Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 9 Canto 2. Principios de Otoño del Decimoséptimo Año Parte 1

Recuperación tras quedar incapacitado

Cuando tu salud cae a cero debido a una herida grave y quedas inconsciente, puede pasar algún tiempo antes de que estés listo para volver al combate. Por supuesto, la velocidad de recuperación depende de los métodos utilizados para reanimarte, pero a menudo transcurre bastante tiempo hasta que recuperas por completo tu capacidad de lucha.


Me di cuenta de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había ido a visitar a alguien al hospital.

—Te levantaste mucho antes de lo que esperaba, —dije.

—¿Qué e’ e’to, una visita en la cama pa’ mí? —respondió Schnee—. Sabe’ cómo sacarle una sonrisa a una chica. Pero ¿qué pasa con la sandía?

—Pensé que algo de fruta sería un buen regalo.

Elisa solía enfermarse a menudo cuando era niña; yo me sentaba a su lado y le ofrecía frambuesas que había recogido con mis propias manos, pero desde que dejé Konigstuhl me había rodeado de gente con sistemas inmunológicos tan resistentes que apenas tosían. Había pasado una eternidad desde la última vez que me encontré en esta situación.

Mi primer nuevo vínculo tras dejar mi hogar había sido una matusalén, alguien que, para empezar, no podía morir por causas naturales. Luego conocí a Mika, que venía de un lugar donde hacían que los niños se bañaran desnudos en ríos helados para fortalecer su resistencia prácticamente en cuanto aprendían a caminar; dejando de lado el pequeño percance que ocurrió tras nuestra pesadilla en el laberinto de icór, eran duros como pocos. Cecilia era una vampira; no hacía falta explicación. Y en cuanto a Elisa, después de que aflorara su naturaleza alfar, se había mantenido en perfecto estado de salud.

—Pensé que lo’ doctore’ no aprobaban la fruta porque te deja frío, ¿no? —replicó Schnee—. ¿Y no suele la gente regalar flore’ o trago?

La completa ausencia de visitas hospitalarias en esta vida no me había dado ocasión de darme cuenta de que regalar fruta a una persona enferma era un vestigio cultural de mi vida pasada en Japón. Las palabras de Schnee me trajeron vagos recuerdos de conversaciones anteriores en las que se mencionaba que, en el Imperio, la gente solía regalar flores. Eran fáciles de encargar y de desechar y, sobre todo, universalmente apreciadas por transmitir los sentimientos del visitante hacia el destinatario. ¿Cómo pude olvidar que era la opción más segura de todas? En cuanto a los regalos de alcohol, supuestamente una bebida fuerte y caliente ayudaba a ahuyentar un resfriado común; naturalmente, eso hacía que ese tipo de obsequios fueran populares para quienes se recuperaban. Dicho eso, dudaba que sirviera de mucho para las entrañas perforadas de Schnee.

Uf, los melones solo están disponibles en invierno en el Imperio, así que tuve que romperme el lomo para conseguir esta sandía. Quién sabe cuánta distancia habría tenido que recorrer para llegar a Marsheim.

—Pero igual te lo agrade’co. Sería una pena no di’frutar de una delicia oriental.

—Por favor, hazlo. Viene de muy lejos, así que debería ser más roja y dulce que las que se cultivan aquí.

—Qué suerte la mía. Pero no ‘toy segura de cuánto tiempo he esta’o dormi’a…

—El doctor dijo que te estás recuperando increíblemente rápido. Fue apenas ayer cuando tu vida estuvo en peligro, ¿sabes? En cualquier caso, ya puedes darte un pequeño gusto.

Los ojos entrecerrados de Schnee se abrieron de pronto por la sorpresa. Los bubastisianos tenían ojos y párpados decididamente poco humanos; el sobresalto se manifestaba de una forma muy distinta en sus rostros. Ese rasgo resultaba útil en la línea de trabajo de Schnee como maestra del disfraz.

—Vaya, eso sí que e’ impresionante… Ya me daba por muerta. Me había hecho a la idea de que no salía viva cuando me clavaron ese cuchillo en el e’tómago, ¿sabe’? Y má’ con todo ese bonito veneno bien embadurnado encima.

Ser informante no consistía simplemente en repartir cualquier rumor que llegara a oídos. Schnee se había lanzado de cabeza a todo tipo de peligros que amenazaban su vida y sus extremidades para verificar con sus propios ojos hasta el último dato de interés antes de que su información llegara a nosotros. Ella sabía mejor que nadie lo terrible que había sido la herida. Y, en verdad, lo había sido: el cuchillo había penetrado profundamente y había sido retorcido al sacarlo.

