimos ningún acuerdo entre los miembros de nuestra propia alianza. En otras palabras, podría decirse que la situación desesperada de los elfos y de la gente bestia no nos concierne.
—¡Eso es un sofisma! ¡No se trata solo de la situación actual! ¡Ya han atacado el Territorio Blackhead! ¡Se han apoderado de las Escrituras Sagradas y han destruido ciudades!
—Quien dio esa orden fue Poplática, no Gediguz. ¿No podría ser él también una víctima? Quizá lo resucitaron a la fuerza y lo convirtieron en un estandarte para sus propósitos…
—¡No hay manera de que sea así! ¡Entonces, ¿por qué siguen avanzando hacia nuestro territorio?!
—Sin embargo, no han marchado contra el Territorio Blackhead en cuestión. Podrían hacerlo si quisieran, después de someter a los enanos. Aun así, no lo han hecho. Todavía no hemos sido atacados por el propio Gediguz.
Cruzado continuó esquivando las acusaciones con sofismas, dando rodeos una y otra vez.
Nazar sentía que había algo extraño en todo aquello.
—Canciller, ¿qué es exactamente lo que intenta decir desde hace un rato?
—En otras palabras, quiero decir que todavía existe la posibilidad de alcanzar la paz con Gediguz. —Cruzado se puso de pie.
Abrió los brazos, como si estuviera invitando a Nazar a acercarse.
—Podemos dejar atrás lo sucedido, apreciar la paz y optar por no reanudar una guerra que se convertiría en un atolladero. Alteza, ¿acaso esa postura no concuerda con el mundo pacífico que usted desea?
No tenía ninguna intención de disimularlo.
Nazar había comprendido que Cruzado llevaba mucho tiempo bajo el amparo de Gediguz.
—Por supuesto, ya no podremos firmar tratados que favorezcan unilateralmente a los humanos, como hasta ahora. Sin embargo, en esta etapa todavía podemos llegar a un acuerdo en condiciones de igualdad o, como mucho, en uno que nos deje ligeramente por debajo. Pero, si esperamos a enfrentarnos a ellos y sufrir una derrota aplastante, será demasiado tarde. Todos los humanos serán exterminados… o quizá nos conviertan a todos en esclavos y nos arrebaten hasta el último vestigio de nuestra dignidad. Precisamente por eso estoy hablando de cómo perder de la manera menos desastrosa posible. Para que no lo perdamos todo y podamos conformarnos con perder la mitad.
Las palabras de Cruzado, pronunciadas con una sonrisa serena, sonaban extraordinariamente convincentes.
Había algo en ellas que hacía pensar que, en efecto, quizá tuviera razón.
Nazar apartó esos pensamientos de su mente y volvió a preguntarle:
—¿Desde cuándo?
—¿Disculpe? ¿Desde cuándo qué?
—¿Desde cuándo te has aliado con Poplática e intentabas resucitar a Gediguz?
Había muy pocas voces que condenaran a Cruzado.
De los veinte hombres sentados a la mesa redonda, más de la mitad escuchaban en silencio sus palabras.
Ni siquiera eran muchos los que lo miraban con recelo.
—Mmm…
—Yo creía que… querías convertirte en rey. Que albergabas la ambición de asesinar a mi padre, acabar conmigo mediante una conspiración y sentarte algún día en el trono.
—Alteza, le ruego que se abstenga de insinuar que albergo intenciones rebeldes delante de Su Majestad. —El Canciller Cruzado mantuvo la calma.
No hizo ningún gesto exagerado ni habló de forma provocadora.
—Es cierto que deseaba alcanzar una posición elevada. Mi vida comenzó siendo la de un plebeyo, y solo de esa manera podía sentirme satisfecho. Creía que, si llegaba a ser el hombre más importante de este país y de esta raza, podría saciar esa sed. No voy a negarlo. Pero le pido que recuerde algo —continuó Cruzado—. ¿Acaso traicioné alguna vez a la familia real o a los humanos durante la guerra? —Cruzado negó con la cabeza—. Nunca. Porque sé que a los muertos ya no les espera nada. Yo deseaba la victoria de los humanos más que nadie. Puedo afirmar sin ninguna duda que he servido a los humanos hasta este mismo instante. —Cruzado cerró el puño y golpeó la mesa.
