Remake Our Life!
Vol. 11 Capítulo 4. Lo que Debe Ser Parte 2
Cuando salí del laboratorio, el cielo ya estaba completamente oscuro y casi no quedaban estudiantes a la vista.
—¿Habrá buses para volver…?
Incluso me había mentalizado a la idea de regresar caminando, aunque quedara lejos. No sabía cuándo volvería a venir aquí, y pensé que tampoco estaría mal caminar mientras contemplaba un paisaje lleno de nostalgia.
Cuando la información que entra por los ojos es escasa, siento que la gente tiende de forma natural a mirarse por dentro. Yo también, mientras avanzaba por aquel camino nocturno con tan pocos estímulos, me puse a reflexionar sobre mí mismo.
¿Por qué quiero crear cosas?
¿Por qué, hasta este punto, intento cambiar de camino?
—De verdad… ¿por qué será?
El detonante estaba claro. En medio de los intercambios que había tenido hasta ahora con Kawasegawa, aquella «carta» que me llegó de repente de parte de Tsurayuki. Eso me conmovió y me dio un empujón para seguir adelante.
Pero sentía que solo con eso no bastaba para cambiar una vida. Algo más fundamental, algo en lo más profundo de mi corazón, era lo que de verdad me estaba impulsando. Tal vez por eso había llegado hasta aquí, para darle una forma concreta a ese algo.
La profesora no me preguntó por qué quería volver a ser creador. No sabía si era por amabilidad, o si se trataba de una reprimenda silenciosa, como diciendo que ese tipo de respuesta debía encontrarla por mi cuenta.
No lo sabía… pero aun así, por fin, dentro de mí empezaba a vislumbrarse una respuesta difusa.
—Es por algo en lo que pueda creer… supongo.
Eso que Kuroda tenía y yo no. Y que Matsuhira-san también poseía.
Más allá de la admiración, el deseo o la diversión, existía algo fuerte y pesado. Sentía que, por primera vez, aquí había logrado aferrarme un poco a ello.
—Ya falta poco.
Cosas que resultan difíciles de obtener en la vida cotidiana. Cosas que solo pueden lograrse en el mundo de la creación. Aquello que nace cuando todos ponen de su parte y se enfrentan con seriedad.
Estoy seguro de que fue por eso que regresé al camino de la creación.
—Ya casi… creo que puedo ponerlo en palabras.
Mientras observaba la zona del edificio de los clubes, avancé despacio por el camino trasero.
El camino nocturno de primavera no era ni demasiado caluroso ni demasiado frío; era perfecto para caminar. El aire que rozaba mi piel tenía algo de suavidad y, como si se filtrara poco a poco, fue despertando recuerdos.
¿Había sido después de aquella fiesta de bienvenida?
Cargué a Shinoaki, borracha, a la espalda y recorrí este mismo camino de regreso a la casa compartida.
Mientras por todas partes resonaban las voces de los estudiantes, solo aquí reinaba un silencio que parecía de otro mundo.
Y entonces, ella y yo hablamos de muchas cosas.
—No tenía confianza en mí en aquella época.
Había llegado casi por inercia a la geidai, y me sentí completamente abrumado por el talento de todos.
Era una época en la que no dejaba de preguntarme si de verdad estaba bien quedarme allí tal como estaba.
Shinoaki, a quien se lo confesé con total franqueza, fue quien me salvó.
«La gente que no sabe hacer nada anda desesperada buscando algo que sí pueda hacer».
Todos éramos así. Todos luchábamos con todas nuestras fuerzas.
El haber podido pensar eso en aquel entonces fue lo que, creo, me permitió esforzarme durante los cuatro años que siguieron.
Pero han pasado diez años, y yo sigo buscando qué es lo que puedo hacer.
No puedo evitar reírme de lo poco que he avanzado.
—¿Cómo… se lo voy a transmitir?
Ha vuelto a surgir algo que quiero crear. Quiero hacerlo junto a Tsurayuki, Nanako, Kawasegawa, Kuroda, Saikawa, Hikawa, Takenaka-san… con todos ellos.