Incluso si Schnee hubiera sobrevivido a nuestra batalla contra los asesinos, habría muerto poco después de no haber habido un sanador presente para atenderla. Ya fuera por una hemorragia interna o por una infección causada por sus propios humores al contaminarse entre sí, habría acabado muriendo en dos o tres días. Tal era la gravedad de su herida.

—Parece que la medicina de nuestra sanadora de confianza funcionó, —dije—. Un médico normal ya te habría dado por perdida.

La medicina de Kaya, creada gracias al trauma de guerra de Siegfried y a su paranoia por su seguridad, había hecho maravillas con una herida que de otro modo habría sido mortal para la bubastisiana. La alga viscosa se había adherido a las heridas internas mientras consumía la sangre perdida y los restos fecales. Los digería y los convertía en nutrientes que el cuerpo podía reabsorber, al mismo tiempo que ayudaba a reparar las lesiones. Era, sin exagerar, una maravilla de la medicina moderna.

Kaya me había dicho que aún no podía tratar órganos más complejos como el corazón o los pulmones, pero era innegable que había acelerado enormemente la recuperación de Schnee.

—Pues sí que e’ algo… Tendré que agradecerle a esa señorita en persona.

—Hazlo, por favor. Últimamente ha tenido muchas cosas en la cabeza, así que estoy seguro de que unas palabras amables la animarían muchísimo.

Últimamente, Kaya caía de vez en cuando en profundos momentos de reflexión. Siempre empezaba igual: revisaba las pociones que yo la había ayudado a desarrollar y entonces ponía esa expresión en el rostro; no exactamente de odio, pero sí cargada de desagrado. No estaba del todo seguro de qué le pasaba —se lo había preguntado a Siegfried, pero me miró como si fuera la persona más idiota del mundo—, pero, en cualquier caso, necesitaba hacerle saber que este último brebaje había sido un éxito rotundo antes de que Schnee empezara a moverse por ahí.

Las órdenes de Kaya eran asegurarse de que Schnee bebiera dos jarras de agua a lo largo del día —repartidas, por supuesto, no de una sola vez— y que recibiera también treinta minutos diarios de luz solar. En este último punto había sido especialmente firme conmigo en que Schnee debía exponer sobre todo la zona afectada.

—¿Eh? ¿El sol de siempre va a curarme? —dijo Schnee, visiblemente confundida.

—Dicho de forma simple, sí. Supongo que será más rápido que lo veas por ti misma.

Me giré, como haría cualquier caballero decente, y le pedí que se levantara la camisa sin tocar la herida.

Al instante siguiente empezó a emitir un sonido extraño, casi como si se estuviera atragantando. Yo mismo me había quedado bastante alterado cuando vi a la alga introducirse en su cuerpo, así que su sorpresa era más que comprensible. Al fin y al cabo, cualquiera se sentiría asqueado al ver una sustancia verde, parecida al moho, recubriendo la herida y destacando de forma horrenda contra su pelaje blanco como la nieve.

—¡Mraaaagh!

Los sonidos ahogados de Schnee estallaron en un grito. Parecía que ni siquiera nuestra talentosa informante podía soportar ver que su cuerpo se parecía al fondo de una piscina abandonada. Yo ya me había tapado los oídos anticipando esto, pero aun así consideré pedirle a Kaya unas gotas para los oídos más tarde: el grito de un gato impulsado por pulmones a escala mensch es algo brutal de soportar.

 

[Consejos] La preparación de algas inhibidoras de la descomposición de Kaya fue creada por el temor de que su amigo Dirk pudiera morir por hemorragia interna y putrefacción tras recibir una herida mortal en el abdomen. Las diversas pociones de Kaya han evitado muertes entre los miembros de la Hermandad de la Espada y les han permitido volver al combate rápidamente, incluso después de haber resultado gravemente heridos.

 

—Uf… Eso sí que hizo que se me cayera el pelaje. ¡Pensé que había dormi’o tanto que ya me ‘taban saliendo mancha’!

Schnee dio un mordisco a la sandía recién cortada. Por el sonido, parecía que había tenido suerte y le había conseguido una bien jugosa.

