Ys Lacrimosa de Dana
Capítulo 37. Un Paseo Por la Ciudad
Alison había dado a luz mientras ellos estaban fuera. Un niño sano dormía plácidamente en sus brazos. Ed, el orgulloso padre, estaba sentado junto a la cama con una expresión de incredulidad. Se puso de pie al ver entrar al grupo.
—Felicidades —dijo Adol.
Ed parpadeó, y Adol se dio cuenta de que el hombre estaba conteniendo las lágrimas. Sus labios temblaron mientras se tomaba un momento para serenarse.
—No importa cuánto viva —dijo—, nunca podré agradecerles lo suficiente. Por salvar a mi familia. Por encontrarme a tiempo. Por… —Se detuvo y miró a su esposa y a su hijo con tanto amor que Adol sintió que se le humedecían los ojos.
Se acercó y le dio unas palmadas en el hombro a Ed.
—Me alegra mucho que te hayamos encontrado —dijo—. Alison fue una de las primeras náufragas que rescatamos, y nunca dejó de hablar de ti. Ver a tu familia reunida es una de las cosas más felices que nos han pasado desde que llegamos a esta isla.
Ed asintió, claramente sin saber qué decir. Permanecieron juntos un rato, contemplando a la madre y al niño dormidos.
—Decidimos llamarlo Luke —dijo finalmente Ed—. La luz. Que haya nacido sano después de todo lo que ha pasado es un milagro. Ojalá otro milagro como este nos permita escapar a todos.
Adol asintió.
—Es un buen nombre. Y sí, escaparemos. Todos saldremos de aquí pronto y podremos retomar nuestras vidas normales. —A pesar del mapa que habían encontrado, todavía no tenía ni idea de cómo lograrían hacerlo. Pero tenía que cumplir la promesa que le había hecho al Capitán Barbaros.
Afuera, un grupo de náufragos se había reunido alrededor del mapa del capitán Reed, extendido sobre la mesa del taller de Euron. Adol se acercó y alcanzó a oír fragmentos de la conversación.
—¿Dónde dijiste que estaba? —preguntó Dogi.
Thanatos señaló un punto.
—Aquí mismo, al norte de la capital.
Adol se acercó a la mesa.
A diferencia del mapa de Seiren en el que habían estado trabajando en el Pueblo Náufrago, este contenía menos detalles de la propia isla. Sin embargo, ofrecía abundante información sobre las aguas circundantes. Las corrientes, los arrecifes submarinos y la compleja línea costera estaban dibujados con minucioso cuidado, como si quien había elaborado el mapa hubiera explorado la isla desde el agua en lugar de recorrerla por tierra. Solo un barco fantasma podría haber evitado al Oceanus durante el tiempo suficiente para realizar una tarea semejante. ¿Habría trabajado el capitán Reed en este mapa en su forma de no muerto, con la esperanza de ayudar a los viajeros que lo necesitaran?
Adol tardó un momento en comprender de qué trataba la discusión. Las líneas punteadas alrededor de la isla no indicaban rutas marítimas. No podían serlo, dado que el tráfico de barcos era prácticamente imposible en estas aguas. Como pista adicional, el dibujo de una pequeña criatura con tentáculos marcaba una de las líneas… ¿Las rutas migratorias del Oceanus?
Laxia y Dana seguían las líneas con los dedos, inclinadas sobre el mapa con la concentración de unos eruditos que traducen un texto antiguo.
—Según este mapa, parece que tiene varias rutas de desplazamiento —dijo Laxia—. Pero miren esto.
Señalaba el centro de la bahía frente a la costa de Aegias. El gigantesco remolino, el lugar que habían marcado en su propio mapa como el Abismo Arqueozoico.
Dana asintió.
—Es verdad. Esta es la única zona por la que pasan todas las rutas del Oceanus. Tiene que ser ese lugar.
—¿Dentro de ese gigantesco sumidero? —preguntó Thanatos, incrédulo—. Eso no nos sirve de mucho, ¿verdad?
—Es exactamente la información que estábamos buscando —dijo Dana—. Ahora sabemos dónde encontrar al Oceanus.