Y, por supuesto, con Shinoaki.
Pero, de verdad… ¿cómo?
Averiguar sus datos de contacto no sería tan difícil. Siguiendo alguna ruta, debería ser posible hacerle llegar un mensaje.
Pero el problema no es ese. No es eso.
—¿Qué… le voy a decir?
Al recordarla, el dolor en el pecho se hacía aún más intenso.
Ella siempre había confiado en mí.
Desde el principio hasta el final. Hasta aquel día, hace seis años, cuando le dije que tomaría un camino distinto.
Y ante eso… ¿qué pude hacer yo?
Cuanto más lo pensaba, más me dolía su bondad.
Aun así, si voy a hacerlo, tengo que decírselo.
Decirle qué fue lo que pensé durante estos seis años… no, durante los diez años desde que entré a la universidad.
Por qué intento volver otra vez al camino de la creación, y cuál es la razón de ello.
—……
El viento sopló y los pétalos de cerezo se elevaron en el aire.
Al ser un camino secundario, por la noche se volvía oscuro y difícil de ver hacia adelante. Por eso, a intervalos regulares, se habían encendido farolas.
Los pétalos caídos y los que se habían ido acumulando se superponían arrastrados por el viento. El paisaje, teñido de un rosa de cerezo que parecía arrebatar la vista, terminó por aquietarse y se disolvió en la oscuridad.
De manera vaga, algo se hizo visible más adelante.
Gracias a la luz de una farola, aquello estaba iluminado y proyectaba una sombra. Dentro del óvalo de luz, emergió la silueta de una pequeña figura.
Por su tamaño, por la suavidad de su porte, me resultaba familiar.
—Kyoya.
Escuché una voz.
Pero no era una voz surgida de lo más profundo de mis recuerdos.
—¿Eh? —Las palabras se me escaparon sin pensarlo—. ¿Por qué…?
Habían pasado seis años desde que todos partimos de este lugar.
En Osaka, en el extremo más al sur, en medio de una noche tan oscura como esta.
¿Por qué estaba ella aquí? No lo entendía en absoluto.
—Shinoaki… ¿por qué?
A la persona a la que llamé por ese nombre tan añorado, también aquí, como si el tiempo se hubiera detenido, me respondió con una sonrisa suave y apacible.
◆
Él fue guiado por su maestro y abandonó aquella ermita.
En primavera, incluso en las tierras de ese otro mundo, los cerezos dejaban caer sus pétalos. Mientras caminaba, recordó el motivo que lo había llevado a unirse a la resistencia.
Una joven hechicera de talento extraordinario que, sin embargo, no había logrado hacerlo florecer.
Por ella, consiguió un mineral cargado de poder mágico, y gracias a ello la muchacha pudo obtener fuerza.
Y ahora, él se encontraba de pie frente a esa misma joven.
La joven lo necesitaba. No solo como miembro de la resistencia, sino, más aún, como alguien importante para ella.
Sin embargo, él ni siquiera fue capaz de mirarla a los ojos.
Si lo pensaba bien, no había hecho más que romper promesas. Aun sabiendo que la joven lo necesitaba, no había podido regresar a la resistencia.
Quizá ella pensara: «¿Y ahora qué?», se dijo él con vacilación. Justo entonces, fue la propia joven quien comenzó a acercarse lentamente hacia él.
…¿Caminamos juntos?
Mientras recorrían aquel lugar lleno de recuerdos, fueron rellenando el tiempo en blanco que los separaba.
◆
Es como si estuviera dentro de un sueño, o dentro de un recuerdo.
La oscuridad, la tenue luz, todo estaba cubierto de pétalos de cerezo.
Desde lo más profundo de la noche se oían débilmente sonidos de coches y trenes, que, por el contrario, parecían intensificar aún más la sensación de irrealidad.
Estoy caminando junto a Shinoaki.
Hace diez años, caminábamos exactamente así, los dos juntos.