No la había cortado en rodajas en forma de media luna, ya que su boca era muy distinta a la de un mensch; en su lugar, opté por trozos cuadrados, fáciles de morder. Si vas a llevar fruta, pensé, también es tu responsabilidad asegurarte de que se pueda comer.

—Al moho no le gusta asentarse en los seres vivos, —dije—. Ah, aunque el pie de atleta es un tipo de hongo…

—Nunca tuve que lidiar con eso. Lo que me pone el pelaje de punta son la’ pulga’…

Me tomó un rato calmar a Schnee tras su pequeña implosión mental. Y no podía culparla. Tenía vagos recuerdos de un amigo de mi antiguo mundo que se había visto involucrado en un accidente de tráfico. Al parecer, le habían cerrado la herida con algo que no era más que una engrapadora médica. Creo que yo también gritaría si me trataran como a un cuaderno barato.

—Bueno, hay que agradecer que sigo con vida. Ya acepté lo que está pasando, no te preocupe’.

—Genial. Aunque Kaya dijo que te abstengas de ejercicio intenso, alcohol y baños durante un mes.

—Uf, medio ciclo sin moverme va a ser complica’o. Pero con lo de bañarme no voy a tener problema.

La última parte de esa frase me recordó, una vez más, la enorme distancia entre nuestras realidades cotidianas como especies distintas. A diferencia de los hombres lobo o los gnolls, cuando los bubastisianos se acicalaban, su saliva podía enmascarar su olor. No solo eso: apenas sudaban, así que no necesitaban baños como yo. ¿Cómo regularán su temperatura corporal? , me pregunté.

Eso sí, debía de ser un fastidio secarse una vez empapados. Los mensch podíamos secarnos la cabeza con una toalla sin mayor queja, pero para la gente con pelaje seguramente era mucho más difícil.

—Bueno, e’ta va a ser la última información que va’ a sacar de mí. Al meno’ por un tiempo.

Me había mordido la lengua para no sacar el tema de la información, considerando que nuestra informante estaba literalmente postrada en su lecho de enferma, pero fue la propia Schnee quien lo mencionó. Al instante siguiente, se llevó la mano a la boca. Con ese sonido tan característico que hacen los gatos cuando están a punto de expulsar una bola de pelo, Schnee escupió algo en el balde junto a su cama, donde guardaban el agua con la que se lavaba la cara por las mañanas.

—¡¿Qué-qué está pasando?! —fue lo único que pude decir.

—Mi último y má’ secreto escondite, Erich Ricitos de Oro. Un pequeño truco del oficio, por así decirlo.

Tras unas cuantas toses dolorosas, Schnee se limpió la boca y me dedicó una sonrisa diabólica.

Lo que había sacado era un fajo de papel aceitado. Dentro había algo envuelto, muy probablemente para protegerlo del ácido de su estómago. No me resultaba del todo ajena la idea de que un mensajero ocultara un paquete vital en su estómago (viéndolo en retrospectiva, había opciones mucho peores que no había considerado en su momento), y esta era, sin duda, la forma más natural de recuperarlo, pero aun así me resultaba profundamente repugnante a primera vista, y se me notaba en la cara.

Debió de requerir bastante práctica tragarse algo de ese tamaño. Mi cuerpo probablemente habría dicho basta si siquiera intentara tragarme algo tan pequeño como una llave, así que no era una táctica que pudiera usarse a la ligera.

El objeto tenía aproximadamente el tamaño de una tarjeta de presentación, aunque era algo más grueso. Me impresionó que Schnee hubiera logrado siquiera hacerlo pasar por su garganta.

—Entonces, ¿qué es? —pregunté.

—Salvoconducto’ para lo’ puesto’ de control. Échale’ un vistazo.

El papel aceitado estaba envuelto casi a la perfección, porque las hojas que había dentro estaban completamente secas y se podían leer sin problemas. Tal como había dicho, se trataba de salvoconductos emitidos por nobles que permitían a su portador moverse libremente por los distintos puestos de control del oeste. No solo eso: la mayoría no tenía fecha de caducidad y llevaba inscrita una cláusula que prohibía a cualquiera inspeccionarlos en el acto. Eran el tipo de pase de mayor categoría que se podía portar, y no podían emitirse en absoluto sin la ratificación del Margrave Marsheim. Estaban doblemente protegidos contra la falsificación mediante magia y milagros. Eran auténticos.

—Vizconde Besigheim, Barón Maulbronn, Barón Wiesache… —leí en voz alta.