—Ah, claro. —La voz de Thanatos rebosaba sarcasmo—. Dentro de un remolino mágico que ni siquiera debería existir. Y a gran profundidad, bajo el agua, supongo. ¿Cómo se supone exactamente que esta información nos ayudará a derrotar a la criatura?
Todos intercambiaron miradas. Tenía razón. Ninguno de ellos podía respirar bajo el agua. Y, aunque pudieran, ¿cómo iban a derrotar a un monstruo más grande que un barco dentro de aquel enorme abismo?
—Al menos debes saber algo sobre ese remolino, Dana —dijo Euron—. Tuvo que haber sido creado mediante alguna clase de magia eterniana.
—Bueno, yo… —Dana se interrumpió de golpe. El rostro se le quedó pálido y se tambaleó, aferrándose al borde de la mesa para mantener el equilibrio. Adol corrió a su lado, pero ella se recuperó rápidamente y respiró hondo varias veces—. Lo siento. Cada vez que intento recordar… Ese lugar debe de ser muy importante para provocarme un dolor de cabeza tan terrible.
—No te fuerces —dijo Adol.
Dana alzó la mirada hacia él.
—Pero debo hacerlo. No puedo limitarme a aceptar las cosas tal como están ahora. Lo que más deseo en el mundo es recuperar mis recuerdos.
Adol lo comprendía. Pero le dolía ver a Dana esforzarse hasta ese punto. Ojalá pudiera hacer algo para ayudarla.
—Quizá deberías quedarte aquí cuando nosotros salgamos a investigar el abismo —dijo.
Ella negó con la cabeza.
—No. Tengo que ir con ustedes. Sea lo que sea que haya ahí fuera, debería darnos algunas respuestas.
—Parece que las respuestas que buscamos se encuentran dentro del propio abismo —señaló Hummel—. Pero ¿cómo se supone que vamos a cruzar el agua para llegar hasta allí?
Sahad suspiró.
—Es verdad. Si intentamos llegar en barco, acabaremos como ese estirao de Carlan.
—Quizá deberíamos haber pedido que nos llevaran en el barco del capitán Reed —dijo Ricotta.
—Quizá deberíamos haberlo hecho —admitió Sahad—. Pero ahora ya es demasiao tarde.
—Ya lo tengo —dijo Dana de repente—. El recuerdo que estaba buscando. Ese abismo es exactamente donde se encontraba el palacio real de Eternia. No solo en la misma zona, sino en el mismo lugar exacto.
Todos la miraron.
—No puede ser —dijo Adol—. El palacio real estaba en tierra firme, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza.
—Creo que esto es lo que se me había estado escapando todo este tiempo. Parte del palacio estaba construida en tierra firme, pero el resto se extendía hasta el mar. No todo el mundo lo sabía, ni siquiera dentro del propio palacio, pero sus estructuras submarinas se adentraban en la bahía y llegaban directamente hasta el fondo del océano. La familia real utilizaba un pasadizo especial para acceder a ellas y disponía de Equipamiento de Esencia que le permitía desplazarse libremente bajo el agua. Oí hablar de un tesoro real secreto ubicado en una de aquellas cámaras.
—Y ahora todo ha desaparecido —dijo Hummel.
Ella negó con la cabeza.
—Ese es el asunto. No ha desaparecido exactamente. El palacio ya no está ahí, pero el espacio que ocupaba sigue conservando la misma forma e impide que el agua llene el hueco que dejó. Eso es lo que crea el abismo. No tengo ni idea de cómo, pero… —Se interrumpió y se quedó mirando a lo lejos. Adol pudo ver que estaba pensando, como si acabara de ocurrírsele algo, pero no dijo nada.
—Me pregunto… —dijo Laxia—. ¿Podría estar relacionado ese abismo con la desaparición del palacio?
—No sabría decirlo. —Dana parecía distraída de nuevo y tenía el rostro más pálido de lo habitual.
—Entonces no tiene sentido seguir hablando de esto —dijo Hummel—. Deberíamos ir a verlo con nuestros propios ojos. Un transportista profesional siempre debe conocer bien el terreno.
—No todos somos transportistas —lo corrigió Laxia—. Pero, por lo demás, estoy de acuerdo.
Después de ponerse el equipo, el grupo se reunió junto al cristal del centro de la aldea. Ahora cada uno tenía su propio anillo de teletransporte, fabricado por Euron con los fragmentos de cristal que habían recogido. Todos tocaron sus anillos y concentraron sus pensamientos, tal como Dana les había enseñado.
