La Historia del Héroe Orco
Capítulo 115. Un Emotivo Reencuentro
Frizcop: Mis agradecimientos al usuario anónimo y a John por sus donaciones en ko-fi ^^
—¿Eh? Mmm…
Cuando Zell despertó, se encontró en un lugar desconocido.
Bueno, para resumirlo en una palabra, estaba oscuro.
Por primera vez en su vida, Zell deseó desde lo más profundo de su corazón ser un hada.
Bien, eso sería mentira. Durante su primera época como humana, lo había deseado bastante. Últimamente, sin embargo, hasta tendía a olvidar que había sido un hada.
En fin, aunque estaba oscuro, no se trataba de una oscuridad absoluta, sino que había una tenue claridad.
Al mirar con atención, parecía que una luz cálida y reconfortante se filtraba desde las profundidades de la oscuridad.
—Oooh, qué luz tan elegante…
Con un aire propio de un crítico, se llevó una mano al mentón y elogió la luz que se filtraba.
Aunque la luz no podía ser ni elegante ni dulce, Zell era bastante exigente con todo lo relacionado con ella.
Cuando todavía era un hada, hubo una época en la que competía con las demás para ver quién conseguía emitir la luz más refinada.
Había estado a punto de alcanzar la cima.
Aunque, por poco, no logró superar al sol.
—Oh.
En ese momento, iluminado por aquella luz, descubrió a varias personas tendidas en el suelo.
Eran Bash, Thunder Sonia y Carrot.
Desde el punto de vista de Zell, no sería exagerado llamarlos los tres idiotas. Claro que eso era dejando de lado su propia parte de culpa.
—¡Vamos, arriba, arriba! ¡Estamos en un lugar rarísimo! ¡Puede que nos hayan capturado!
Primero le propinó una patada en la nuca a Bash, después le dio un buen tirón de orejas a Thunder Sonia y, por último, manoseó repetidamente los pechos de Carrot.
—¡……!
Los tres se incorporaron de golpe y adoptaron inmediatamente una postura de combate.
Bash bajó el centro de gravedad y se preparó para luchar; Carrot se colocó en una posición desde la que pudiera cubrir sus puntos ciegos, mientras que Thunder Sonia, detrás de ambos, concentraba energía mágica en las puntas de los dedos.
Zell se encogió de hombros, resignada.
—No hay enemigos. Menos mal que estoy aquí, ¿eh? ¿Quién sabe qué habría pasado si yo no hubiera estado?
—¿Los derrotaste tú?
—¡No, si yo también me acabo de despertar!
—¡Entonces no has hecho absolutamente nada!
Mientras le respondía con aquella réplica, Thunder Sonia abandonó su postura de alerta.
Cualquier mago curtido en mil batallas podía darse cuenta enseguida de que no había enemigos cerca.
Entonces, Thunder Sonia miró a su alrededor de un lado a otro y, finalmente, chasqueó los dedos.
Una llama se encendió en la punta de sus dedos e iluminó los alrededores.
Se encontraban en un lugar parecido a un gran salón.
¿Sería un auditorio? En aquel amplio espacio había filas de sillas.
Las paredes estaban decoradas con hileras de motivos tallados en piedra, y las columnas estaban reforzadas con metal.
Sin embargo, todo parecía antiguo y estaba cubierto de polvo.
—¿Será este un antiguo yacimiento enano?
—Quién sabe. Pero, al menos, es fácil deducir de dónde venimos.
En la dirección hacia la que miraba Thunder Sonia había un montón de tierra y rocas ligeramente húmedas.
La magia de Netherhanks había provocado un derrumbe, y probablemente habían caído en el espacio que había debajo.
Originalmente, aquella montaña había sido una ciudad de los enanos.
Los enanos tenían por hábito el llenar las montañas de agujeros.
Aunque el lugar hubiera sido clausurado, eso significaba que todavía quedaban muchos espacios subterráneos.
¿Habían tenido suerte de no quedar enterrados vivos?
O quizá se debiera al hechizo que Thunder Sonia había lanzado por instinto, o tal vez a que Bash había protegido a las tres en el último instante.
Cuando un orco está a punto de perder a una mujer, se pone serio de inmediato.
—Por allí hay luz. Vamos a echar un vistazo. —Mientras decía, Thunder Sonia comenzó a caminar hacia aquella luz elegante.
