Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo
Vol. 9 Canto 2. Prefacio
TRPG (Juegos de Rol de Mesa)
Una versión analógica del formato RPG que utiliza manuales de reglas en papel y dados.
Una forma de arte escénico en la que el Maestro del Juego (Game Master) y los jugadores van esculpiendo los detalles de una historia a partir de un esquema inicial.
Los PJ (Personajes Jugadores) nacen de los detalles escritos en sus hojas de personaje. Cada jugador vive a través de su PJ mientras supera las pruebas del Maestro del Juego hasta alcanzar el desenlace final.
Hoy en día existen incontables tipos de juegos de rol de mesa, que abarcan géneros como fantasía, ciencia ficción, terror, chuanqi moderno, shooters, postapocalíptico e incluso ambientaciones de nicho, como aquellas basadas en idols o sirvientas.
Hay pocos momentos en la vida en los que una pérdida pueda describirse como absoluta. Al fin y al cabo, la vida no es tan lógica como una partida de ehrengarde, ni te queda el tablero para reflexionar sobre en qué fallaste: lo único que tienes son recuerdos poco fiables y remordimientos volubles. Cualquier situación concreta, tomada en su conjunto, conforma un entramado de destinos tan complejo que acaba haciendo dudar de la capacidad de gestión de los dioses locales. Del mismo modo, también son contadas las ocasiones en las que el destino de una persona depende de unas cuantas decisiones diminutas e infinitamente maleables.
Las asesinas eran incapaces de decir con certeza qué había sido lo que los había acorralado de aquel modo.
—A-auch…
Tras la llegada de un torbellino inexplicable, las asesinas se vieron obligados a retirarse a las alcantarillas de Marsheim, que resultaban mucho más pestilentes que el sistema casi inmaculado de la capital. Ninguna de ellas sabía qué había provocado aquellas ráfagas repentinas; no bastaba con recurrir a la simple meteorología para explicar un ciclón anómalo lo bastante potente como para lanzar ladrillos y basura a velocidades capaces de desgarrar la carne, y todo ello confinado a un único solar amurallado.
El gemido de dolor procedía de la asesina de baja estatura que había recibido de lleno el golpe del pesado espadón de Erich. Se desprendió de la capa con capucha y dejó al descubierto un cuerpo pequeño y cubierto de pelaje, que no alcanzaba ni la longitud de una espada en altura, revestido de un lustroso pelaje de color castaño oscuro. En rhiniano se los llamaba hlessil, o, como los menos caritativos habitantes de las islas del norte los habían bautizado, bufoneros : un nombre vil y cruel, pensado para marcarlos como una raza de bufones en el mejor de los casos y de bandidos incorregibles en el peor.
Con la capa puesta, la silueta de la hlessi se asemejaba bastante a la de un niño mensch, pero sin ella se apreciaban sus patas digitígradas y las altas orejas que coronaban su cabeza.
—Me… uele… —susurró, aferrándose al brazo izquierdo herido; por mucho que estuviera agonizando, no era el dolor lo que estrangulaba su voz, pues era más resistente que eso, sino la biología . Los de su especie no estaban dotados de las robustas cuerdas vocales de otros semihumanos; solo podían hablar en susurros quedos y aireados, o en chillidos agudos. Esta dura limitación de su rango expresivo, en comparación con la mayoría de los demás seres pensantes —reducido a la correspondencia privada y silenciosa o al sonido de la desesperación desnuda—, los convertía en blancos evidentes, sobre todo en reinos menos tolerantes que el Imperio.
Las lágrimas se deslizaban por sus ojos, casi por completo negros debido al tamaño de sus pupilas y escleróticas. La nariz le goteaba de forma lamentable. En su rostro se reflejaba con toda claridad el descubrimiento paulatino de su propio sufrimiento. Incluso los combatientes más curtidos podían luchar a través del dolor: una descarga de endorfinas y un instinto de batalla finamente afilado le habían permitido silenciar las alarmas de su cerebro, pero, con el combate terminado, estas se habían desvanecido. El dolor abrasador de su brazo capturó ahora su atención con un agarre de hierro. Recibir un golpe potencialmente mortal con el brazo había sido perfectamente lógico en el fragor de la batalla, pero ahora aquel brazo se sentía pesado y palpitante.