Una oleada de luz los envolvió y, al instante, se encontraron en el centro de las ruinas de Eternia.
Por muchas veces que lo hiciera, Adol nunca se acostumbraría a este medio de transporte. La sensación de ser arrastrado, la emoción de caer en caída libre, el cambio instantáneo de escenario. En lugar del olor a sal marina, humo de fogatas y flores silvestres, el viento que le rozaba el rostro olía ahora a líquenes y piedra. La elevada silueta de la Estupa se alzaba ante ellos. Parpadeó, obligándose a volver a la realidad.
Se detuvieron en la terraza que dominaba los jardines reales y el Corredor Aéreo, contemplando el vacío donde antes se encontraba el palacio.
A través de la niebla que se arremolinaba sobre la bahía, Adol apenas podía distinguir los detalles, pero el espacio vacío del abismo destacaba claramente, como si unas paredes invisibles en su interior estuvieran conteniendo el agua. Curiosamente, aquellas paredes imaginarias no impedían que el agua se precipitara en cascada hacia el abismo ni que una espesa bruma de gotitas se arremolinara sobre él, ocultándolo todo a la vista.
¿Cómo demonios iban a descender a aquel abismo y enfrentarse al Oceanus?
Tan pronto como la pregunta se formó en la mente de Adol, oyó una campanilla procedente de la pasarela que tenían delante. El cristal azul que se alzaba al borde del abismo brillaba, como si los invitara a acercarse.
Antes de que nadie pudiera decir nada, Dana se apresuró hacia él y lo tocó.
*
—¿Qué ocurre, Dana? —preguntó Olga.
Dana parpadeó y miró hacia el valle, donde se divisaba la ciudad a lo lejos. Desde el mirador de la Puerta de la Montaña del Templo, podía ver hasta el puerto.
—La luz del sol pareció atenuarse por un momento —dijo.
Olga negó con la cabeza.
—Debes de estar imaginándotelo. Las nubes están muy lejos del sol.
Dana soltó un suspiro. Viajar entre líneas temporales como aquella resultaba muy desconcertante.
—Sarai y yo hemos pasado toda nuestra vida en la capital —dijo Olga—. Puedes comprender por qué nos cuesta aceptar que algo tan terrible vaya a suceder.
Dana tragó saliva. A todos les resultaba difícil. En realidad, era insoportable. Si antes había albergado alguna esperanza de que pudiera evitarse la catástrofe, después de visitar la época de Adol ya no le quedaba ninguna. La única posibilidad que parecía mínimamente alentadora era que el futuro que había visto tardara muchísimo tiempo en hacerse realidad.
—También me preocupa ese abismo en el puerto que, según me has contado, existe en la época de Adol —dijo Olga—. ¿Por qué aparece justo donde antes se alzaba el palacio real? Y ¿por qué…?
Una voz atronadora procedente de la puerta lateral la interrumpió.
—¡Vamos, gente, en marcha! ¡Tenemos que terminar antes de que acabe el día!
Dana y Olga se volvieron y vieron entrar al jefe Dran por la puerta, al frente de una procesión de carretas tiradas por bestias y cargadas de mercancías, acompañado por comerciantes y guardias. Para decepción de Dana, Rastell no estaba entre ellos. Todos se detuvieron e hicieron una reverencia respetuosa.
—Lady Dana. Suma Sacerdotisa Olga —saludó Dran.
—Que las bendiciones del Gran Árbol te acompañen. —Dana sonrió al encontrarse con su mirada.
Por el rabillo del ojo, notó el gesto de desaprobación de Olga. Desde que había destacado en sus lecciones de espada, había empezado a considerarlo un amigo, pero, por alguna razón, la amistad personal con el jefe de la guardia no figuraba en la lista de cualidades aceptables para la Doncella que Olga tenía en mente.
—¿Qué están haciendo usted y sus hombres aquí, jefe? —preguntó Olga.
Dran echó un vistazo a la procesión que lo seguía, con un leve dejo de exasperación.
—Estamos almacenando alimentos, Suma Sacerdotisa. Por decreto de Su Majestad, la reina Sarai. Se dice que Lady Dana ha recibido una visión de una mala cosecha para este año.