Los nombres de los nobles que habían emitido esos salvoconductos pertenecían todos a antiguos mandamases locales que se habían pasado al bando imperial o a quienes aún permanecían indecisos. El Barón Wiesache, en particular, había ostentado el rango de rey antes de ser absorbido por el Imperio. Era un matusalén que había vivido la turbulenta era de los primeros días del Imperio en Ende Erde y aún mantenía su propia esfera de influencia.

—Hmm, reconozco los nombres de los nobles, pero no me suenan estas caravanas, —continué—. Supongo que serán bastante pequeñas; tal vez solo sirvan a una sola familia.

Mi agarre sobre los salvoconductos se tensó cuando caí en la cuenta de que podían ser pistas cruciales para averiguar cómo se estaba introduciendo el Kykeon de contrabando en Marsheim.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando sentí un toque suave en la nariz, como si alguien hubiera accionado el interruptor de apagado de mi cerebro. Quien había proporcionado esta información debió de leer mi expresión.

—Tranquilo, Erich. Dejar que tu’ pensamiento’ se de’boquen pue’e llevarte directo a una trampa.

—Sí-sí…

—Ahora bien, era cierto que lo’ mercadere’ que llevaban e’to’ salvoconducto’ también tenían Kykeon entre su mercancía. A alguno’ incluso le’ dieron daga’ con el blasón de la familia correspondiente.

Ahora que Schnee lo había dicho, resultaba evidente. Los señores locales habían cometido atrocidades aquí, en Marsheim, y yo había dejado que mis prejuicios se adelantaran. Incluso había pintado con la misma brocha a gente de moral más ambigua. El hecho era que la información del Clan Baldur sobre que estos peces gordos estaban tramando algo no era más que un rumor. Aunque se podían hacer algunas deducciones lógicas a partir de esos salvoconductos, no había ninguna prueba concluyente de que esos tres nobles hubieran hecho algo malo. Dejar que mis emociones se adelantaran de ese modo… bien podría haberme colgado de unos hilos como una marioneta y haberle entregado los extremos libres al enemigo.

—Pero la gente que transporta esta cosa ha si’o astuta a la hora de ocultar la droga, —continuó Schnee—. No está en lugare’ fácile’ de encontrar. Además, no hay prueba’ de que eso’ salvoconducto’ se hayan usado realmente.

—¿Qué quieres decir?

—Si alguien pasa por un puesto de control llevando esto colga’o, queda registra’o, sí o sí. Hice un poco de inve’tigación —ya sabe’, revisando los diario’ de lo’ mercadere’, lo’ libro’ de registro de lo’ puesto’ de control— y no encontré na’. Ni siquiera en lo’ propio’ registro’ de entrada de Marsheim. No había prueba’ de que se hubieran utiliza’o. Quien lo’ llevaba pagó el peaje como corresponde.

Schnee soltó todo aquello como si no fuera nada; ¿de verdad no era consciente de lo increíble que había sido?

Las familias mercantiles con comerciantes itinerantes solían permitir que sus empleados vivieran con ellos, junto a dos o tres guardias personales. Estos asalariados trabajaban con el máximo secreto, usando magia o milagros para mantenerse alerta y asegurarse de que los secretos de su empleador siguieran siendo secretos.

Y aun así, Schnee había logrado infiltrarse en varios de esos grupos y obtener información de los puestos de control, todos ellos fuertemente custodiados. ¿Cómo demonios lo había conseguido?

Eso era lo que hacía aterradores a los PJ especializados en información. Con una combinación absurdamente optimizada de bonificadores para las habilidades habituales de investigación, podían prácticamente sacar información clave de la nada, dejando al resto del grupo rascándose la cabeza. De estos superhumanos, uno estaría más inclinado a creer que simplemente convencieron al maestro del juego de entregarles todas sus notas de preparación antes que pensar que llevaron a cabo realmente las elaboradas artimañas que habían planeado.

—Y no solo eso, —prosiguió Schnee—, la forma en que estaban oculto’ el Kykeon y esto’ pase’ era casi demasia’o obvia, ¿sabe’? Como si quisieran que alguien lo oliera. ‘Ta raro.

—Pero las drogas están hechas para venderse. Entiendo que quieran ocultar los salvoconductos con especial cuidado, pero mantener la droga tan escondida parece extraño…

—‘toy de acuerdo. Si la esconde’ demasia’o bien, el negocio se complica. Especialmente con esos papelito’ de Kykeon. Lo normal sería que esto’ traficante’ usaran método’ má’ accesible’.