Como entonces, hablando de cosas triviales, sin importancia.
—Kyoya, ¿y ahora qué estás haciendo?
—Pues… cosas normales. Trabajando. ¿Y tú, Shinoaki?
—Yo también estoy trabajando, como ilustradora.
—Parece que te va bien… Siempre estoy pendiente de tu trabajo.
Shinoaki respondió con un «gracias», pero su aspecto no parecía muy animado.
¿Estará ocupada con el trabajo?
Sabía, por supuesto, que era una ilustradora de éxito, pero, en realidad, no conocía los detalles de su situación laboral.
Antes, incluso el encargo más pequeño lo tenía perfectamente claro.
Aunque caminábamos igual que antes, el tiempo que fluía entre nosotros era distinto.
Ya no conozco nada sobre Shinoaki.
No sé qué hace, qué la preocupa, ni qué cosas la hacen feliz.
No sé por qué no ha publicado ni un solo artbook . Ni por qué no muestra nada de su vida fuera del trabajo.
Ni tampoco por qué ahora está caminando a mi lado.
—¿Por qué estás aquí? —le pregunté aquello que me había estado rondando la cabeza.
—Se lo oí a Eiko-chan. Me dijo que estabas aquí, Kyoya.
La explicación fue sencilla.
Por el tema del proyecto, Kawasegawa había estado buscando el contacto de Shinoaki y consiguió hablar directamente con ella por llamada.
Como era natural, mi nombre salió en la conversación. Shinoaki dijo que quería hablar conmigo, y Kawasegawa le contó dónde me encontraba.
Aun así… había algo que no terminaba de encajar.
—Podrías haberle pedido mi número o mi RINE.
Aunque era evidente que estaba en la universidad de artes, el campus era enorme, y pensar que podríamos encontrarnos así era una coincidencia demasiado improbable.
De hecho, yo estaba intentando volver por un camino trasero, y la posibilidad de que ambos pasáramos por allí a esa hora era prácticamente inexistente.
La respuesta de Shinoaki fue:
—Quería verte en persona y hablar contigo.
No era lo que esperaba oír.
—¿Viniste hasta aquí solo para eso…?
Ella asintió con un «sí».
—…Ya veo.
¿A qué se refería exactamente?
¿Lo diría con palabras mientras seguíamos caminando?
¿O sería mejor que yo hablara primero?
Una ansiedad imposible de describir empezó a expandirse dentro de mí. Los seis años de vacío, mi ausencia, comenzaron a darme miedo poco a poco. Ella parecía no haber cambiado en absoluto, pero ¿seguía siendo realmente Shinoaki? ¿O solo lo parecía?
El aire tibio adquirió peso y me presionó desde la cabeza hasta los pies, como si intentara aplastarme contra el suelo, enterrarme bajo tierra y sepultarme en una oscuridad verdadera.
¿Y si, por lo que yo dijera ahora, todo se terminara?
Estas palabras deberían apuntar hacia el futuro… pero ¿y si acababan convirtiéndose en palabras de destrucción?
Respiré hondo.
—Shinoaki, eh… yo…
Al llamarla, sus pasos se detuvieron.
Como si acompañara ese movimiento, el sonido del viento también cesó.
En silencio, poco a poco, como copos de nieve de algodón, los pétalos comenzaron a caer.
—Estuve trabajando en otras cosa, pero no pude evitar querer volver a crear… y por eso…
Ni de lejos fui capaz de pedirlo de una forma elegante.
Me di cuenta de que las razones que había preparado, llegado el momento, no podían salir de manera ordenada ni clara.
Mientras intentaba ahuyentar a la fuerza la ansiedad que brotaba dentro de mí, dije:
—Quiero crear juntos. Contigo, Shinoaki. Puede que pienses que ahora ya es demasiado tarde, que qué estoy diciendo… ¡pero aun así…!
El viento, que se suponía había cesado, volvió a soplar. Hasta entonces había sido una brisa cálida y primaveral, pero de pronto trajo consigo un aire frío.