Esta vez alzó la voz con firmeza, como si quisiera apelar a todos los presentes.
—Y ahora, una vez más, los humanos se enfrentan a la amenaza de la extinción. Dedicaré mis esfuerzos a garantizar que los humanos puedan seguir existiendo en este continente. ¡Tengo la capacidad para hacerlo!
—¿Y eso significa someterse a Gediguz?
—Significa alcanzar la paz. Al menos, de cara al público.
Aquellas palabras sonaban como si estuviera diciendo que, llegado el momento, también traicionaría a Gediguz. Y, al escucharlas de boca de un hombre que ya estaba traicionando a la familia real humana, resultaban creíbles.
—Si formáramos una alianza con las razas que todavía no se han sometido a Gediguz…
—¿Y cómo piensa hacerlo? Los elfos ya no confían en nosotros.
Al oír aquello, Nazar abrió los ojos de par en par. Tal como había sospechado.
Aquel hombre fue quien había estado retrasando las negociaciones con los elfos.
—¡¿Y con qué cara dices eso?!
—Le agradecería que se calmara. ¿Acaso no soy yo la víctima? Mataron a mi hijo, alguien ocupó su lugar y me convirtieron en el padre del asesino de Thunder Sonia. ¡Odio a Gediguz más que nadie…! ¡Y aun así, estoy diciendo que reprimiré mis deseos de venganza y dedicaré mis esfuerzos a los humanos!
Eso era lo que afirmaba Cruzado.
Probablemente, mentía.
Todos los presentes lo sabían.
Ni siquiera había pruebas de que el hijo de Cruzado hubiera muerto realmente.
Fue el propio Cruzado quien encontró los cadáveres y quien empezó a afirmar que uno de ellos era el de su hijo.
No podía haber pruebas de ello.
Y, aunque las hubiera, ya no les quedaba tiempo para ponerse a buscarlas.
El ejército de Gediguz seguía avanzando incluso en ese momento.
Tenían que tomar una decisión aquel mismo día.
Luchar o someterse.
Y, si decidían luchar y querían tener alguna posibilidad de vencer, debían formar una alianza entre las tres naciones —humanos, elfos y gente bestia— para enfrentarse a Gediguz.
De lo contrario, no contarían con suficientes fuerzas.
Y ni siquiera así tendrían garantizada la victoria.
El ejército de Gediguz ya había incorporado a numerosas razas y se había convertido en una fuerza colosal.
Aunque parecía que algunas razas estaban esperando para ver cómo evolucionaban los acontecimientos, los ogros, los súcubos y las hadas ya se habían sometido a Gediguz, y todas las razas deseaban ponerse de su lado.
Lo que había marcado la diferencia, sin duda, era la derrota del Héroe Orco.
Bly había hecho llegar la noticia de que el Rey Demonio Gediguz había desafiado al Héroe Orco a un duelo frontal, en igualdad de condiciones, y lo había derrotado.
Habían sospechado que se trataba de información falsa, pero, por esas mismas fechas, los orcos que vivían en los alrededores de Krassel comenzaron de repente a mostrarse hostiles, emanando un aura de sed de sangre.
Hasta el punto de que, últimamente, los soldados y caballeros de Krassel ya no podían acercarse a sus asentamientos.
Y eso que habían mantenido buenas relaciones con los orcos.
Probablemente, estos habían empezado a prepararse de nuevo para la guerra.
Se habían sometido a Gediguz.
La noticia de que había derrotado al Héroe Orco en un combate singular constituía un logro más que suficiente para someter a los orcos.
Aunque temblaran de miedo, seguramente se unirían de buen grado a sus filas.
Al fin y al cabo, había vencido al mismísimo Héroe Orco en un duelo. Si Gediguz estaba dispuesto a enfrentarse a semejante adversario con tal determinación, los orcos tendrían motivos para seguirlo.
Los enemigos eran numerosos.
Los aliados apenas conseguían coordinarse entre sí, y las relaciones entre ellos eran tensas.
La gente bestia estaba afilando sus colmillos en un rincón del reino de los elfos, pero su poder había quedado considerablemente mermado.