Podías ocultar cosas en bolsillos secretos de la ropa, en compartimentos ocultos de la bolsa o incluso dentro de otros productos y guardarlos en el almacén. Sin embargo, aunque eso escondiera la mercancía, sería difícil acceder a ella de forma rápida y sencilla.

—Ademá’, y e’to ya e’ solo por lo que he vi’to, la gente que trafica con cosa’ turbia’ como e’ta no la’ lleva encima, ¿no?

—Muy cierto.

La mansión del Clan Baldur era un auténtico antro de pecado, prácticamente abarrotado de esbirros de Nanna hasta las cejas con su porquería las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana; pero Nanna siempre estaba cambiando su mercancía para ajustarse al pie de la letra de la ley, aunque no a su espíritu, de forma muy similar a como funcionaba el comercio de cannabinoides sintéticos en la Tierra. Incluso si las autoridades intervenían, nunca podrían hacer que una acusación sólida prosperara. Dudaba que hubiera siquiera documentos o contratos que los vincularan a algo turbio escondidos en su guarida.

Esa era la razón por la que algunos clanes turbios tenían sus propias propiedades en zonas más rurales. Por muchos peces gordos que vinieran a husmear —siempre y cuando no apareciera un burócrata independiente con una auténtica pasión por la justicia y por hacer las cosas según el reglamento—, los miembros del clan podían escabullirse una y otra vez gracias a tecnicismos.

Teniendo eso en cuenta, solo un idiota guardaría su propia mercancía en su propia casa y en las caravanas de los mercaderes. O eso… o bien…

—¿Crees que estos nobles están intentando incriminar a alguien? —dije.

—Sí, pensé que era lo má’ probable.

—¿«Pensaste» que lo era?

La nariz rosada y los bigotes blancos de Schnee empezaron a moverse; se estaba riendo.

—¿De quién cree’ que son esta’ ropa’? —dijo, señalando la ropa ensangrentada que colgaba de la pared.

—Es un uniforme de criada; podría ser de cualquier sitio, la verdad.

Habíamos decidido que sería de mal gusto deshacernos de la ropa de una informante cuando aún estaba salpicada con su sangre, por no hablar de la posibilidad de que hubiera notas u otras cosas ocultas en las costuras, así que las dejamos allí tras quitárselas.

Las prendas en cuestión eran un vestido largo negro, un delantal blanco con mangas y puños blancos. En pocas palabras, el tipo de uniforme de criada que habrías visto en la Inglaterra de mi antiguo mundo hace unos cien años.

—La’ lavandera’ de la villa del Barón Wiesache, aquí en Marsheim, usan exactamente ese uniforme, —dijo Schnee.

—¡¿Te infiltraste en la mansión de un barón?!

No pude evitar ponerme de pie, sorprendido. ¿Qué estaba haciendo? Una lavandera era el puesto más bajo entre los sirvientes de una familia, pero había una diferencia abismal entre servir a un terrateniente rural cualquiera y a un noble. Sus sirvientes casi siempre se contrataban dentro de su propio territorio. Incluso si hubiera buscado trabajadores útiles en Marsheim, habría necesitado un garante. No era el tipo de lugar al que pudieras entrar sin más con un disfraz y ya está.

—Digamo’ que e’… un secreto de mujer. Una chica tiene que ganarse el pan.

—Eso está muy bien, pero te infiltraste en un lugar bastante serio…

No se me ocurría ni una sola estrategia decente para colarse en la casa de un noble sin ser descubierta. Incluso si el cabeza de familia no hacía entrevistas personales, siempre estaba el mayordomo o la jefa de criadas para examinar a cualquiera sospechoso. Además, el mundo interno de los sirvientes era reducido. Alguien notaría una cara nueva. Desde fuera podía parecer sencillo, pero habría tenido que merodear por toda la mansión para conseguir información de valor…

—Por lo que e’tuve inve’tigando, parece que al Barón Wiesache le faltó poco pa’ ser acusa’o falsamente, —dijo Schnee, volviendo al tema—. Tal ve’ porque e’ un matusalén, pero el buen barón odia e’cribir. No llevaba diario. Por suerte para él, su mayordomo mensch e’ un escriba extremadamente meticuloso.

—¿No solo te colaste, sino que además lograste echarle un vistazo al diario del sirviente más importante?

—No solo un vistazo. Tengo la’ copia’ escondi’a’ en la manga, —dijo Schnee, señalando su uniforme de criada.