—Lepsia, ¿estás bien? Estoy aquí.
Quien llamó a la hlessi era una vierman: llevaba los cuatro brazos al descubierto, mientras la capa ondeaba a su espalda. Apareció en silencio tras una curva de las alcantarillas para prestar apoyo a su compañera, justo cuando la hlessi se desplomaba en el suelo.
De todo su grupo, ella era quien tenía más motivos para ir cubierta con una capa. Los viermen eran, en esencia, idénticos a los mensch, salvo por el par adicional de brazos que brotaba justo por debajo de los primeros omóplatos. A la mayoría de los de su especie les resultaba conveniente ocultar esos brazos intermedios de miradas indiscretas, plegándolos hacia atrás y fuera de la vista bajo ropas pesadas cuando estaban en público. Un brazo intermedio nunca podía ser tan rápido ni tan fuerte como cualquiera del par principal, pero la novedad y la versatilidad de los brazos extra tendían a atraer a gente convencida de que un vierman no era más que un paso evolutivo natural respecto al anodino mensch.
Esta mujer vierman en particular llevaba largos guantes en los cuatro brazos, y la mayor parte de su cuerpo estaba cubierta por una capa de cuero. Los tenues destellos de piel oscura que se colaban por las aberturas de la ropa en los muslos y la parte superior de los brazos —como té rojo rhiniano ligeramente diluido con leche— sugerían una ascendencia que su rostro, ahora descubierto, confirmaba. El tono de su cabello negro, cortado en un bob corto, junto con el resto de rasgos, indicaba que procedía —ya fuera por linaje o por estancia— de los desiertos, las estepas y el gran lago salado al sur de las hamadas que cruzaban el Paso Oriental. Cabía suponer que, de un modo u otro, había sido la última guerra de Rhine la que la había llevado a este lado de la frontera.
—¿Detenido hemorragia? Todos preocupados, —dijo la vierman a la hlessi.
—Shahrnaz… —respondió Lepsia.
Los pueblos del este no tenían los ojos tan hundidos como los del Imperio, pero muchos de ellos poseían pestañas largas. Los ojos rojinegros de Shahrnaz estaban teñidos de una preocupación inconfundible.
—¿Puedes moverte?
—No… pue’o…
—Está bien. Yo llevo. Sé fuerte.
Shahrnaz colocó con cuidado los brazos alrededor de Lepsia y recogió a su pequeña compañera. Sus brazos intermedios apuntalaron la espalda y las rodillas de la hlessi, mientras que el par principal sostuvo con firmeza sus hombros y piernas, asegurando la mayor estabilidad posible.
—¿Dón’ es’án los o’ros…?
—Todos juntos. La jeque también.
El sistema de alcantarillado de Marsheim palidecía en calidad frente al de Berylin. Había menos limos, empleados con mucha menos eficacia, por lo que el aire era espeso y nauseabundo. Shahrnaz cargó con su compañera herida avanzando con pasos silenciosos. No era la forma de correr de una guerrera: aquellos movimientos habían sido pulidos por una vida en las sombras.
Todo en la manera de moverse de Shahrnaz indicaba que no era una simple combatiente.
Redujo la velocidad al llegar a una curva, agudizó el oído y sacó un pequeño espejo de bolsillo para comprobar qué había más adelante. Sin embargo, no avanzó de inmediato: volvió a asegurarse de que no las estuvieran siguiendo antes de continuar. Cada uno de sus gestos rezumaba entrenamiento en reconocimiento.
Pero Shahrnaz no era una mera fisgona ni una exploradora. Había tenido que ser absolutamente sigilosa: su trabajo dependía de su capacidad para planear y dispensar la muerte sin dejar rastro alguno de su implicación.
Por fin, ambas llegaron a una zona abierta, de un tamaño comparable al de una habitación en una posada pequeña.