Los enanos quizá habían cambiado de bando o tal vez pretendían mantenerse al margen.
Y los elfos todavía desconfiaban de ellos.
Incluso Nazar había empezado a actuar por su cuenta desde que sospechó de Cruzado.
Había viajado solo al reino de los elfos, revelado el procedimiento mágico de suplantación y explicado cómo Cruzado había fabricado aquella historia.
Quizá gracias a eso, o quizá porque los propios elfos comprendían la situación, la alianza no llegó a disolverse.
Sin embargo, seguían mirándolos con desconfianza.
Eso era lo que percibía.
Había creído que todo se debía al incidente de Thunder Sonia, pero… las palabras que Cruzado acababa de pronunciar se lo habían confirmado.
Los elfos sospechaban que los humanos los habían traicionado y se habían pasado al bando de Gediguz.
Esa era la sospecha que albergaban.
Cruzado había manipulado la situación para que desconfiaran de ellos.
Aun así, los elfos no rompían unilateralmente sus vínculos con los humanos porque ellos también se encontraban en un callejón sin salida.
Por mucho que lo pensaran, los elfos y la gente bestia no tenían fuerzas suficientes para derrotar al ejército de Gediguz por sí solos.
Por eso se aferraban desesperadamente a cualquier vínculo que les permitiera conservar sus relaciones con los humanos.
Habían decidido que ya encontrarían más adelante alguna manera de resolver las diversas sospechas y acusaciones.
Por ahora, debían enfrentarse a Gediguz.
Así lo veían, igual que los humanos.
O quizá los elfos también se encontraban en ese mismo momento ante la misma disyuntiva:
¿Luchar o someterse?
Sin embargo, ahora que los elfos habían acogido a la gente bestia, que ya se encontraba en guerra con Gediguz, no les quedaba la opción de someterse.
Y, aunque todavía les quedara esa posibilidad, lo más probable era que, en el fondo, prefirieran no recurrir a ella si podían evitarlo.
—Padre… Majestad, ¿qué piensa usted?
Quien tenía la última palabra sobre cómo actuarían los humanos no era ni Nazar ni Cruzado.
Era el rey Lunius Gainius Grandorius, debilitado por una enfermedad y cuyo final ya no debía de estar lejos.
Estaba al borde de la muerte, pero seguía presente en aquella reunión en calidad de rey.
Su figura, sentada sin fuerzas y aferrada a los reposabrazos de la silla, resultaba conmovedora. Sin embargo, su mirada conservaba un brillo feroz y penetrante.
El rey también sabía que aquel día, en aquel lugar, se decidiría el destino de los humanos.
—…… —El rey fue observando, uno por uno, a los presentes sentados alrededor de la mesa redonda.
Lentamente, como una serpiente.
Como si estuviera tratando de determinar quiénes eran sus aliados y quiénes sus enemigos.
—Hijo mío. —Finalmente, posó la mirada en Nazar—. El canciller tiene razón.
Cruzado sonrió e inclinó la cabeza en señal de respeto, mientras el rostro de Nazar se teñía de desesperación.
Sin embargo, el rey continuó hablando.
—Este hombre siempre ha tenido razón, desde que era joven. Sus métodos eran tan escandalosos que a uno se le quedaba la boca abierta, pero todo lo que hacía beneficiaba a los humanos. Bueno, también beneficiaba a sus propios intereses, al mismo tiempo… Pero, sin él, los humanos jamás habríamos podido ganar la guerra de una manera tan perfecta. Los elfos se habrían apropiado de parte de nuestros méritos por la victoria y nos habríamos visto obligados a conformarnos con ocupar un segundo lugar detrás de ellos. O quizá incluso detrás de los enanos… Por eso lo nombré canciller. —Su voz sonaba vigorosa, impropia de alguien que estaba al borde de la muerte—. No pienso reprocharle a este hombre su conducta, tan egoísta como ninguna otra. Incluso le perdonaré que, sin que yo me diera cuenta, haya acabado dejándose seducir por Gediguz. Si está dispuesto a renunciar, al menos por ahora, a sus propios objetivos para ponerse del lado de Gediguz, entonces será porque así debe ser. No podemos ganar. —El rey se puso de pie.