Bash se deslizó inmediatamente delante de ella, como si quisiera protegerla, y tomó la delantera.
Al contemplar su espalda, Thunder Sonia sintió una confianza inmensa y le dio una sonora palmada en las nalgas.
—¿Qué pasa?
—¡Nada! ¡Eres un hombre estupendo!
—Tú también eres una mujer estupenda.
Con un resoplido de satisfacción, Thunder Sonia siguió a Bash.
Al ver aquello, Carrot se quedó en la retaguardia, vigilando lo que había a sus espaldas.
Como de costumbre, Zell ya se había acoplado de alguna manera al hombro de Bash sin que nadie se diera cuenta.
—¡Uf, qué calor…! Ya veo. Dentro de lo malo, ha sido una suerte que no cayéramos aquí…
La fuente de aquella luz era la lava.
Se trataba de un cráter volcánico.
Al levantar la vista, vieron un agujero abierto en lo alto, por el que se podía contemplar el cielo.
También distinguieron el lugar por donde probablemente habían caído.
—Supongo que podríamos trepar de alguna manera… ¿Pero no parece que vayamos a resbalar y caer?
—Yo podría volar hasta arriba y dejar caer una cuerda.
—No tenemos ninguna cuerda…
—No, aquí está bien.
Cuando Thunder Sonia miró hacia Bash, lo vio agachado en el suelo.
—Son huellas.
Allí había huellas.
Eran las mismas cuatro pisadas que habían seguido en las montañas.
—……
Sin embargo, no eran las únicas.
También había huellas de una criatura que parecía ser un lagarto gigantesco…
—Está aquí —Dijo Bash.
La tensión aumentó de golpe.
Podía estar en algún lugar más adelante.
El dragón.
—A partir de aquí, avancemos en silencio…
Cuando Thunder Sonia lo dijo en voz baja, los otros tres asintieron.
■
Para ir directamente al grano, encontraron al dragón enseguida.
Tras descender por un pasadizo en espiral situado en dirección opuesta al cráter, llegaron a una gran sala.
Era tan inmensa que resultaba asombroso que un espacio de semejante tamaño se hubiera abierto en el interior de una montaña sin que todo se derrumbara.
Probablemente había sido una antigua herrería. En el centro había un horno gigantesco y, cerca de él, se encontraban varios yunques.
Justo al lado de aquel enorme horno.
Allí estaba el dragón, acurrucado sobre sí mismo y dormido mientras emitía algo parecido a un gruñido bajo.
—De verdad que está aquí… ¿Así que eso es un dragón? Es la primera vez que veo uno tan de cerca…
—Sí, así es. Eso es un dragón.
La respuesta de Bash era, por decirlo suavemente, bastante simple y corta, pero Thunder Sonia y Carrot se quedaron sin aliento.
Un dragón.
Lo habían visto desde lejos.
Incluso habían llegado a verlo volando por el cielo.
Pero nunca se habían acercado tanto, hasta una distancia en la que pudiera atacarlas.
Acercarse a un dragón significaba la muerte.
Hasta el punto de que nadie podía comprender cómo el Sabio Caspar había conseguido someter a uno a su voluntad.
¿Cuánto valor habría necesitado ese Sabio?
Llegaban incluso a pensar que merecía ser llamado un auténtico héroe.
Pero ellas no lo sabían.
No sabían que lo que él había tenido no era valor, sino simplemente una mente pervertida.
Frizcop: Caspar aplicó la de “tiro seducción con el dragón”.
—En cualquier caso, procuremos no despertarlo… Bash ni siquiera tiene armas y, por ahora, no quiero luchar.
—Entendido…
Bash y los demás evitaron al dragón mientras buscaban las huellas.
Las pisadas del grupo de cuatro se distinguían con claridad.
Por lo que parecía, se habían desplazado con bastante despreocupación.
Sin embargo, daba la impresión de que habían dudado mucho a la hora de acercarse al dragón. Las huellas mostraban que habían empezado a dirigirse hacia él, pero luego se habían arrepentido y habían escogido otro camino.
Había señales de que habían intentado acercarse al dragón en varias ocasiones… pero, a mitad de camino, siempre se habían dado la vuelta y habían repetido aquellos movimientos, como si buscaran esconderse detrás de algún obstáculo.