Le quité la manga como me indicó —en esta época, las mangas podían desmontarse y desecharse según hiciera falta— y rebusqué en las costuras hasta encontrar un pequeño trozo de papel oculto entre ellas. Estaba escondido con mucha habilidad; de esos que no encuentras a menos que ya sepas exactamente dónde buscar.

—En fin, el mayordomo era ba’tante e’crupuloso. Llevaba registro’ diario’ de to’o lo’ documento’ que habían si’o sella’o’. Y, lo crea’ o no, no había na’ sobre nuestro’ salvoconducto’ oficiale’ de lo’ puesto’ de control.

—¿El mayordomo del Barón Wiesache tenía el sello de aprobación?

—Sí, lo tenía. Pero e’ ba’tante improbable que lo hubiera roba’o pa’ fine’ personale’.

Era evidente que Schnee había investigado a fondo, hasta meterse de lleno en la oficina del barón. ¿Cómo demonios lo había logrado? La única forma que se me ocurría era un método más propio de un bárbaro: silenciar a todos a la fuerza y luego llamarlo «operación encubierta». Más aún, me sorprendía sinceramente que un noble confiara el sello oficial de su casa a su mayordomo.

—Tengo una copia del sello. Échale un vi’tazo a la manga i’quierda.

Revisé la otra manga y encontré notas copiadas con el sello del barón impreso en ellas. Volví a quedar impresionado: las copias tenían la cantidad justa de tinta como para reproducir un facsímil perfectamente claro del sello.

Puse una de ellas junto al sello del salvoconducto del puesto de control y, tras compararlos un momento, llegué a la conclusión de que eran copias perfectas entre sí. El tamaño, el diseño, incluso las imperfecciones del sello: todo coincidía al detalle. La conclusión era clara: esos documentos falsos habían sido creados y luego sellados con el sello original, todo sin que el barón se diera cuenta.

—En cuanto al Vi’conde Besigheim, ese sí que e’ un despistado de cuida’o.

—Sí, no he oído precisamente cosas buenas sobre él, —dije.

El Vizconde Besigheim seguía siendo joven para un mensch; aún rondaba la treintena, y si uno quería ser cruel, la expresión «hijo idiota» le venía como anillo al dedo. El anterior Vizconde Besigheim había muerto joven tras un accidente ecuestre fatal, así que el Besigheim más joven había heredado la familia. Si el Besigheim padre hubiera seguido vivo y sano, estaba casi seguro de que jamás le habría cedido el puesto a su hijo.

Según los rumores, sus dos hermanos menores —que habían decidido convertirse en súbditos del Estado y ahora eran caballeros imperiales— eran candidatos muchísimo más adecuados para dirigir la casa.

La reputación del Vizconde Besigheim había llegado incluso a los círculos de aventureros. Había hecho varias peticiones estúpidas, una de ellas una misión terriblemente peligrosa para conseguir ginebra directamente de las islas del norte. ¿Por qué gastar sumas prácticamente traicioneras para reclutar aventureros lo bastante insensatos como para hacer de recaderos? Pues porque tenía mujeres a las que impresionar.

No importaba que la paga fuera buena; el mar del norte era un territorio peligroso dominado por piratas. Y aunque era cierto que los aventureros no tenían que pagar tantas tasas aduaneras —si eras rango naranja-ámbar o superior—, nadie quería desperdiciar medio año entero en un recado inútil y maquillado.

—Ahora, volviendo al Barón Wiesache, —dijo Schnee—. Pa’ bien o pa’ mal, e’ un hombre hone’to. Ante’ de que llegara el Imperio, era rey, ¿sabe’?, a pesar de ser un matusalén.

—Así que, básicamente, aunque el vizconde podría dejarse tentar por el dinero, eso parece mucho menos probable en el caso del barón, ¿eh?

—Sí. No e’ el tipo de persona que traicionaría de’caradamente al Margrave Marsheim, si me pregunta’. Si fuera a hacerlo, no andaría con sigilosidade’: reuniría a su’ hombre’ y cercaría él mi’mo la mansión del margrave. Si me pregunta’ a mí, tiene ese espíritu bárbaro metido ha’ta lo’ hueso’.

Los únicos matusalénes que yo conocía eran Lady Agripina y el Marqués Donnersmarck, lo que me dificultaba hacerme una imagen clara del Barón Wiesache. En los días previos al Imperio, había sido un rey guerrero de un reino menor, honesto pero tosco. No sabía qué razones habría tenido para aceptar las exigencias del Imperio y recibir el título de barón, pero tenía claro que no era ni de lejos lo bastante taimado como para urdir un plan tan retorcido como la crisis del Kykeon si realmente quisiera derribar Marsheim.