Ella se dio la vuelta. Se puso frente a mí y tenía una expresión triste.
—…Habíamos hecho una promesa.
Sentí como si algo hubiera sonado.
No sabía si había sido un estallido o un crujido.
Era el sonido de algo que se había hecho añicos con esas palabras.
—Shi… Shinoaki… —pronuncié su nombre con la voz quebrada.
Quería decírselo en persona.
La ansiedad que me había acompañado todo ese tiempo. Y la promesa.
La que habíamos intercambiado hace diez años.
«Kyoya, ¿qué es lo que quieres crear?»
«¿Qué es lo que…?»
«Lo que quieres crear. ¿Tienes algún objetivo?»
«Sí, lo tengo.»
«¿Y no me lo puedes contar?»
«…Ahora todavía no.»
«Qué pena~. Pero me esforzaré para que me dejes formar parte de ese grupo.»
Crear juntos. Estar juntos. Quería que estuviéramos juntos.
Mi deseo y el de ella. Frente a esa promesa, ¿qué hice yo?
Sin saber nada. Sin darme cuenta de nada.
Con su expresión triste y esas palabras, yo…
Lo siento, Shinoaki.
Debía disculparme. Esto no iba de planes ni de proyectos.
No cumplí la promesa.
No pude invitarla a formar parte de esa obra tan importante.
Ni siquiera pude estar a su lado.
Pedir perdón y, esta vez sí, ponerle fin.
—Kyoya…
De pronto dijo mi nombre, y levanté la vista.
Shinoaki abrió su bolso y sacó algo de su interior.
Luego llevó ambas manos hacia atrás y dijo:
—¿Me das tus manos?
Era la misma sonrisa amable que me había estado mostrando todo ese tiempo.
◆
La muchacha siguió caminando junto a él.
No hablaron de nada especial.
Cosas como el clima, o que todavía hacía frío.
Sobre lo que les aguardaba más adelante, ninguno de los dos dijo nada.
Él tenía miedo de que, si hablaba por iniciativa propia, todo se rompiera.
Sobre la promesa que había hecho con la muchacha y que no había podido cumplir.
Se preguntaba cuándo sacaría ella el tema. Y cuando eso ocurriera, qué sería capaz de decir él.
Al cabo de un rato, los dos llegaron frente a una estela de piedra situada en lo alto de una colina.
Para él, era un lugar imposible de olvidar.
Había sido arrojado a un mundo extraño y solitario, donde no conocía a nadie.
Confundido con un monstruo, había huido desesperadamente, luchando por su vida.
En medio de un miedo extremo, pensando que quizá moriría allí mismo…
Fue entonces cuando conoció a la muchacha, y ella lo salvó.
Después de eso, habló con ella muchas veces en ese mismo lugar.
Todos viven cargando con algún tipo de miedo.
Así que no pienses que eres el único.
La muchacha también tenía un pasado en el que había sido apartada.
Poseía un poder especial, pero no había sabido aprovecharlo del todo.
Y poco a poco, él fue haciéndose más fuerte.
La muchacha también se había vuelto fuerte.
Por aquella época, los dos intercambiaron una promesa.
El hecho de haber llegado a ese lugar…
Él se preparó para lo inevitable. Cerró los ojos y se arrepintió de lo que había hecho.
Pensó que allí sería donde se despedirían para siempre.
Por eso, quizá, había venido deliberadamente a ese sitio.
Al final, había llegado tarde. Demasiado tarde.
Cuando se decidió y abrió los ojos, la muchacha estaba de pie frente a él, mirándolo.
En la mano que le extendía, había una carta.
Le resultaba familiar. La tomó y miró su contenido.
Construyamos un país ideal. Vivamos allí los dos juntos.
Sobresaltado, alzó el rostro.
◆
—¿Mis manos…?
—Sí, las dos. Con las palmas hacia arriba, —Shinoaki asintió suavemente.
Tal como me indicó, extendí ambas manos. Al poco, algo fue depositado en ellas con cuidado.