Probablemente, cuando ellos habían llegado allí, el dragón estaba despierto y deambulaba por la zona.
Por eso se habían ocultado y habían avanzado con cautela.
Era una actitud demasiado cobarde para alguien que había venido a exterminar a un dragón, pero un dragón era un enemigo capaz de hacerlos pedazos incluso si se preparaban a conciencia. En una situación así, pecar de precavido era preferible a lo contrario.
Mientras reflexionaban sobre el significado de las huellas, Bash y los demás continuaron siguiéndolas.
—Parece que se ha refugiado más adelante.
Así, llegaron hasta allí.
Ante una puerta gigantesca que, al parecer, había sido construida por los antiguos enanos…
Asmonadia estaba abatida.
No, no era que estuviera deprimida.
Bueno, por supuesto que también lo estaba, pero, en cualquier caso, se había quedado sin fuerzas.
Las piernas le habían fallado y ya no podía mantenerse en pie.
Debería haberlo hecho mejor.
Al principio, Asmonadia tenía pensado ir al País Orco.
Su intención era unificar a los orcos antes que nadie y crear una fuerza capaz de oponerse a Gediguz, preparando así un lugar al que Bash pudiera regresar.
Sin embargo, los orcos eran muy duros con las mujeres.
Dicho claramente, las despreciaban.
Con Asmonadia, Ludo, Luka y Primera, los cuatro juntos, era poco probable que siquiera se dignaran a escucharlos.
Ludo sería asesinado, mientras que las otras tres serían capturadas y violadas.
Hasta donde podía imaginarse, ese sería el desenlace más probable.
Para que los orcos las reconocieran, necesitaban méritos.
Méritos que les permitieran demostrar que eran sus iguales.
Un dragón era el objetivo perfecto.
Por alguna razón, los dragones estaban masacrando a los orcos.
El país de los orcos sufría ataques de dragones casi a diario. Los orcos vivían aterrorizados y estaban abatidos ante su propia impotencia. La situación era tan grave que los rumores sobre su debilidad habían llegado incluso a las ciudades de los enanos.
Asmonadia, que era una démona y había sufrido también la devastación causada por los dragones, lo comprendía.
Si cazaba y mataba a un dragón, y llevaba su cabeza al país de los orcos, estos no tendrían más remedio que mirarla con otros ojos, por muy orcos que fueran.
Dicho esto, nadie sabía mejor que Asmonadia lo difícil que era derrotar a un dragón.
Nadie en todo el continente lo sabía mejor que ella, de hecho.
Había participado en una expedición para exterminar a uno y había experimentado en carne propia el poder abrumador de aquellas criaturas.
Lo había aprendido al ser derrotada.
El terror de haber estado a punto de morir convertida en cenizas era algo que jamás podría olvidar.
Consecuentemente, no bajó la guardia.
En el país de los enanos, convenció con su labia a guerreros y mercenarios, y organizó un grupo de búsqueda.
Después, lo dirigió con éxito hasta localizar la guarida del dragón.
Incluso había propuesto a los elfos que volvieran a incorporar al dragón a sus filas, con la intención de enfrentar a la criatura contra el ejército de Gediguz y desgastarlo.
Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba.
Por muchos hombres que reclutara y por mucho que llegara a conocer la rutina diaria del dragón, no conseguía lanzar el ataque.
La razón era que Asmonadia estaba aterrorizada.
Se excusaba diciendo que estaba esperando el momento oportuno, pero, en realidad, no encontraba el valor necesario.
Mientras Asmonadia seguía sin avanzar, los miembros del grupo de búsqueda a los que había convencido con su labia fueron desapareciendo uno tras otro, hasta que, finalmente, el grupo se desmoronó.
Y entonces, en medio de aquella situación, llegó la oportunidad de su vida.
No sabía si se debía a las dulces palabras con las que habían intentado convencerlo los elfos, pero el dragón atacó al ejército de Gediguz y fue derribado.
Había visto con sus propios ojos cómo un rayo de luz atravesaba al dragón.
Comprobó con absoluta certeza que aquella luz era el Cañón del Dios Demon y que la herida que le había infligido podía ser mortal.
Al fin y al cabo, llevaba tiempo observando minuciosamente todos los movimientos del dragón.