—Esto sugiere que estamos ante un ataque político disfrazado de problemas internos, —dije.

—Exacto. Todo lo que he saca’o apunta a eso.

Eso significaba que las drogas introducidas por las caravanas y los salvoconductos necesarios para hacerlo no eran más que una cortina de humo; no eran el verdadero problema.

El Margrave Marsheim sufría una escasez de personal tan grave que había intentado reclutarme a la fuerza —tenía la palabra de Lady Agripina al respecto—, así que los enemigos del margrave habían planeado empeorar la situación obligándolo a volverse contra uno de sus guerreros más poderosos.

Incontables naciones habían caído en la ruina por métodos como ese. No diría que el Barón Wiesache estuviera al nivel de Yuan Chonghuan de la dinastía Ming, pero era una pieza importante en el tablero y un gran apoyo para su región, además de ser uno de los pocos pilares clave cuya participación mantenía a Marsheim lejos de una guerra abierta. Los señores locales antirrhinianos estarían encantados si cayera por un descuido del margrave.

El plan funcionaría incluso si el propio Margrave Marsheim no se dejaba engañar. Si este falso escándalo salía a la luz, nobles poderosos surgirían de la nada exigiendo que el antiguo enemigo del Imperio no merecía menos que una muerte rápida, y la presión externa forzaría la mano del margrave. Alegarían que era por el bien común, pero en secreto solo estarían centrados en sus propias ganancias políticas.

Si el Barón Wiesache caía sin oponer resistencia, perfecto. Si, fiel a su reputación como antiguo señor local poderoso y de carácter iracundo, instigaba una revuelta, mejor todavía. Los sediciosos se relamerían ante la idea de ver desaparecer a una de las piezas favoritas del Imperio y, de paso, sumir a la región en el caos.

Una sola revuelta no bastaría para derribar la hegemonía del Imperio, pero podrían ir debilitando sus cimientos mediante este ataque interno. Aquello requería una mente astuta y paciencia. Era una táctica despreciable, sobre todo porque resultaba desesperante responder a ella. Para unos aventureros de poca monta como nosotros, era difícil resolver una situación política que exigía medios más precisos y civilizados que unos cuantos golpes de espada bien dirigidos.

—No tardaron mucho en de’cubrirme despué’ de que atara todo’ lo’ cabo’, —dijo Schnee.

—¿Seguías infiltrada en la mansión?

—No. Al meno’ no cuando llegué a mi teoría. Pero fue entonce’ cuando eso’ cinco asesino’ vinieron a llamar a mi puerta. Fue como si el Dio’ Sol o alguien me estuviera diciendo: «Oye, tu teoría e’ completamente correcta». El problema conmigo e’ que no sé ocultar lo que pienso, —dijo Schnee con una sonrisa pícara. Sinceramente, no pude leer su expresión en absoluto. Luego continuó—: E’to e’ solo una corazona’, pero apue’to a que pretendían que alguien con las do’ mitade’ del cerebro bien conectada’ descubriera la primera capa del plan. Lo’ culpable’ están dejando cebo pa’ que el Imperio saque conclusione’ precipita’s y se apuñale a sí mi’mo por el co’ta’o.

—Ajá. Pero un gato furtivo les robó la salchicha antes de que pudiera ahumarse.

Usar un poco de camarón para intentar pescar besugo estaba muy bien, pero había que tener presente que, si no se tenía cuidado, uno podía acabar arrastrado al océano. Tanto mejor que hubiéramos traído con nosotros a una pequeña gata ansiosa por jugar con la línea de pesca y desenganchar el cebo. Se habían dado cuenta de que su evidencia falsa había desaparecido y habían enviado a cuatro… no, a cinco, si contamos al que me lanzó aquella bomba de kykeon, para recuperar el material falsificado.

Nuestra informante había encontrado una pieza vital del rompecabezas, pero yo no tenía ni idea de cómo encajaba en el panorama general. Había una respuesta a todo esto, pero si la hubiéramos perdido, tal vez nos habría llevado una eternidad llegar a la solución. Por suerte, habíamos logrado mantener con vida a una estudiante de por vida de las artimañas humanas, entera y lo bastante lúcida como para hacer todo el trabajo pesado de pensar por nosotros. Antes sentía que luchábamos contra humo, pero ahora tenía la sensación de que por fin teníamos algo a lo que aferrarnos.