—¿Estás aguantando bien, Lepsia? —resonó una voz desde el techo.
Al otro lado del espacio, dos figuras se aferraban a las paredes que rodeaban el pasaje que continuaba hacia adelante. Tanto la entrada como la salida eran estrechas; quizá aquella sala servía como aliviadero durante las lluvias intensas.
Una de las figuras era una enorme mujer aracne. Si se cruzaban las Islas del Camino Angosto más allá del extremo oriental del continente meridional, se llegaba a un subcontinente situado en la península más al sur del continente central. Era allí donde podían encontrarse las aracne cazadoras.
Las aracne cazadoras prescindían del uso de telarañas para nidos, a diferencia de sus parientes, las aracne saltadoras. Tampoco se parecían a sus compatriotas tarántula, que empleaban las telas para ampliar el alcance de sus sentidos. No: las telarañas de una cazadora estaban pensadas para el combate.
Las aracne cazadoras eran luchadoras físicas. Las más grandes de su especie, poseían la fuerza y la palanca necesarias para derribar a un calistiano con facilidad. Eran una auténtica rareza entre las aracne, conocidas por rodear y atrapar con rapidez a sus presas para saciar su instinto de caza. En ocasiones, incluso renunciaban a su botín para usarlo como cebo y abatir una presa aún mayor. En marcado contraste con tan temible reputación, la voz de aquella mujer era increíblemente serena y suave.
— Main estaba bastante preocupada. Main debería haber detenido a ese espadachín… —continuó la aracne.
La aracne seguía llevando la capucha y el velo; la piel que dejaba al descubierto era de un tono cremoso, quizá arenoso. Su rhiniano era natural y bien articulado, salvo por un detalle que le era propio: se negaba a usar pronombres rhinianos. Por ello, nadie conocía su verdadero nombre. Sus compañeras simplemente la llamaban por la palabra con la que ella se refería a sí misma: «Main». No había ningún significado profundo detrás; no era más que una palabra extranjera de una lengua hablada en el subcontinente que significaba «yo» o «mí».
—Para Main es más fácil atrapar una espada que una lanza. Y para túm , bueno, para la velocidad de túm es más sencillo lidiar con una lanza rápida, ¿no es así? Vellos eran bastante difíciles para hosotros …
Las compañeras de Main ya sabían que túm significaba «tú», vellos era «ellos», y hosotros equivalía a «nosotros» o «nos». En la lengua de Main no se marcaba el género mediante pronombres: hablara de quien hablara, la tercera persona del singular era siempre «vello».
El rostro bien definido de la aracne mostraba una preocupación evidente mientras examinaba a la herida Lepsia. Tras aquellos ojos dorados, enmarcados por largas pestañas, ardía con firmeza la llama de su ansia de venganza contra el aventurero que había herido tan gravemente a su compañera.
—Pero Main… vellos se ro’aron tu re’… —dijo Lepsia.
—¿La red de Main? —respondió la aracne—. No, no. Main dejó que ve se llevaran vello. Main puede hacer más, y vello es mucho más difícil de usar cuando un arma se enreda o corta vello.
El «alambre de estrangulación» de la aracne estaba hilado a partir de su propia reserva natural, lo que significaba que podía abandonarlo sin un gran coste. Resultaba útil para desequilibrar a sus enemigos y enredar sus armas. Su carácter desechable era clave para su conveniencia táctica: en pocas palabras, era un arma de «usar y olvidar».
Tal como Main había dicho, el espadachín mensch probablemente habría sido un oponente más adecuado para ella. El agarre de una espada no tenía nada que ver con el de una lanza; para muchos espadachines, era como una extensión de su propio brazo. Los luchadores con espada mejor entrenados eran sensibles a la más mínima perturbación de su hoja, por lo que tener toda la arista cortante enredada en una red suponía una molestia enorme. Era como obligar a un pianista consumado a tocar con guantes de boxeo. Perder los sentidos más delicados era algo difícil de soportar.