Obligó a su cuerpo moribundo a levantarse, tambaleándose.
Uno de los presentes, sentado justo a su lado, intentó ayudarlo, pero el rey lo detuvo y se sostuvo por sí mismo.
—Hijo mío. Nazar. Esto es una lección. Serán las últimas palabras que pueda enseñarte. —Y fijó en Nazar una mirada feroz y resplandeciente—. El rey no delega en otros la responsabilidad de decidir.
Lo que hacía era preguntarle a su hijo si poseía la mentalidad necesaria para ser rey.
—¿Tienes orgullo? ¿Una convicción firme de que hay algo que debe hacerse de determinada manera?
Ante aquellas preguntas, Nazar reflexionó.
Su padre le había dicho que aquello era una lección, pero, en esencia, le estaba preguntando si tenía alguna alternativa.
Si era así, debería habérselo preguntado de otra forma.
«Quiero escuchar tu propuesta» o «¿Tienes alguna otra idea mejor?»…
No…
Nazar se dio cuenta de que no era eso.
Su padre no le estaba pidiendo una propuesta en aquel momento.
Le había preguntado si tenía orgullo.
Si poseía una convicción firme.
—Si no los tienes, retírate. Y deja todo en manos de Cruzado. No creo que este hombre vaya a construir un buen país. Sin embargo, tomará las mejores decisiones posibles para garantizar la supervivencia de los humanos. Aunque tengamos que cubrirnos de lodo y sorber excrementos y orina, hará que los humanos sobrevivan.
Incluso entre los humanos, a quienes se consideraba una raza despreciable, Cruzado destacaba por encima de todos en vileza.
Era un hombre capaz de recurrir a cualquier medio para alcanzar sus objetivos: mentiras, engaños, conspiraciones y todo lo que hiciera falta.
De lo contrario, un plebeyo jamás habría podido ascender hasta convertirse en canciller.
Ahora, Cruzado aspiraba a convertirse en rey.
Cuando su padre muriera y Cruzado asumiera todo el poder, los humanos sobrevivirían.
Su padre le estaba diciendo que, en ese caso, no habría ningún problema en que Cruzado se convirtiera en rey.
Pero la familia real humana era el pilar al que se aferraban los humanos.
Era también la prueba de que los humanos, pese a ser una raza débil, con escasa magia y capaz únicamente de agruparse, habían conseguido sobrevivir, mantener su continuidad y transmitir su legado a lo largo de las generaciones, aun siendo algo más astutos que otras razas.
No era algo que pudiera abandonarse a la ligera.
Si renunciaban a ello, perderían algo.
Algo que los humanos todavía conservaban, aunque fuera en una cantidad ínfima…
Sí, el orgullo.
El nombre de Grandorius era la propia historia de los humanos.
Era la esencia del sistema humano que los había conducido a la victoria tras una larga sucesión de guerras.
Los humanos habían conseguido infundir valor en sus corazones débiles estableciendo una jerarquía social.
Los caballeros y los nobles podían luchar porque habían jurado lealtad a la familia real y creían estar luchando por ella.
Los soldados podían luchar porque confiaban en que, incluso si morían, el rey construiría una era de paz.
Sin duda, Cruzado encontraría la manera de resolver aquella situación.
Y, mientras siguiera vivo, seguramente continuaría encontrando la manera de hacerlo.
Sin embargo, durante ese tiempo, existía la posibilidad de que los humanos perdieran su orgullo.
Quizá, mientras Cruzado siguiera vivo, se volvieran verdaderamente cobardes y acabaran siendo incapaces de luchar nunca más.
Aunque, tratándose de Cruzado, tal vez se le ocurriera algún sistema que les permitiera seguir luchando…
Pero Nazar no podía imaginarse a aquel hombre preocupándose por lo que ocurriría después de su propia muerte.
Nazar abrió la boca.
Para dar su respuesta.
—…Nosotros hemos oprimido demasiado a las demás razas. —Nazar no alzó la voz.
Sin embargo, su voz resonó con claridad.
Tanto que todos los presentes pudieron escucharlo perfectamente.