—Esa visión la recibió ayer mismo —dijo Olga, incrédula—. Qué impresionante que la reina Sarai haya tomado medidas tan pronto.
Dran inclinó solemnemente la cabeza.
—En efecto. Aunque la cosecha de este año sea mala, no tenemos nada que temer. El reino de Eternia confía tanto en la reina Sarai como en Lady Dana. Después de todo, ambas han propiciado la época más próspera de la historia de Eternia. —Sus ojos volvieron a posarse en Dana, y ella sintió que las mejillas se le encendían de vergüenza, una reacción que sin duda le valdría otra dosis de desaprobación por parte de Olga. Incluso después de tantos años, los elogios del jefe Dran seguían haciéndola sentir especial.
—Por supuesto —dijo Olga—. Discúlpeme por distraerlo de sus deberes, jefe Dran.
Esta vez, los labios de Dran dibujaron una sonrisa más marcada.
—Siempre es un placer hablar con usted y con Lady Dana, Suma Sacerdotisa. Hizo una señal y la procesión reanudó la marcha hacia la entrada situada al otro lado del recinto.
Dana los siguió con la mirada. También pudo ver cómo las pálidas mejillas de Olga se teñían de rosa, una reacción curiosa en alguien de su carácter. Incluso en su avanzada edad, Dran tendía a provocar ese efecto en las personas.
—Probablemente deberíamos haberle dicho la verdad —dijo.
—No hay motivo para causar confusión innecesaria. —Olga se irguió, recuperando su habitual actitud formal—. Bien, Dana. Nosotras también deberíamos ponernos en marcha. Dijiste que este hombre, Adol, se dirigía hacia el palacio por el Corredor Aéreo la última vez que visitaste su línea temporal, ¿verdad?
Dana asintió.
—Así es.
—Entonces, pongámonos en camino.
Bajaron las escaleras.
—¡Doncella! ¡Suma Sacerdotisa! —La clériga Cecile corrió hacia ellas al llegar al rellano inferior. Parecía nerviosa.
—¿Qué ocurre, Cecile? —preguntó Dana.
—¿Se marchan tan pronto después del Festival de la Cosecha?
—Sí. ¿Por qué? —Como siempre, Olga pareció ofendida por la pregunta de una subordinada.
—No-no es nada. Es solo que… Últimamente, ambas parecen tener muchas preocupaciones. —Cecile miró alternativamente a Olga y a Dana, y luego negó con la cabeza—. Permítanme expresarme mejor. No sé qué están investigando con tanta dedicación, pero basta con mirarlas para darse cuenta de que se trata de algo serio. Quiero que ambas recuerden que no están solas. Si alguna vez necesitan ayuda… Por favor, permítannos hacer todo lo que esté a nuestro alcance.
Olga parecía más sorprendida de lo que Dana la había visto en mucho tiempo, como si no supiera qué decir.
—Gracias, Cecile —dijo Dana con sinceridad—. Agradecemos mucho tu ofrecimiento. Por ahora, no podemos compartir ningún detalle, pero, cuando llegue el momento, recurriremos a tu ayuda.
—Lady Dana… —Cecile hizo una reverencia—. Gracias. Usted y la Suma Sacerdotisa cargan con el peso de la responsabilidad por todos nosotros. Cuando necesiten marcharse, por favor, no se preocupen por nada. Nosotras nos encargaremos de todo aquí.
—Gracias, Cecile. —Ahora que había superado la sorpresa inicial, Olga parecía inesperadamente conmovida.
Dana se despidió de Olga en la puerta. Antes de emprender el camino hacia la capital, se detuvo para echar un vistazo a su alrededor. Quería recordarlo todo tal como era en ese momento. El paisaje bañado por el sol, los grupos de peregrinos que se dirigían tranquilamente al Templo, las sacerdotisas en lo alto de la puerta, contemplando las vistas. Nada que presagiara el terrible futuro que veía en sus visiones.
Deseaba que aquel momento durara para siempre.
*
Junto al edificio de la Estupa, en el puesto de un comerciante, Dana reparó en una niña de cabello rosa que le resultaba familiar. Io. Estaba comiendo un pastel de miel. Cuando vio a Dana, se apresuró a metérselo entero en la boca, como si temiera que no la dejaran terminarlo si Dana se acercaba.