Main no tenía noción de ello, pero, aunque Erich contaba con una pequeña biblioteca de contramedidas frente a ataques o interferencias de sus enemigos, su estilo de combate ponía un gran énfasis en la prevención . Siempre procuraba mantenerse un paso por delante de su adversario, y eso hacía que estuviera desprotegido frente a interferencias directas. Resultaba irónico, teniendo en cuenta cuántas de sus estratagemas dependían del uso oportuno de su habilidad de Desarme. No se podía culpar al joven aventurero: lo más probable era que el origen del problema residiera en haber encontrado un arma legendaria tan temprano en su vida. La Hoja Ansiosa no podía ser robada ni destruida, de modo que cualquier preocupación que pudiera haber tenido por la posibilidad de que sus propias técnicas se volvieran en su contra había sido relegada y olvidada, acumulando polvo.
El arsenal limitado de Ricitos de Oro era una debilidad autoimpuesta; de no tener otra opción o con más tiempo para desarrollarse, lo más probable era que acabara dándose cuenta de su error y corrigiera el rumbo con contramedidas adecuadas. Pero hasta que ese día llegara, Main sabía que tenía ventaja.
—No, es mi culpa por no tik remakarla. Lo tik sienko mucho, —dijo la otra figura, que también había tomado posición en la pared.
Su sombra se alzó enorme cuando descendió en picado, pero aterrizó haciendo menos ruido que una sola gota de lluvia. Su largo cabello plateado cayó en mechones sobre la mitad más humana de su figura, brillando tenuemente en la penumbra.
—¡Primanne, no digas tonterías! Ni siquiera hosotros nos dimos cuenta hasta el último momento. El explorador de vellos es realmente talentoso, —replicó Main.
—Sí, tik pero es mi krabajo nokar sorpresas y tik despacharlas, —respondió la kaggen.
A diferencia de las otras tres, Primanne pertenecía a una raza con una larga historia en el continente central. En particular, podían encontrarse en el joven vecino occidental del Imperio, el Reino de Seine. Por desgracia, dicha historia allí había sido más turbulenta que la de sus vecinos mensch y matusalén; toda una población nacida portando de forma permanente tijeras mortales al final de sus brazos estaba destinada a tener dificultades para encajar en la sociedad civilizada, tuviera o no simples tarsos prensiles con los que alcanzar y sujetar cosas en los verdaderos extremos de aquellos ganchos de carne letales.
Sobre su torso con forma de hoja de bambú se alzaban dos alas que le permitían vuelos cortos. Por desgracia, sus grandes cuerpos implicaban que no podían volar tan bien como otros semihumanos insectoides, y palidecían en comparación con la potencia de las alas de los sirénidos. Para complicar aún más sus perspectivas sociales, la mandíbula inferior de un kaggen era un ensamblaje delicado y peculiar: solo alguien con una elocución verdaderamente magistral podía usarla para hablar las lenguas humanas sin chasquidos involuntarios ni problemas persistentes con ciertas consonantes.
—Si kan solo hubiera makado al espadachín y luego me hubiera tik ocupado de ella… —murmuró la kaggen.
Primanne se había quitado la capucha —un objeto encantado para operaciones encubiertas que no solo sumía el rostro del portador en sombras, sino que también ocultaba su expresión y la dirección de su mirada— y dejó al descubierto un rostro atractivo. La gente de Seine apreciaba la piel sana, besada por el sol; el rostro elegante de Primanne tenía el color del trigo. Poseía unos ojos inocentes, ligeramente caídos en los extremos, y un pequeño lunar junto a uno de ellos, un rasgo muy codiciado en su tierra natal.
