Optimizando al extremo mi build de juegos de rol de mesa en otro mundo

Vol. 9 Canto 2 Final Parte 2

Después de recibir una feroz reprimenda de Kaya, pasé los siguientes tres días descansando como es debido. Me aseguré de no hacer nada demasiado exigente, pero utilicé mi maná para acelerar el proceso de curación. Tampoco era nada sofisticado: simplemente aumentaba mi metabolismo para que mi cuerpo sanara más rápido. Existía una habilidad que permitía usar maná para repararte directamente desde el interior, pero costaba una barbaridad de experiencia, así que tuve que conformarme con este método más lento.

No era la gran cosa, pero mejor que nada, así que puse empeño en avanzar en mi recuperación. Los ungüentos para la cara dolían y apestaban diez veces más que los que usaba para aliviar mis hombros rígidos.

Las gotas para los ojos eran un tormento por sí solas: como si me frotaran una cucharada de wasabi directamente en la córnea, ardían de una forma indescriptible y me dejaban el ojo llorando durante horas. Sinceramente, estaban al nivel de la reacción alérgica que tuve con el polen del maldito cedro. Pero este tratamiento eliminaba las toxinas residuales de Beatrix, así que, una vez más, no me quedaba otra que aguantar.

Y una última queja: los medicamentos hacían que me picara la cara de una forma insoportable durante toda la noche. Era tan molesto que apenas podía dormir. Sumado a los efectos secundarios dolorosos de haberme arreglado los huesos recientemente, empezaba a preguntarme si Kaya me estaba dejando lidiar con todo esto para darme una lección. Probablemente su lógica era algo así: si curarse fuera fácil e indoloro, la gente se lanzaría al peligro una y otra vez, convencida de que una poción lo arreglaría todo sin consecuencias.

—¿Oh…? Ya puedo ver otra vez…

Me quité con cuidado la venda del ojo —procurando no tocar el globo ocular— y miré mi reflejo en el espejo de mano. La esclerótica seguía blanca como cera, pero podía ver. La visión aún estaba algo borrosa, pero al menos ya podía escribir. Había estado redactando algunos informes usando solo el ojo derecho, pero cuando le pedí a Margit que revisara mi borrador —era mi correctora de confianza—, su primer comentario fue:

—¿Se supone que esto debe ir tan inclinado hacia arriba?

Probablemente, como no había tenido demasiados problemas para agarrar cosas con un solo ojo, asumí que mi percepción de profundidad también estaba bien, pero claramente no era así. Usé una regla para comprobarlo y, efectivamente, se desviaba de forma horrible. Decidí que cualquier escritura que tuviera que quedar presentable tendría que esperar hasta recuperarme del todo. Pronto recibiría a un enviado de la Asociación; me alegraba haber mejorado justo a tiempo.

Justo cuando iba a mojar la pluma en el tintero, sentí una presencia extraña en mi habitación provisional dentro del taller.

Me levanté y preparé mi cuchillo feérico, pero lo único que obtuve como respuesta fue un pequeño suspiro.

—Te cuesta reunir tu encanto habitual. Esperaba algo mejor de nuestro primer encuentro nocturno en tanto tiempo.

—¡Señorita Nakeisha!

El suspiro y la voz —con ese matiz apagado tan particular— provenían de una conocida sepa aferrada al exterior del marco de la ventana, con el rostro tan rígido e inexpresivo como el de una muñeca. ¿Qué hacía aquí mi vieja némesis de mis días trabajando encubierto para el Imperio, rondando en este miserable rincón? Claro, Ende Erde seguía siendo parte del Imperio, pero era tan remoto que para muchos parecía más un país extranjero que su hogar. Ni siquiera me había avisado de que vendría de visita.

—Ha pasado bastante tiempo, Erich, —dijo—. Me gustaría decir que me alegra verte en buen estado, pero…

—Sí, con mi cara como está, solo podría tomármelo como la más burda de las ironías.

—En efecto… Ahora, ¿podrías abrir la ventana? Hay algo que deseo discutir.

Tras unos segundos de pensarlo, abrí la ventana. La Señorita Nakeisha deslizó su largo cuerpo con destreza hacia el interior, sin siquiera tocar el marco, y aterrizó sin hacer ruido. Reajustó su postura antes de hablar de nuevo.

—Primero, toma esto. Hoy estoy aquí como emisaria del Marqués Donnersmarck.

—¿Una emisaria? ¿A estas horas? No estoy seguro de que los enviados suelan presentarse en plena noche.