Además, el lugar donde se encontraban Asmonadia y los demás estaba bastante cerca del punto en el que la criatura se había estrellado.
Pensó que no habría otra oportunidad como aquella.
Asmonadia se obligó a avanzar pese al temblor de sus piernas y se dirigió al lugar de la caída.
Ludo y Luka la ayudaron durante el trayecto.
Primera también la acompañó.
En medio de aquellos días de inestabilidad emocional, nunca había visto a un alto demon tan desesperada y consumida por una determinación feroz. No podía dejarla sola.
Asmonadia y los demás alcanzaron al dragón antes que nadie.
Fue de gran ayuda que pudieran detectar su ubicación gracias a la hechicería de Luka.
Al ver al dragón moviéndose ligeramente en el bosque, no iniciaron el combate de inmediato porque estaban esperando el momento en que pudieran matarlo con toda seguridad.
El dragón estaba al borde de la muerte, pero parecía conservar todavía algo de fuerza.
Acabaría muriendo tarde o temprano por la pérdida de sangre, pero, teniendo en cuenta su vitalidad, era imprescindible darle el golpe de gracia.
Asmonadia lo sabía demasiado bien.
Si se demoraban demasiado, llegaría el ejército de Gediguz.
Su padre, Sequence, jamás dejaría que se le escapara de entre los dedos una oportunidad de matar al dragón.
Tanto para Asmonadia como para Sequence, aquel dragón era un enemigo odiado que les había causado un profundo rencor.
Y así, continuaron persiguiendo al dragón mientras este huía.
Cuando la criatura desapareció en el cráter, Asmonadia temió que no quedara ningún cadáver que pudieran llevarse. Sin embargo, enseguida descubrió que el cráter estaba oculto mediante una técnica secreta y que, en realidad, era la entrada al imperio subterráneo de los antiguos enanos.
Probablemente no se habría dado cuenta de no haber visto al dragón desaparecer allí.
Después, el dragón se desplazó hasta un extremo de la gran sala y se quedó dormido.
Era una oportunidad que solo se presentaba una vez en la vida.
El dragón dormía, su cuerpo ya no tenía fuerzas y sus heridas eran mortales.
Parecía que bastaría con esperar para que muriera, pero también cabía la posibilidad de que se recuperara. Era imposible saberlo con certeza.
Quizá el dragón creía haber conseguido escapar, pues ya no mostraba el menor signo de alerta.
En sus manos tenía una magnífica alabarda con hoja de hacha, forjada por los enanos y marcada con su propio sello.
Incluso si estuviera sola, Asmonadia debería ser capaz de darle el golpe de gracia.
—¡Mierda…! ¡Mierda…!
Y, sin embargo, las piernas de Asmonadia no se movían.
Intentaba acercarse al dragón, pero el miedo la paralizaba y terminaba dando media vuelta.
Seguro que sus compañeros la consideraban una cobarde patética.
Que tenía tanto miedo que ni siquiera podía acercarse a un lagarto moribundo.
Por mucho que normalmente alardeara y hablara con tanta arrogancia, cuando llegaba el momento de la verdad, no podía hacer otra cosa que acobardarse y encogerse de miedo.
Por supuesto, ni Ludo, ni Luka, ni Primera pensaban así.
Los tres también habían temblado de terror al ver al dragón de cerca.
Pero Asmonadia estaba convencida de lo contrario.
Los altos démones, orgullosos por naturaleza, también eran implacables consigo mismos.
Mientras seguían así, el dragón se despertó una vez.
No parecía tener intención de atacarlos, pero Asmonadia y los demás huyeron apresuradamente.
Encontraron una puerta gigantesca y se refugiaron al otro lado.
Por suerte, el dragón no los persiguió.
Aunque comprendía que estaba tan debilitado que ni siquiera podía perseguirlos, seguía siendo incapaz de hacer nada.
Asmonadia se sentó junto a la puerta y, mientras golpeaba sus piernas para obligarlas a obedecerla, se maldijo una y otra vez.
—¡Kugh…! ¡Ah…! ¡Uuuh…! —Se sentía tan patética que las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
No, era imposible que un alto demon llorara.
Seguro que aquello era sudor.
Hacía mucho calor allí. Quizá los antiguos enanos habían utilizado el calor del magma para hacer funcionar su reino.