—No te apresures. —Dana la observó con curiosidad, dándose cuenta de que no sabía nada sobre los antecedentes de aquella niña. ¿Sus padres eran pobres? ¿Pasaba hambre a menudo? Parecía poco probable, teniendo en cuenta que Io correteaba todo el día como si no tuviera ni una sola preocupación en el mundo. Sin embargo, la forma en que devoraba el pastel de miel hizo que Dana se lo preguntara. Se volvió hacia la comerciante, que permanecía a un lado con la cabeza inclinada y las manos juntas en un saludo respetuoso.
—Doncella. —La comerciante hizo una reverencia más profunda y luego se incorporó, siguiendo la dirección de la mirada de Dana—. Últimamente he visto mucho a esta niña —dijo en voz baja—. Parecía tener hambre, así que le di algo de comer.
—Oh, gracias. Por favor, déjeme pagarle.
La comerciante negó con la cabeza.
—No es necesario, Su Eminencia. Usted nos ha ayudado muchísimo. Esto no supone ninguna molestia.
Io terminó de masticar y se limpió la cara con el dorso de la mano.
—Uf, ¡estoy llenísima! —Miró a Dana—. ¡Muy bien, señorita, vamos!
—¿Vamos? —Dana frunció el ceño—. ¿Adónde vamos?
Io sonrió de oreja a oreja.
—¡Pues voy adonde tú vayas, obvio!
—No puedes hacer eso —protestó Dana—. Tengo cosas que hacer.
—Aaaah, está bien. Supongo que últimamente sí has estado bastante ocupada. Entonces, cuídate. —Io soltó una risita y salió corriendo.
—Gracias. Tú también. —Dana se quedó un momento observando cómo se alejaba la niña. Qué niña tan desconcertante era Io.
En la plaza lateral, las gemelas Mia y Sia estaban discutiendo otra vez. Su madre, Ansia, las observaba con una mezcla de cariño e irritación. Dana pasó junto a ellas y atravesó la multitud hasta llegar al otro extremo. Percibía algo fuera de lo común… ¿Un resplandor de Esencia? ¿Otro espíritu atrapado? Extendió su mente para liberar aquello que perturbaba el lugar.
Una diminuta esfera luminosa apareció flotando desde un callejón oscuro entre los edificios. Se balanceó en el aire, y Dana tuvo la impresión de que estaba examinando sus alrededores.
La gente seguía apresurándose de un lado a otro, como si no estuviera ocurriendo nada extraño. ¿Acaso nadie más podía ver al espíritu?
—Hola —dijo el espíritu—. Parece que puedes verme. ¡Qué delicia! ¿Acaso tú serías…? Oh, no importa. Limitémonos a aceptar que ha ocurrido un acontecimiento misterioso. Mi nombre es Plau, Espíritu de la Gota de Lluvia. Vivo en el río que se encuentra justo al oeste de aquí. Sin embargo, por alguna razón, me he sentido inexplicablemente atraída hacia este lugar. Hmm… ¿Qué poder me habrá llamado? Parece que los demás espíritus no sucumbieron a él como yo. La pérdida es suya, por supuesto, ¡pues por fin he conocido a alguien que puede verme!
—¿Es tan raro? —Dana sentía una curiosidad genuina.
—¡Por supuesto que sí! —El espíritu centelleó—. Naturalmente, no deseo precipitarme en un compromiso serio, pero ¿habría alguna posibilidad de que quisieras ser mi… amiga?
Dana sonrió.
—Estaré encantada de ser tu amiga. Me llamo Dana.
—Dana… Eres una persona amable, Dana. Por favor, acepta esto como muestra de mi gratitud.
Una oleada de calidez recorrió a Dana mientras el espíritu la colmaba de un nuevo poder. Por un breve instante, percibió el aroma de una selva tropical, un olor limpio y fresco que la hizo sentirse llena de energía.
—Gracias —dijo.
Plau se balanceó en el aire.
—Cualquier cosa por ti, mi amiga Dana. —Su resplandor se detuvo—. ¿Oh? ¿Podría ser…? ¿Percibo la presencia de mi hermano? Yo… Lo siento. Debo esconderme ahora. ¡Adiós, Dana! ¡Hasta que volvamos a encontrarnos!