Quizá el rasgo más distintivo del rostro de un kaggen era su gran mandíbula bífida, una característica que sustituía cualquier impresión de dulzura o encanto por un aura de amenaza depredadora en todos salvo los más entusiastas y valientes amantes de lo extraño. Si permanecía con la boca cerrada, cualquier transeúnte promedio pensaría simplemente que era una belleza refinada de las tierras occidentales. Sin embargo, su imagen cambiaba en cuanto hablaba: su mandíbula se abría horizontalmente, partiéndose limpiamente en dos. Incluso en reposo, una observación atenta permitía distinguir las suturas, lo que dejaba una falsa impresión de artificialidad, casi como la de una marioneta. Incluso los sepa lo tenían más fácil a la hora de sortear los obstáculos sociales que planteaba su anatomía, aprendiendo a sincronizar los labios alrededor de sus mandíbulas envenenadas.
—Estoy kan tik fruskrada… Debería haber tik makado a esa chica aracne… —continuó Primanne.
Muchos en el Imperio se sentían incómodos al oír a los kaggen hablar rhiniano, y a algunos incluso les costaba entenderlos. Aun así, difícilmente podía culpárselos por sus propias peculiaridades evolutivas. Aunque, para la mayoría de los kaggen, el dolor profundo de la alienación en sí mismo (dejando de lado las desigualdades materiales ) no era un problema. Los kaggen eran una rareza en cuanto a que, si no eran asociales , sí eran al menos socialmente agnósticos . El lenguaje, la teoría de la mente y la capacidad de participar en comunidades no eran elementos integrales de su forma de vida: la mayoría no sentía necesidad de compañía fuera de la reproducción y poseía el temple de acero y el sistema inmunológico feroz necesarios para vivir con absoluta tranquilidad en total soledad. Primanne era una excepción; la mayoría de los kaggen jamás se molestaría en aprender rhiniano ni en intentar integrarse en sociedad alguna , y mucho menos en una extranjera.
—No… Si ‘an solo hubiera derriba’o a ese estúpi’o espa’chín… —intervino Lepsia.
—Culpa ser mía, —dijo Shahrnaz—. Debería no haber usado virotes. Debería haber ido.
—Main se volvió codiciosa —añadió Main—. Main quería lanzar un ataque sorpresa, pero Main debería haber ido a por el espadachín o por el objetivo directamente…
—No, no… Yo no tik noké que se acercaban. Debería haber hecho un krabajo tik mejor.
Cada una de aquellas asesinas era una veterana de su oficio. Tal vez habían sufrido una derrota aquel día, pero su dedicación a su trabajo las llevaba a considerar todos los escenarios alternativos posibles que habrían neutralizado o evitado el enfrentamiento con los aventureros que habían interrumpido su misión. Un grupo menos hábil no habría sentido el aguijón del arrepentimiento con tanta intensidad; ellas conocían demasiado bien sus propios límites y los de sus enemigos. Habían jugado mal, y lo sabían. Ahora solo podían rumiar en qué se habían equivocado y cómo evitar repetir esos errores.
Una sola palmada puso fin a sus reproches. Pareció barrer incluso el aire de la estancia; las cuatro asesinas clavaron la mirada al unísono en el fondo de la sala, donde una figura permanecía entre las sombras.
—¿Ya nos sentimos mejor?
La voz pertenecía a una mujer mensch cuya apariencia desentonaba con el entorno mugriento; su elaborado vestido negro de noche parecía más propio de la mansión de un noble. Era alta y esbelta y, sin embargo, el vestido, con sus abundantes volantes y cintas, parecía un punto demasiado acorde con los gustos de una muchacha joven. Si estuviera en un baile, podría atribuirse su elección al deseo de contrastar su estatura con una sensibilidad aniñada para destacar con estilo y ganarse el favor de quienes buscaban favoritos o exhibían sin pudor su fascinación por lo excéntrico; pero cualquier asunto que se desarrollara allí , sin duda, no tendría paciencia para tales fruslerías.
Los complejos tatuajes que destacaban aquí y allá donde asomaba un poco de piel —en la parte superior de los brazos o en los muslos, donde terminaban los guantes y las botas— eran una señal clara de que no se trataba simplemente de una mujer con buen ojo para la ropa fina. Estaba cubierta de fórmulas mágicas. Ese tipo de círculos mágicos había pasado de moda hacía unos dos siglos; en el campus del Colegio Imperial, tales marcas habían sido denunciadas como «exageradas y pretenciosas», la señal indeleble de un mago profundamente inseguro. Pero aquella mujer las favorecía. Se las había tatuado en la propia piel para aprovechar al máximo su capacidad de deformar la realidad.