—El kykeon no se difundió para lobotomizar al público de Marsheim… —dije—. Su propósito es volver al margrave contra sus propios mejores activos entre la nobleza.

—Sí, la diferencia ‘ta en los detalle’. Convertir Ende Erde en una tierra drogá’ y sin ley no sería na’ bueno, pero eso no basta pa’ sacar al margrave de su pue’to.

Era igual que en el ehrengarde. Si querías derribar al emperador, acorralado pero protegido por guardias y castillos, la apertura dependía de eliminar primero las piezas menores. No era como el shōgi, donde te quedas con las piezas del enemigo tras vencerlas; esto se parecía mucho más a la vida real. Había un solo objetivo, y había que trabajar para llegar hasta él.

Eso nos dejaba con varias opciones.

—Dudo que esos tres nombres fueran los únicos objetivos, ¿verdad? —dije.

—Probablemente no. No tuve tiempo suficiente pa’ olfatear tanto, pero apo’taría a que también ‘tán inve’tigando a otro’ noble’. Me juego a que quieren derribar tanta’ casa’ como pue’an. Ademá’, ya sabe’ lo que dicen: si retrocede’ sei’ generacione’, to’a la nobleza acaba siendo una sola gran familia.

No había ninguna regla que dijera que una sola prueba tenía detrás a un único culpable. Esto no era un simple apuñalamiento callejero. Todo el plan dependía de una elaborada cadena causal: el contrabando de drogas podía vincularse a otros delitos, y la gente del Margrave Marsheim podía ir siendo retirada del tablero una a una.

Una vez eliminados los cercanos al margrave, solo quedaban los indecisos, los verdaderos burócratas, capaces de cortarse la nariz con tal de fastidiarse la cara. Bastaba con agitarlos un poco para que el apoyo al margrave quedara hecho trizas.

Todo el plan encajaba de manera impecable, y eso me sacaba de quicio. El Imperio Trialista de Rhine era como un gran fresno de quinientos años: vasto, protector y con raíces profundas. Y, sin embargo, ahí estaban esas personas, convenciendo a las raíces de estrangularse entre sí.

—Apo’taría a que el Barón Maulbronn e’ quien corre má’ peligro en e’te momento. Su casa no e’ gran cosa, pero e’ muy queri’o entre lo’ señore’ locale’ proimperiale’. Siempre ‘ta charlando en lo’ evento’ sociale’… lo que lo convierte en un blanco ideal pa’ quiene’ bu’can aprovecharse.

Tras infiltrarse en la mansión del Barón Wiesache y asegurar la información, Schnee había pensado infiltrarse a continuación en la mansión del Barón Maulbronn, pero se topó con los asesinos antes de tener la oportunidad.

—Muy bien. Deja el resto en nuestras manos.

—Eh, oye, que hago e’to por mí mi’ma, ¿sabe’? No recuerdo que nadie me haya encarga’o nada.

Desde entre los párpados entornados de Schnee, podía sentir cómo su mirada dorada me atravesaba de lleno. Aquella expresión parecía sugerir que, si me observaba con suficiente intensidad, podría dejar al descubierto mis verdaderas intenciones.

No tenía nada que ocultar. Había decidido convertirme en aventurero en Marsheim, así que no había mentiras que necesitara contar.

Le dediqué a Schnee una leve sonrisa, y ella echó la cabeza hacia atrás sobre la almohada.

—Cielo’… E’te pueblo de verdad ‘ta lleno de gente rara… Siempre me pregunto cuándo va a venirse to’ abajo como un castillo de naipe’, pero entonce’ aparece otro bicho raro pa’ apuntalarlo.

—Solo somos dos raros ayudándonos mutuamente, Schnee.

Todo el mundo prefería una casa limpia; así se dormía mejor por la noche.

Hice algunos cálculos mentales. Por desgracia, nuestra pequeña unidad de aventureros necesitaba fondos, así que me estrujé el cerebro tratando de averiguar quién se beneficiaría de unas buenas obras bien remuneradas.

 

[Consejos] Se dice que todas las familias imperiales están emparentadas si se retrocede seis generaciones. El árbol genealógico se ha vuelto aún más complejo debido a hijos ilegítimos, linajes familiares falsificados y secretos nunca revelados para facilitar las herencias. 

 

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