La Señorita Nakeisha reveló sus cuatro brazos desde las mangas de su capa. Primero me mostró las palmas, luego el dorso de las manos, y después las palmas otra vez. Era una señal de confianza usada por quienes se movían en los rincones más oscuros del mundo. Respondí del mismo modo y, con un giro, devolví mi karambit feérico a la manga.

Aunque era cierto que habíamos luchado hasta casi matarnos en múltiples ocasiones, cuando nuestras lealtades externas quedaban de lado, se podía confiar en ella. Su amo, el Marqués Donnersmarck, era un personaje bastante… voluble. Incluso después de que Lady Agripina lo aplastara por completo, siguió adelante sin inmutarse con todos sus otros planes en marcha. Había sido un enemigo, pero a menudo uno con el que no teníamos más remedio que cooperar. No era alguien en quien se pudiera confiar plenamente, pero sí hasta cierto punto, o al menos su traición podía preverse dentro de márgenes tolerables.

O quizá, pensándolo mejor, en este caso había sido Lady Agripina quien había sido un poco demasiado complaciente. Había luchado con el marqués por la sucesión del condado de Ubiorum, pero aun así se abalanzaba sobre sus intrigas con total naturalidad si la balanza se inclinaba a su favor.

Y así, nosotros, los subordinados, quedábamos atrapados en un mareante vaivén: de enemigos a aliados y de vuelta otra vez, una y otra vez…

Con tres de sus manos aún visibles, metió una en su capa y sacó una sola carta. En el sello figuraba el emblema del Marqués Donnersmarck: un león dormido, coronado.

—¿Una solicitud para hacerse cargo de ellas…? —murmuré.

La caligrafía fluida de la carta —tan meticulosa que la mayoría de la gente no acostumbrada a la escritura elegante no podría leer ni la mitad— pedía, en un tono medido que me sorprendía viniendo de un antiguo enemigo, que las cinco aventureras conocidos como el Clan de la Copa Solitaria fueran entregadas bajo la custodia del Marqués Donnersmarck.

No se trataba solo de una petición independiente del marqués. Dentro del sobre había otra carta de Lady Maxine dando su propio consentimiento; por la caligrafía y el sello con forma de trébol, no me cabía duda de que era suya. Las cartas podían falsificarse, sí, pero sus peculiaridades personales —desde la inclinación de sus mayúsculas hasta los espacios entre palabras— indicaban que la había escrito ella misma. En resumen, decía que debía acceder a la petición del Marqués Donnersmarck, por la seguridad de todo Marsheim.

Sus intenciones eran obvias. No buscaba interrogarlas; quería añadirlas a su lista de subordinados.

—¿Las conoces? —pregunté.

—No personalmente. Mi abuelo sí. Y no las llamaría tanto conocidas como… enemigas.

—¿Cómo así?

—Ellas fueron quienes mataron a mi abuela.

De acueerdo… eso es fuerte. No era algo raro en el mundo de los asesinos, pero escucharlo de primera mano resultaba bastante deprimente.

—Pero eso quedó en el pasado, —continuó la Señorita Nakeisha—. Asesinos y espías se matan entre sí. Así es la vida. Llevar el odio fuera del trabajo solo acorta tus propios días.

Realmente no entendía qué hacía funcionar a estos profesionales. Comprendía las responsabilidades hacia el trabajo, pero para mí la venganza se ejecutaba de inmediato o se planeaba con cuidado para después. No tenía esa capacidad de compartimentar mis emociones solo porque «era trabajo».

Bueno, dejando de lado lo que sentía por aquellos a quienes había matado por errores verdaderamente graves.

Nuestras formas de ver la vida eran completamente distintas. Incluso si entendía la lógica detrás de sus palabras, no podía compartirla. Era inquietante darse cuenta de lo diferentes que éramos.

—Se sospecha que estuvieron involucradas en ciertos asuntos más cercanos al centro del Imperio, —dijo la Señorita Nakeisha—. No había pruebas suficientes, y el marqués tuvo disputas con la Asociación en su intento por obtener información.

—Pero ahora tiene el derecho moral de investigar…

—En efecto. Ha aprovechado la conmoción en Marsheim para ventilar algunas de sus quejas. Al mostrarle a la Directora de la Asociación, Lady Maxine Mia Rehmann, ciertos beneficios que podría obtener, ha logrado asegurar la custodia de ellas.

Como siempre, la Señorita Nakeisha hablaba sin mover los labios. Me era imposible medir las verdaderas intenciones que se ocultaban bajo su belleza casi sobrenatural.