¿Un hermano? ¿Esconderse? ¿Acaso los espíritus jugaban al escondite? Dana parpadeó. Sin duda, algunos espíritus parecían más excéntricos que otros.
Una visión afloró en su mente. La puerta detrás del monolito de la Cripta del Santuario, deslizándose para abrirse en una silenciosa invitación.
Se detuvo. ¿Era un recuerdo? ¿O una señal de que ahora podía acceder a una nueva zona del Santuario? ¿Había aumentado su virtud desde la última vez que lo había visitado? Bueno, solo había una forma de comprobarlo.
Mientras concentraba su Esencia para teletransportarse al Santuario, intentó convencerse de que lo hacía por la causa de Adol, de que los conocimientos que obtuviera de cada nuevo monolito podían contener información crucial para resolver los misterios a los que se enfrentaban en la línea temporal de Adol. Pero, en el fondo, comprendía que aquello no era más que una excusa. Lo hacía por su propio bien, con la esperanza de encontrar las respuestas que buscaba. ¿O acaso solo quería satisfacer su curiosidad? Al final, no importaba demasiado.
Esta vez, la puerta detrás del monolito se deslizó sin dificultad, permitiéndole acceder al nuevo nivel de la Cripta del Santuario. Avanzó por él, esquivando a los gólems y utilizando su Esencia para orientarse a través del laberinto de cámaras y bloques de piedra hasta llegar a otra sala que contenía otro monolito de archivo.
En las imágenes de antiguos dibujos, un hombre envuelto en una toga tenía una estrella en lugar de cabeza. El texto decía:
Siempre habrá quienes, ante la presencia de la gloria, intenten apropiarse de ella. Así fue como las naciones más débiles buscaron hacer la guerra contra Eternia y usurpar su Edad Dorada para sí mismas. Con su Esencia y su poderoso ejército, Eternia no corría peligro de caer. Sin embargo, las bajas civiles aumentaban a lo largo de sus fronteras, amenazando la paz y la seguridad de su pueblo.
En medio de la niebla de la guerra, un hombre dio un paso al frente y se aseguró un lugar en la historia de Eternia: Urianus. Aunque parecía un viajero corriente, poseía una Esencia serena y una voluntad poderosa, capaz de soportar cualquier adversidad.
Urianus era, por encima de todo, un hombre pacífico. Predicaba su doctrina a todo aquel que quisiera escucharlo, atendía a los pobres y curaba a los enfermos. Mientras viajaba por una región devastada por la guerra, unos bandidos lo asaltaron. Una joven, que se creía era la líder del grupo, desenvainó su espada. Cuando se dispuso a abatirlo, Urianus, siempre sereno, pronunció las siguientes palabras: «La ira no apaciguará tu ira. No necesitas sentir ira ni miedo. Abraza la serenidad. Solo cuando abandones la ira podrás recorrer un nuevo camino».
Al principio, ella no comprendió a Urianus, pero cuando entendió el significado de sus palabras, rompió a llorar. Así fue como la líder de los bandidos se convirtió en su discípula y compañera de viaje.
Con cada día que pasaba, Urianus reunía más discípulos. Incluso las bestias de la Tierra comenzaron a seguirlo. Gracias a su carácter sereno, más tarde llegó a ser conocido como el Santo de la Salvación, por su papel en salvar al pueblo de Eternia de una gran catástrofe.
Dana hizo una pausa al terminar de leer el texto. Por supuesto, había oído hablar de San Urianus. Había sido una figura muy importante en la fundación del reino. Sin embargo, nunca había aprendido todos aquellos otros detalles. Salvar a Eternia de una gran catástrofe. Convertir a la líder de unos bandidos en una de sus discípulas. Incluso los animales lo seguían. Sin duda, era una figura fascinante.
Una risa resonó a sus espaldas.
Esta vez, sin embargo, no necesitó darse la vuelta para adivinar quién era la dueña de aquella voz, por imposible que pareciera.
—¿Me has seguido, Io? —preguntó.
Io se acercó a su lado.
—Intenté ser súper sigilosa, pero parecías tan sorprendida hace un momento que no pude evitar reírme.