—Por ahora, tanto nuestros enemigos como nuestros aliados están eufóricos por el fervor que despierta Gediguz y no piensan en otra cosa que en la guerra. Pero, cuando ese fervor se calme, volverán la mirada hacia el pasado. Hacia nuestra forma de actuar.
»Lo he visto con mis propios ojos. Los súcubos estaban a punto de ser exterminados a manos de los humanos y los elfos. Lo mismo ocurría con los orcos. Los hombres lagarto y los ogros estaban algo mejor, pero el trato que recibían los démones era atroz. Bajo el pretexto de defender una causa justa, los hemos oprimido cruelmente.
»Quizá, si hubiéramos actuado antes de que comenzara la guerra, habríamos podido inclinarnos ante ellos, corregir nuestra conducta y pedirles perdón. También habríamos podido proponerles que, a partir de entonces, aunáramos esfuerzos y buscáramos la prosperidad mutua.
»Pero no fue así. La guerra ha comenzado.
»Si perdemos, nos oprimirán. Tal como nosotros los hemos oprimido a ellos… Y eso no cambiará aunque nos rindamos. Más aún, ¿cómo creen que nos verán las demás razas si les movemos la cola porque no podemos vencer? ¿Qué pensarán de una raza que se comporta con arrogancia y desdén cuando puede ganar, pero que, cuando está a punto de perder, mueve la cola y les lame las botas?
»¿Cómo tratarán a quienes han aceptado la derrota y han seguido tragando el agua fangosa de la humillación?.
»Se los diré: «Que desaparezcan».
»Lo he visto con mis propios ojos. He viajado por diversos países y conocido a las distintas razas. La gente lagarto son una raza de costumbres pastoriles. A pesar de su apariencia, que parece reflejar una escasa capacidad para sentir emociones, son muy emotivos y prefieren llevar una vida tranquila. En cuanto a los súcubos, yo imaginaba que serían una raza semejante a lo que tenemos como prostitutas. Y, ciertamente, su forma de hablar y su manera de comportarse daban esa impresión. Sin embargo, en realidad, son estrictas con la disciplina y respetuosas con los demás. Cuando se encuentran ante alguien que merece de verdad su respeto, incluso son capaces de adaptar su forma de hablar a la de esa persona y dirigirse a ella con la debida formalidad.
Nazar habló de todo lo que había visto.
De la gente lagarto, los súcubos, las arpías… Expresó las impresiones que había tenido al conocer a aquellas razas, a las que en el pasado incluso habían despreciado por considerarlas inferiores.
—Lo mismo ocurre incluso con los orcos. No es mentira que tengan costumbres aborrecibles. Sin embargo, durante los combates en el Territorio Blackhead, todos ustedes debieron de comprender que también hay entre ellos quienes rebosan orgullo y poseen un profundo sentido de la justicia y la lealtad.
»Esto se aplica a todas las razas. Ninguna merece desaparecer. Todas tienen algo maravilloso que ofrecer. ¿No es así?
Ante aquella pregunta, algunos de los presentes mostraron una expresión de profundo pesar.
Nadie pensaba que estuviera bien oprimir a las demás razas.
Existía resentimiento hacia las otras razas, claro.
Cuando terminara la guerra, pensaron que habría agitación y resistencia, por lo que intentaron someter a las demás razas con palabras duras.
Sin embargo, no eran muchos los que realmente deseaban que desaparecieran.
—Nosotros también debemos demostrarlo. Debemos luchar. Incluso nosotros, una raza insignificante, somos una raza orgullosa, capaz de reunir hasta la última pizca de valor cuando se encuentra en una situación desesperada. —Tras decir aquello, Nazar desenvainó la espada que llevaba a la cintura.
«Cielo Venidero».
Las nubes se disiparon y la luz comenzó a entrar por las ventanas.
—Yo lo demostraré. Yo, Nazar Gainius Grandorius.
Al contemplar aquella escena, el comandante de la guardia real se puso en pie.
El papa, los cardenales, el ministro de Finanzas, el ministro de Asuntos Exteriores…
Los altos dignatarios del reino fueron levantándose uno tras otro y se arrodillaron.
—¿No me diga que habla en serio?
Quien se mostró perturbado fue el canciller.