Frente al gigantesco horno, cuya llama ya se había extinguido, Asmonadia se convenció de que el líquido que le corría por las mejillas era sudor.
No estaba llorando.
Por eso, debía de ser capaz de hacerlo. Debía de poder ponerse en pie. Debía de poder luchar.
Porque no se había rendido. Porque no tenía miedo.
Eso era lo que se repetía.
Pero no era cierto.
Asmonadia estaba aterrorizada y había perdido la capacidad de enfrentarse al dragón.
Tenía un miedo atroz de aquel adversario que, en el pasado, la había derrotado de forma absoluta y aplastante.
Ludo, Luka y Primera no podían hacer otra cosa que observarla.
Sabían que no tenían la fuerza necesaria para derrotar al dragón.
También comprendían lo que Asmonadia decía: que, aun así, tenían que matarlo.
Sin embargo, bastaba con ver al dragón para comprender lo aterrador que era.
Su instinto les decía que no podía existir criatura alguna capaz de vencer a semejante monstruo.
Sus cuerpos gritaban que huyeran.
Por eso, no podían decir nada.
No podían decirle que se levantara y luchara, ni ofrecerse para ir en su lugar.
En medio de aquella situación, la puerta comenzó a abrirse con un chirrido.
—¡……!
Los cuatro se pusieron en guardia, preguntándose si acaso sería el dragón.
Sin embargo, quien apareció al otro lado era alguien distinto.
Tenía un cuerpo enorme, pero no tanto como el de un dragón.
Tenía colmillos, pero, a diferencia de los dragones, no tenía escamas.
Cualquiera que lo viera sentiría temor y se estremecería ante su presencia. Pero, para quienes sabían quién era, verlo suponía un alivio.
Más aún, el espíritu de lucha inundaba sus cuerpos y los impulsaba a decidirse a combatir por verlo.
Su piel era verde.
La raza a la que pertenecía era la de los orcos.
Su rango era el de guerrero.
Sin embargo, su fuerza no tenía rival.
El título honorífico que le habían otorgado los orcos era el de «Héroe Orco».
Bash estaba allí.
Y también había tres mujeres con él.
—Sir… Bash…
Al verlo, el corazón de Asmonadia se encogió de emoción.
Recordó aquel día, el día en que el dragón la había reducido a cenizas.
Cuando había perdido a todos sus compañeros y ella misma estaba al borde de la muerte.
Recordó cómo Bash la había levantado con aquellas grandes manos, la había curado y la había cargado a su espalda hasta llevarla a la fortaleza.
Sus manos eran cálidas.
Su espalda transmitía una sensación de seguridad.
Jamás de los jamases se le había pasado por la cabeza que acabaría siendo rescatada por un orco.
Cuando se enteró de que Bash la había pedido como recompensa por derrotar al dragón, ¿cuánta felicidad había sentido?
Sin embargo, al mismo tiempo, también pensó:
No me mires, por favor.
No mires a esta patética versión de mí.
Asmonadia, la alta démona, no era así.
Era una noble alta démona, digna de él.
Si su esposo era un orco, ella sería la clase de mujer capaz de hacer todo aquello que los orcos no pudieran hacer.
Una dama talentosa, competente, inteligente y de vastos conocimientos.
Esa era Asmonadia.
No era una mujer que, ante un solo dragón moribundo, se quedara sin fuerzas en las piernas y fuera incapaz de levantarse.
—¡……! —Asmonadia se puso de pie.
Las piernas le temblaban violentamente, pero aun así se levantó.
Ser un alto demon no era algo que tuviera solo de nombre.
Sin embargo, también sabía aparentar.
Siempre tenía que demostrar que ella era la mejor.
—¡Cuánto tiempo sin verte, mi querido esposo! ¡Espero que hayas estado bien! ¡Justo estaba reuniendo a tus esposas para ir a presentar nuestros respetos al País Orco, pero ha resultado que un dragón ha caído del cielo! ¡Así que pensaba arrancarle la cabeza para llevártela como presente!
Con el pecho erguido, Asmonadia alzó la mirada hacia Bash y pronunció aquellas palabras con arrogancia.
Ante eso, Bash respondió:
—¿Quién eres tú?
Asmonadia se desplomó de rodillas.
Frizcop: Tiene todo el sentido, pero equisdé para Asmonadia.
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