No llevaba báculo —otra de las señas clásicas del oficio de magus—, pero sí un anillo que brillaba débilmente en su mano izquierda enguantada. Un magus de mayor edad probablemente la catalogaría como una hechicera de gusto marcadamente añejo. O se reiría en su cara por negarse a ponerse al día.
Los magus no eran simples tecnócratas: eran nobleza por derecho propio. Muchos habían olvidado, o nunca se habían dado cuenta, de que entre las cosas que habían descartado en aras de la elegancia o la comodidad se encontraban técnicas que compensaban esa disparidad. En este aspecto, ella se había liberado de las ataduras innecesarias de la nobleza y del amargo cotilleo del mundo burocrático, y en su lugar había volcado sus esfuerzos en su talento. En cierto modo, al emular las prácticas de los magus de antaño, quizá era una magus más digna de ese nombre que aquellos a los que había dejado atrás.
—Sí, pero, jeque… —dijo Shahrnaz.
—Ya hablaremos más tarde de lo que salió mal, —respondió la mujer—. Nos retiraremos a la base y trataremos a Lepsia. Tengan cuidado con ella: cuanto más pequeño es el cuerpo, más grave resulta incluso la pérdida de sangre más leve, después de todo.
—¿Qué diremos al cliente…?
—Eso es una preocupación para otro momento. Yo me encargaré de explicarlo… No, en realidad, creo que hablaré con él. Parece que la droga no surtió efecto en él.
—¿Vamos a meternos en problemas? —preguntó Shahrnaz.
Desde las sombras, la mujer continuó con una voz que hizo estremecerse a todo su cuerpo; no estaba claro si era por risa o por ira.
—Nos pagaron para atrapar a un gato, no para cazar a un lobo. ¿Pudieron verle bien la cara a ese hombre?
El grupo vivía y moría según la calidad de su información. Si era más precisa, podían planear mejor la situación.
—Era Erich Ricitos de Oro, —prosiguió—. Parece que los poetas no exageraban demasiado.
Las otras cuatro asesinas empezaron a cuchichear; ¡ese era el nombre de la estrella emergente más famosa de Marsheim! Estaba moviendo piezas para construir poder organizativo y, sobre todo, había derrotado a Jonas Baltlinden, la vergüenza de la comunidad aventurera, un hombre que en su día se creyó invencible . ¿Cuánto habría que pagarles para eliminar a uno de los aventureros más destacados y rectos de la ciudad?
—Cuando nuestro cliente se equivoca, todas pagamos las consecuencias. Es una lástima que profesionales de nuestro nivel tengan que soportar la trama de un aficionado.
—¿Qué debemos hacer hosotros, líder? Main obedecerá cualquiera de túm órdenes, —dijo la aracne.
—Adelántate hasta B-6; comprueba si esa salida está despejada. Necesitaremos hablar con el cliente de nuestro cliente antes de poder formular un plan mejor.
La mujer dio un paso adelante, saliendo a la luz mortecina. Su rostro era más severo que hermoso. Tenía facciones afiladas y bien definidas, y su piel pálida —azulada donde discurrían las venas— indicaba que, con toda probabilidad, tenía raíces en Rhine. Ni siquiera el tocado, atado con cordones a juego con su vestimenta, resultaba lo bastante encantador como para suavizar su imagen.
Su cabello negro azabache estaba teñido de rojo y púrpura en algunas zonas, y cortado con líneas rectas, como trazadas con una regla. Quizá todos aquellos elementos también habían sido elegidos con fines mágicos en mente.
—¿Qué-qué pasa con tik ese mékodo? —preguntó Primanne—. Ah, pe-pero tik el gako se lo llevó consigo…
—No, no podemos, —respondió la líder—. Según mi red de información, Ricitos de Oro tiene conexiones nobles. Dudo que podamos esperar que tenga un temperamento corto del que podamos aprovecharnos. Pero eso sí simplifica nuestro plan de ataque.