Lo que sí podía deducir era que, si Lady Maxine había dado su consentimiento, entonces el Marqués Donnersmarck probablemente había echado una mano para mantener el orden público en Ende Erde. Parecía que Lady Maxine había decidido que, en lugar de aplicar un castigo adecuado, encubrir el asunto tendría mejores implicaciones a largo plazo para Marsheim. Era el tipo de realpolitik [1] encubierta que difícilmente se vería en la Tierra. Resultaba inquietante pensar en los hilos que podían moverse si la persona adecuada así lo deseaba. No estaba seguro del alcance de los crímenes de estas asesinas, pero ahí estaban, siendo entregadas al Marqués Donnersmarck simplemente porque él lo había decidido. No tenía nada de legal.

—¿Cómo se llevará a cabo la entrega? —pregunté.

—Mañana llegará un carruaje de la Asociación para recogerlas. Sin embargo, ocurrirá un desafortunado incidente en el que intentarán escapar y serán asesinadas. O al menos, esa será la versión oficial. No te preocupes, esto no tendrá ninguna implicación negativa para ti.

En cuanto las asesinas salieran de nuestra custodia, la responsabilidad pasaría de la Hermandad de la Espada a la Asociación. Parecía que ya tenían todo preparado.

Aunque el Clan de la Copa Solitaria hubiera sido descartado por la comunidad de aventureros de Marsheim, parecía que el Marqués Donnersmarck tenía sus propios planes. Había oído que, tras la paliza que le dio Lady Agripina, había perdido varias piezas útiles, así que no era difícil imaginar que buscaba reforzar rápidamente sus filas.

En ese caso, me preguntaba por qué se había molestado en explicarme todo esto. Nada justificaba la carta traída por la Señorita Nakeisha. Mientras obtuviera la aprobación de Lady Maxine, podría haber organizado un secuestro rápido cuando nadie mirara y salirse con la suya sin que nadie supiera que el Clan de la Copa Solitaria había pasado a estar bajo su jurisdicción.

—¿Cuál es el plan del marqués en todo esto? —pregunté.

—¿Quién puede saberlo? Sus planes se desarrollan en una escala que alguien como yo no puede comprender. ¿Debo recordarte que es un matusalén?

Tenía razón: era difícil empatizar con alguien que no operaba bajo las mismas limitaciones de tiempo que nosotros, los mortales. Mientras nosotros solo podíamos centrarnos en lo que traería el próximo mes, personas como él podían prepararse para eventos que tendrían lugar dentro de medio siglo. Sin duda debía idear toda clase de preocupaciones ajenas para llenar su tiempo libre. Una paciencia así escapaba a cualquier comprensión humana.

—Lo que sí puedo decir es que desea ver estabilidad en esta región occidental, —añadió la Señorita Nakeisha—. ¿Sabías que el Marqués Donnersmarck y el Conde Ubiorum tomaron el té el otro día?

—Sí, eso suena a que va bastante en serio.

Ni siquiera podía imaginar qué pasaba por la cabeza de alguien que se acercaría a su objetivo principal de asesinato y le diría: «Oye, ¿te apetece que planeemos algo malvado juntos?». Aunque tampoco tenía idea de qué tipo de persona sería capaz de aceptar algo así…

—Ahora bien, Erich. El Marqués Donnersmarck ha dicho que, si así lo deseas, estará encantado de permitirte integrar al Clan de la Copa Solitaria bajo tu control personal.

—¿Eh?

No pude evitar el extraño sonido que se escapó de mis labios. ¿Qué estaba diciendo?

—La Hermandad de la Espada parece carecer de personal para operaciones encubiertas. Puede que tengas a una miembro bastante capaz, pero creo que el hecho de que haya centrado sus esfuerzos en vigilar al Clan de la Copa Solitaria es lo que ha hecho tan fácil que yo llegue directamente a tu ventana. ¿No crees que, tal como están las cosas, será un poco difícil dormir tranquilo por las noches?

Era tal como decía la Señorita Nakeisha: Margit estaba concentrando toda su energía en mantener bajo vigilancia al Clan de la Copa Solitaria, lo que dejaba nuestra defensa general limitada. A pesar de su rostro inexpresivo, parecía ligeramente orgullosa de haber atravesado nuestro perímetro. Tenía gente de guardia en turnos rotativos, pero no eran precisamente los mejores exploradores que había visto. Les sería prácticamente imposible detectar a alguien como ella si se proponía pasar desapercibida.

A medida que nuestra organización crecía, se hacía cada vez más evidente que nuestros combatientes de primera línea, tan directos, eclipsaban los pocos recursos que teníamos en los ámbitos arcano, divino y encubierto.