Era un libro, envuelto en una bolsa de papel. Le pedí permiso con la mirada para abrirlo, y ella asintió lentamente.
Con cautela, saqué el libro del interior.
—¿Eh… aah…?
Al ver la portada, se me escapó la voz sin querer.
Era imposible olvidarlo. Aquella ilustración que había visto tantas veces en el mundo en el que había estado antes, y también nada más entrar a la universidad, en el monitor de su habitación.
—Es… Sunflower…
Era un libro de ilustraciones.
Algo que me había salvado una y otra vez, y que había cambiado mi vida.
Y ahora, incluso en este mundo, se manifestaba como una realidad.
No debería haber estado anunciado para su lanzamiento. Eso significaba que debía de ser algo hecho muy recientemente.
—¿Esto es… para mí?
¿Había venido solo para entregármelo?
Shinoaki seguía sonriendo con dulzura, y señaló la portada del libro de ilustraciones.
—¿Eh? Aquí… ¿qué es esto?
Apresuradamente, miré la parte que señalaba.
—¿Pétalos… amarillos?
Si uno miraba con atención, justo en la parte inferior de la portada había algo pequeño y amarillento, como algo que ondeaba suavemente.
Lo que pensé que eran pétalos, enseguida reveló su verdadera naturaleza.
Había letras escritas. Era un post-it.
—¡¿Esto es…?! —Al instante lo entendí.
Era algo con lo que había pasado la mayor parte de mi vida universitaria.
No había forma de olvidarlo.
Leí de inmediato las palabras escritas allí.
—«Crear entre todos la mejor obra posible».
No pude emitir sonido alguno.
De aquella sola hoja empezaron a desbordarse, una tras otra, todas las cosas a las que conducía.
—Ah… aah, ah… —las manos me temblaban. No, era todo el cuerpo el que estaba temblándome.
Shinoaki empezó a caminar lentamente hacia mí.
—Hace seis años…
Poco a poco, muy despacio.
—De repente, te mudaste, Kyoya-kun…
Sí. Sin decir nada a nadie, yo…
—La habitación estaba vacía, y tú ya no estabas…
Shinoaki recorrió la habitación con pasos lentos.
Dentro de aquella habitación de la que había desaparecido todo,
—Esto era lo único que quedaba.
Encontró algo tirado allí, solitario.
—Pensé que algún día te lo daría. Porque… —Shinoaki estaba ahora frente a mí—. Habíamos hecho una promesa, ¿recuerdas? Que crearíamos algo todos juntos. Por eso lo escribiste en esto, para no olvidarlo, ¿verdad?
Una sonrisa.
La sonrisa de ella, capaz de envolver por completo mi torpeza, mis ideas estúpidas, todo.
Yo solo me quedé allí, atónito, mirándola.
Todo estaba conectado. Todo había estado conectado desde el principio.
Las palabras que me habían dicho Kawasegawa, y luego la profesora, ahora tomaban forma.
—Yo quiero dibujar, Kyoya-kun. —Y Shinoaki continuó—: Hagámoslo juntos.
Se rompió el dique.
Ya daba igual lo patético que fuera, lo poco elegante que me viera; mis emociones se desbordaron hasta el punto de que nada de eso importaba.
—Aaah… aaaaaah…
De ambos ojos empezaron a caer lágrimas en una cantidad infantil, rodando sin parar. Las piernas que creía tener firmes cedieron solas, y terminé cayendo de rodillas.
Era un post-it hecho como un amuleto, a la vez una advertencia para mí mismo y un juramento.
Cuando se volvió evidente que no podría cumplirlo, lo tiré sin cuidado dentro de una bolsa de basura. Salí sin mirar atrás, apartando la vista.
Y aun así, volvió a mí de esta forma.
No quiero despacharlo con palabras como «destino» o algo por el estilo.
Mientras lloraba como un niño, pensaba.
¿Por qué me había aferrado tanto a la creación? ¿Por qué había tomado la decisión de volver?
Es por el poder.