Entrecerró sus ojos estrechos, bordeados por piercings de coral, en una sonrisa cruel. Su mente se aceleró mientras adaptaba su estratagema, clasificando cada recurso que tenía a su disposición. La comisura de sus labios se elevó en una mueca burlona, y el lirio del valle que decoraba su mejilla derecha se arrugó con el gesto. Incluso el complejo tatuaje grabado en lo profundo de su piel respondió a su deseo de batalla, y la fórmula entretejida en él brilló con una intención maligna.
—Creo que daré a esos jovenzuelos una pequeña lección, —dijo— sobre lo que ocurre cuando te lanzas a una pelea a ciegas.
Las mujeres atravesaron la estancia y, pese al agua que se había acumulado por la lluvia del día anterior, sus pasos no produjeron sonido alguno. Al fin y al cabo, aunque dentro del grupo cumplían funciones distintas —exploradora, vanguardia, retaguardia, maga—, estaban unidas por una capacidad furtiva tan pulida que les permitía pasar sin dejar el menor rastro.
Aquella habilidad inestimable había sido ganada tras un entrenamiento extenuante y una dura experiencia en el terreno. Sin embargo, al final descubrirían que ese camino hacia las sombras, tan perfectamente allanado para ellas, acabaría arrojándolas, agitándose y ahogándose, a una oscuridad más profunda de lo que jamás habrían imaginado.
Su destino no era tan distinto del de cualquier otro aventurero que, persiguiendo sueños de heroicidad, termina hurgando en la cuneta en busca de unas monedas. Incluso con los talentos mejor entrenados, un solo paso en falso podía apartarlos para siempre del sendero hacia sus ideales.
Los ideales y los sueños eran como una vela al viento: si la brisa cambiaba aunque fuera un poco, la llama podía extinguirse para siempre. Y para la mayoría de los ideales, ahí terminaba todo: un final silencioso e indigno, sin consecuencias para nadie, sin significar nada. Pero algunos ideales, atrapados en los vientos de la adversidad, desprendían brasas que viajaban lejos, prendían, ardían y seguían la corriente hasta que ya no quedaba nada que quemar.
—Desafiaremos su espíritu aventurero. Ese novato, por lo visto, no recibió su bendición a través de un clan.
Las asesinas, que habían entrado en una oscuridad de la que no podían regresar, ejercían su oficio silencioso no por riqueza, sino por sangre, y solo por sangre .
—El Clan de la Copa Única tendrá su venganza, con intereses. Él le ha arrebatado un miembro a nuestra hermana; nosotras le arrebatamos los cuatro.
Eran una fuerza singular, las reinas secretas de su dominio. No dudaban; no cuestionaban; ¿cómo podrían hacerlo? ¿Qué autoridad superior existía a la que rendir cuentas?
—Vámonos de este lugar. Lo que nos espera es mucho más estimulante que el trabajo sucio que hemos estado haciendo. Que esa basura de categoría apenas superior venda sus distracciones a los desechos de la ciudad baja; nuestra vocación tiene un propósito más elevado. ¿No les parece?
Cuatro voces respondieron, cada una en su propia lengua, pero perfectamente unidas en su apoyo mutuo: sí, siempre . Aquel quinteto no era una simple banda de bandidas bien vestidas y sobrepagadas; no había desesperación en sus corazones. Eran ángeles de la muerte caminando entre simples mortales; mujeres que vivían para el mal, sobre el mal y a través del mal, diseñando muertes hermosas, colocando piezas en el tablero del único juego que importaba exactamente como les complacía. Su vileza era tal que daban ganas de taparse la nariz.
Se internaron más profundamente en la oscuridad y desaparecieron de la vista.
[Consejos] El Imperio Trialista de Rhine es hogar de razas que no se ven en ningún otro lugar del Continente Central, algunas de las cuales ni siquiera son consideradas humanas en otras regiones.
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