Dana suspiró.
—Ya te lo dije antes: este lugar es peligroso y deberías dejar de venir aquí.
—Aaay. —Io hizo una mueca, como si estuviera a punto de llorar, aunque Dana sabía que estaba fingiendo—. No digas esas cosas. Por cierto, ¿por qué te interesa tanto la historia de Eternia?
—Si estos registros son auténticos, contienen fragmentos de una historia perdida. Es importante comprender nuestras raíces.
—Ya veo.
Por un instante, Io pareció mucho mayor de lo que era. Dana sacudió la cabeza para librarse de aquella impresión. Debía de ser un efecto de la luz.
—¿No dijiste que estabas buscando algo? —preguntó—. ¿Es por eso que sigues escabulléndote aquí abajo?
Io pareció vacilar.
—En cierto modo, sí.
—¿Puedo ayudarte a buscarlo?
—Creo que puede que ya lo haya encontrado —respondió Io—. Pero quizá no. De hecho, tal vez sea mejor que no lo encuentre todavía.
Dana negó con la cabeza.
—No entiendo qué quieres decir. En cualquier caso, voy a tener que darte una buena reprimenda por desobedecerme.
Io se dio la vuelta.
—¡Ah, acabo de acordarme! Todavía tengo tareas que hacer en casa. ¡Adiós! —Y salió corriendo.
Dana se quedó un momento observándola mientras se alejaba y luego abandonó la Cripta del Santuario.
Rastell montaba guardia en la entrada del palacio real, otra prueba de lo rápido que estaba ascendiendo en el escalafón.
—Lady Dana —la saludó.
—¡Rastell! —Ella sonrió—. Veo que te han ascendido bastante. ¿Ahora te encargas de vigilar el palacio?
Él también sonrió. Por un instante, Dana volvió a ver al muchacho que había sido, y aquella imagen le llenó el corazón de calidez.
—Solo temporalmente. Estoy sustituyendo a mi padre mientras él está fuera, en las afueras de la ciudad.
Dana asintió.
—No dejan que cualquiera vigile la entrada principal del palacio, ni siquiera como sustituto. Estoy muy orgullosa de ti, Rastell.
—Mu-muchas gracias, Su Eminencia.
Dana alzó la mirada hacia él. Vigilar el palacio significaba que ya había alcanzado el honor por el que tanto se esforzaba: ingresar en las filas de la élite, cuyos miembros también recibían asignaciones en el Templo. Al encontrarse con su mirada, la mente de Dana se llenó de posibilidades.
—Puede que pronto te encuentres vigilándome a mí, antes de lo que imaginaba, Rastell —dijo.
—Yo-yo… —Las mejillas de Rastell se tiñeron de rojo—. Me esforzaré por alcanzar ese honor, Doncella, para que mi padre y mis superiores puedan sentirse orgullosos de mí.
Dana tuvo que contenerse para no extender la mano y tocarle el brazo. No era buena idea. Debido a su pérdida de memoria, no tenía ni idea de qué había ocurrido, si es que había ocurrido algo, entre Rastell y ella. Hasta que recuperara más recuerdos, debía tomar como ejemplo la moderación que él mostraba cuando estaba con ella. Además, tenía que concentrarse en su misión.
—Nos veremos más tarde, Rastell. Que las bendiciones del Gran Árbol te acompañen. —Le dedicó una sonrisa fugaz y pasó junto a él para dirigirse al cristal situado en la entrada del palacio.
Sí, aquel lugar parecía el adecuado. Y allí estaba: un terreno fértil, perfecto para plantar el retoño del árbol de las plegarias. Este debía crecer especialmente fuerte para sobrevivir a lo que se avecinaba.
Dana se arrodilló y lo plantó. Después, permaneció un rato rezando, mientras reunía toda la Esencia que podía. No tenía ni idea de qué desastre estaba a punto de abatirse sobre el palacio, pero aquello era lo mínimo que podía hacer.
¿Quieres discutir de esta novela u otras, o simplemente estar al día? ¡Entra a nuestro Discord!
Gente, si les gusta esta novela y quieren apoyar el tiempo y esfuerzo que hay detrás, consideren apoyarme donando a través de la plataforma Ko-fi o Paypal.






0 Comentarios