Y también aquellos que, hasta hacía un momento, habían hablado repetidamente de la felicidad.
Aquellos que se habían puesto del lado del canciller.
—Le ruego que lo considere con serenidad. Este es el momento de agachar la cabeza y esperar nuestra oportunidad. ¿Qué importa lo que hayamos hecho hasta ahora? Si hemos oprimido a las demás razas, nos oprimirán tanto si luchamos como si nos rendimos. En ese caso, lo importante es cuánta fuerza podamos conservar, cómo ocultarla y cómo utilizarla para preparar nuestro siguiente movimiento.
Seguramente, aquello era lo correcto.
Si sabían que iban a perder, debían acumular fuerzas y soportar la situación hasta que llegara el momento de poder vencer, evitando desgastarse.
Y, cuando finalmente llegara la ocasión, liberarían todo ese poder y lucharían por la victoria.
Eso era lo que debían hacer.
Sin embargo, quienes habían escuchado las palabras de Nazar pensaron que aquello también era una teoría vacía, concebida sobre el papel.
Dependiendo de cómo se rindieran, quizá fuera posible conservar algo de poder, pero no era algo que pudieran ocultar tan fácilmente.
Y mucho menos tratándose de Gediguz.
No le costaría nada mutilar las extremidades de los humanos que suplicaran por sus vidas, impidiéndoles levantarse de nuevo.
También podía cortarles la cabeza. O castrarlos.
Podía tomarse su tiempo y arrebatárselo todo, poco a poco.
Si se rendían para sobrevivir, podrían aceptarlo.
Pero no podían aceptar una rendición que solo sirviera para que los torturaran durante mucho tiempo y los mataran lentamente.
—¡Yo puedo hacerlo! ¡Puedo negociar con Gediguz para que los humanos sobrevivan y sentar las bases que nos permitan esperar nuestra oportunidad!
Las palabras de Cruzado sonaban vacías.
Aunque tenía logros que lo respaldaban, a esas alturas ya no tenía ningún fundamento en el que apoyarse.
—¡También vieron aquella luz del otro día, ¿verdad?! ¡Un dragón fue derribado! ¡Era el Cañón del Dios Demonio! ¿Y ahora creen que no lo apuntarán contra nosotros? ¡Los orcos también están furiosos! ¡Krassel será la primera en caer, pues está a un paso del territorio orco! Matarán a los hombres y violarán a las mujeres. ¡Volveremos a sufrir la misma tragedia que asoló el Territorio Blackhead en el pasado! ¡¿De verdad están dispuestos a permitirlo?!
Sin embargo, las palabras de Nazar tampoco eran menos ciertas.
Aunque se rindieran aquel mismo día, unos años después los orcos matarían a los hombres y violarían a las mujeres.
Quizá el número de víctimas fuera la mitad del que habría si luchaban y perdían, pero, como mínimo, el destino de una población del tamaño de Krassel no cambiaría demasiado.
Lucharan o no, Krassel caería.
Matarían a miles de hombres y se llevarían a la mayoría de las mujeres.
Sin duda, eso era lo que ocurriría.
Lucharan o se rindieran, el destino de algunos humanos ya estaba decidido.
Y esos humanos serían personas distintas de Cruzado.
Quizá incluso uno mismo.
En ese caso…
Si el resultado iba a ser el mismo de todos modos, si iban a morir…
Preferían morir luchando, luchando bajo una bandera honorable.
Se decía que los humanos eran seres cobardes.
Y, ciertamente, esa era una de sus inclinaciones naturales.
Pero quienes estaban allí eran personas que, desde su nacimiento, no habían conocido otra cosa que la guerra.
Eran personas que habían encontrado honor en la lucha.
Nazar alzó la espada.
—¡Canciller! No, Cruzado Alma Laguiller. Te condeno como traidor al reino.
Aquel día estalló una guerra civil en el reino de los humanos…
Y Nazar Gainius Grandorius se convirtió en rey.
■
La guerra civil terminó en un período extraordinariamente breve, y el anterior rey murió durante el conflicto.
Sin embargo, se decía que, justo antes de morir, había dejado estas palabras:
—Así está bien.
Frizcop: Carajo qué buen capítulo.
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