Me pregunté de dónde habría obtenido información sobre el tamaño de nuestra organización. ¿Habría habido una filtración entre el padre de Gerrit y sus contactos?

Esto era frustrante. Detestaba que me consideraran una pieza más en el tablero del Marqués Donnersmarck. Aún no entendía por qué le beneficiaría mantener las cosas bajo control aquí, pero sí sabía que, pese a su corazón retorcido, era bastante más fiable que los poderes locales, y parecía tener en mente los intereses del Imperio en cierta medida.

No sabía qué encontraba divertido Lady Agripina, pero había dicho que su sueño no era sacudir las casas imperiales, así que era fácil concluir que, fueran cuales fueran sus planes, no tenían nada de divertidos.

—¿Acaso no es tarea de un aventurero ayudar a guiar a sus compañeros de vuelta al camino correcto? —dijo la Señorita Nakeisha—. Eso mismo afirmó el marqués.

Sí, pensé, eso es cierto, ¡pero este trabajo es demasiado difícil!

No habíamos matado a ninguna, no, pero las habíamos dejado con cicatrices que cargarían toda su vida. Si jugaba bien mis cartas, podría hacer que me debieran algo y volverlas dóciles, pero ¿quién sabía cuándo decidirían volverse contra nosotros?

Lo que más valoraba en este mundo era la convicción. Ellas tenían la suya, pero me resultaba casi imposible reconciliarla con la mía. Si me preguntas, era mucho más aterrador dejar todo nuestro trabajo encubierto en manos de gente en la que no podías confiar que no tener nada en absoluto.

—Siento que puede ser demasiado, —dije—. Creo que, si la directora lo permite, lo mejor sería que el marqués los utilizara como considere.

—¿Ah, sí? Pensé que dirías algo así.

Como siempre, las cejas y la boca de la Señorita Nakeisha no se movieron, pero podría jurar que por un instante pareció aliviada.

Supongo que en realidad no importaba tanto. Ya fuera que recibieran castigo a manos de Lady Maxine, quedaran bajo la protección del Marqués Donnersmarck o trabajaran bajo mis órdenes, sus actos pasados no desaparecerían. Bajo el nombre de la redención y el destino, dejaría que el Clan de la Copa Solitaria tuviera cierta voz sobre lo que querían para su futuro. Si odiaban su destino, podían elegir acabar con sus vidas en ese mismo momento; o podían optar por empezar de nuevo bajo un nuevo mando. Viendo a la Señorita Nakeisha y a sus otros subordinados, el Marqués Donnersmarck parecía cuidar de los suyos.

—Bien, ahora me retiraré, —dijo la Señorita Nakeisha—. Me alegra verte en tan buen estado.

—Y a mí a ti. Habría odiado enterarme de que habías caído ante algún otro idiota.

—Como dije entonces, nos encontramos en las sombras. Nuestro próximo enfrentamiento llegará a su debido tiempo, estoy segura. Que nuestro siguiente campo de batalla sea uno grandioso.

Mientras la observaba deslizarse por la pequeña ventana como humo, tomé una profunda bocanada de aire. Había estado respirando con cautela desde que entró, pero al sentir que se había ido, dejé que la tensión se disipara.

Pensé que no volvería a tener nada que ver con ella. Fue toda una sorpresa que el Marqués Donnersmarck mostrara interés en Ende Erde. Creía que las raíces de este plan eran profundas, pero… ¿tanto?

—No voy a poder descansar bien en un buen tiempo…

Por un momento, fue como si estuviera de vuelta en la oficina, terminando por fin un gran trabajo, solo para girarme y encontrar una montaña de correos urgentes sin leer en la bandeja de entrada. Apenas había empezado a sondear las aguas turbulentas bajo la superficie de mi nuevo hogar.

No me arrepentía de haber decidido quedarme, pero tampoco podía decir que me entusiasmara lo que me esperaba. No me quedaba más que afilar mis habilidades y mantenernos a todos listos para el próximo enfrentamiento.

La verdad, ansiaba un jefe final de esos que puedes derrotar y cerrar la campaña con un lazo perfecto. Suspiré ante ese sueño imposible y me senté de nuevo en el escritorio, dispuesto a terminar mi informe.

 

[Consejos] El telón nunca cae en los grandes escenarios de ambición solo porque una figura central haya sido eliminada.



[1] Forma de hacer política basada en intereses prácticos y poder real, más que en ideales o principios. Prioriza resultados, estabilidad y ventaja estratégica, incluso si implica decisiones moralmente cuestionables o alianzas oportunistas.

 

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