Un poder abrumador que, desde la infancia, la adolescencia y hasta ahora, arranca en un instante la torpe máscara que uno construye, por mucha solidez social o conocimiento que haya adquirido. Un poder absoluto que destruye sin esfuerzo las puertas más gruesas y duras que uno levante en su corazón.
Yo había sido testigo de esos milagros una y otra vez.
Así como el juego que creó Kawasegawa me arrastró de nuevo a este mundo.
Así como la historia que escribió Tsurayuki encendió una llama en mi corazón.
Así como el colorido cuadro de los girasoles me sacó de un mundo gris.
Ante una existencia divina e irresistible, una y otra y otra vez, incontables veces, me conmoví y fui salvado.
Ya no puedo apartarme de ello. Voy a enfrentarme a este poder.
Sentía un calor que surgía desde lo más profundo de mi cuerpo. Comprendí que todo había vuelto a empezar.
—Ah… —Cuando por fin las lágrimas empezaron a calmarse, me di cuenta de algo.
Sobre mi cabeza, había estado rozándome todo el tiempo una sensación muy suave.
—¿Qué pasa, Kyoya-kun…?
Las manos amables de Shinoaki habían estado acariciándome la cabeza sin parar.
La noche fue avanzando, y el aire se volvió cada vez más frío.
—Gracias, Shinoaki.
Recibí una calidez y una ternura que sentía demasiado grandes para mí.
Me puse de pie con cuidado y la miré a los ojos.
—Lo prometo.
Entendía bien lo pesado que era decir eso.
Aun así, sentí que debía decirlo allí y en ese momento.
—Ya no volveré a decir que renúncio. Crearemos algo todos juntos. La mejor obra posible. Reuniré tus dibujos, Shinoaki, los dibujos que tanto amo, y todo lo que creen los demás.
Shinoaki abrió un poco los ojos, sorprendida.
—Sí, —y enseguida volvió a sonreír con dulzura—. Si lo dices tú, Kyoya-kun, seguro que será una obra maravillosa.
Sentí una sensación de picor en lo más hondo de la nariz.
Intenté aguantarme, pero al final fue imposible.
—Jejé, hoy no has hecho más que llorar, ¿eh?
—Perdón… gracias, Shinoaki.
La promesa de hace diez años comenzó a moverse hoy, diez años después.
Ya no hay forma de detenerla.
◆
Al amanecer, terminé de escribir el argumento y envié un correo al departamento editorial.
—…Bueno, ¿qué tal?
Ahora que lo pensaba, había sido una vida estudiantil en la que siempre me apoyé en él.
Me convertí en escritor, me convertí en Kawagoe Kyoichi, y al quedarme solo encontré el significado de pensar por mí mismo.
Por eso, ahora debería ser capaz de comprender más profundamente el sentido de crear algo entre todos.
No sabía qué iba a pasar de aquí en adelante.
Pero si alguna vez creábamos algo entre todos, podría estar seguro de que estos seis años habían tenido sentido.
La preparación estaba completa. Solo faltaba una persona.
—¿Hm?
La luz del amanecer empezó a iluminar el interior de la habitación.
En el instante en que se reflejó en la pantalla del móvil y el brillo blanco impidió ver lo que mostraba…
…Sonó el tono de llamada.
Seis de la mañana. Demasiado temprano. A esa hora, normalmente ignoraría cualquier llamada que no fuera de mi editor.
Pero miré la pantalla. Tuve un presentimiento.
—…………
Me quedé sin palabras.
Nunca había borrado su número; siempre lo mantuve registrado.
Cambié del celular plegable al smartphone, y luego de uno a otro muchas veces, pero ese nombre siempre siguió ahí.
Quizá por si ese momento llegaba algún día.
Creo que estaba nervioso. Después de todo, habían pasado seis años.
Pero el nerviosismo se disipó enseguida.
—…¡Te tardaste lo tuyo, Kyoya!
No importaba si estaba riendo o llorando.
Por fin habías llegado, Kyoya Hashiba.
El regreso de nuestro protagonista.
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