El Jefe de Atelier Tan Despistado

Vol. 4 Capítulo 2. Kurt y el Atelier Naval Parte 2

 

Habían pasado ya tres días desde nuestra visita al astillero.

Este periodo en el que yo, Lieselotte, veníamos a estudiar en el Atelier Pombol, al igual que el de Sir Kurt, llegaba a su fin.

Después de eso, por fin podríamos centrarnos por completo en nuestro verdadero objetivo: la búsqueda de la Srta. Yuli.

Con la información que habíamos reunido hasta ahora, ya podíamos deducir en cierta medida dónde se encontraba. Más que buscarla, lo que realmente haría falta sería prepararnos para el encuentro y la negociación con Loretta Element, la señora de la isla.

Durante estos tres días, había estado pensando en todo lo necesario para ese fin.

—¿Cosméticos? ¿Eh? Pero si usted no suele maquillarse, Señorita Liese, ¿cierto?

Cuando le mencioné a Sir Kurt uno de esos elementos necesarios —unos cosméticos de buena calidad—, me señaló eso con cierto desconcierto.

—Así es. Siguiendo las palabras de mi madre: «cuando se es joven, no hay que esforzarse por embellecerse, sino por conservar la belleza que se tiene. El maquillaje innecesario solo interfiere con ello», me he dedicado más al cuidado de la piel que al maquillaje en sí.

—Su madre debe de ser una gran mujer.

—No es eso. Más bien, es gracias a la alta calidad de los productos de cuidado que usted ha dispuesto en el baño que he podido mantenerme fiel a esa enseñanza. Además, hasta ahora, la mayoría de las personas de alto rango con las que me he reunido eran hombres.

—¿Eh? ¿Entonces no se maquillaba porque eran hombres?

Su rostro mostraba una expresión que parecía decir: «¿No es precisamente para eso que las mujeres suelen maquillarse cuando se encuentran con hombres?».

—A mi edad, un maquillaje excesivo suele tener mala recepción entre los caballeros. De hecho, muchas veces el maquillaje es más una competencia de vanidad entre mujeres. En realidad, preferiría no preocuparme por nimiedades como esas, pero… esta vez, nuestra contraparte en la negociación será una mujer.

—Ya veo… Aunque, en realidad, usted está preciosa aun sin maquillaje, Señorita Liese.

—…¿¡Eh!? De-decir que soy preciosa así tan de repente… me ha hecho sonrojarme. —Sentí cómo mi rostro se encendía, una mezcla de alegría y vergüenza al mismo tiempo.

—Esto… ¿podría ayudar en algo?

Y entonces, dijo algo que me alegró aún más.

Pero… ¿qué podría pedirle?

Después de todo, en este Atelier ya tenían casi todos los cosméticos necesarios. Solo pensaba salir a comprar unas cuantas cosas que faltaban.

Por eso no era necesario que me ayudara con el equipaje… Aunque, claro, una cita de compras entre los dos tampoco sonaba nada mal.

¡Ah, claro!

—Sir Kurt, ¿sería capaz de fabricar cosméticos?

—¿Cosméticos? No es mi especialidad, pero puedo hacer lo básico. Aprendí cuando los hacíamos en conjunto en la aldea.

—En ese caso, me gustaría mucho que fuera usted quien los preparara, Sir Kurt.

Que Sir Kurt elaborara los productos que luego usaría en mi rostro…

En otras palabras, él se convertiría en una parte de mí. No… él se convertiría en mi rostro. No había honor más grande que ese.

Sí… decidiría conservar esos cosméticos que hiciera aquí y guardarlos en la cámara del tesoro de mi país. Y, cuando llegara el día de mi muerte, pediría que adornaran mi rostro con ellos como mi último maquillaje.

Aunque la muerte intentara separarnos, mi cuerpo pertenecería por siempre a Sir Kurt. Quería dejar constancia de esa voluntad mía.

—Ejé… Ejejé

—¿E-esto… Señorita Liese?

—¡Sí! Entonces, Sir Kurt, ¿dónde deberíamos comprar los ingredientes para los cosméticos?

—Veamos… en ese caso…

Sir Kurt me propuso algo. 

 

—Disculpen, Señorita Mail, Señorita Chichi. Gracias por ayudarnos incluso en su día libre.

—Se me ha encomendado atender a Lady Liese, así que no hay ningún problema.

—Y yo soy su escolta. Esto es parte de mi trabajo, después de todo.

—……

Yo había esperado poder disfrutar de una cita de compras, a solas con Sir Kurt. Pero él expresó su deseo de ir al bosque a recolectar ingredientes para los cosméticos.

Al principio, me pareció que no sería mala idea pasar tiempo juntos, solo los dos, en medio del bosque profundo. Sin embargo…

—Si es en el bosque, me han encargado varias veces trabajos de recolección en nombre del Sir Pombol, así que creo que podré guiarlo.

—Podría haber monstruos por ahí, así que iré con ustedes.

Entonces, la Srta. Mail y Chichi se ofrecieron a acompañarnos.

Naturalmente, Sir Kurt dijo que no quería causarles molestias, pero terminó aceptando su compañía.

Aunque Chichi sabía perfectamente que no hacía falta protección alguna, ya que Sir Kurt contaba con las Phantom como escolta.

—Por cierto, Caballero, ¿qué tipo de ingredientes tenemos que reunir para esos cosméticos?

—La mayoría son plantas. Planeo hacer alrededor de setenta tipos distintos, así que debemos recolectar una gran variedad.

—¿¡Setenta tipos!? ¿Realmente se necesita tanto?

—Sí. Ya que estamos, pensé en fabricar también cosméticos que puedan usar ustedes, Señorita Chichi, Señorita Mail, e incluso la Señorita Heil.

Aunque aun así, me parecía una cantidad excesiva.

—¿También preparará algo para mí?

—Yo no creo que necesite maquillaje, la verdad.

La Srta. Mail se mostró sorprendida, mientras Chichi torció un poco el gesto, como si le desagradase la idea.

Chichi… ¿acaso no valorabas la amabilidad de Sir Kurt?

Me resultaba inaceptable.

—…¡Ah! —Entonces, Sir Kurt alzó la voz de pronto y se detuvo en seco.

—¿Qué ocurre, Sir Kurt?

—Vaya… esto será un problema.

Antes de que él pudiera explicar nada, Chichi frunció el ceño.

¿Qué estaba ocurriendo?

A simple vista, lo único que había era un gran árbol levemente dañado…

—Estas marcas fueron hechas por los colmillos de un orco.

—¿Ah, por un orco?

Los orcos eran criaturas demoniacas con un rostro semejante al de un jabalí.

Tenían una personalidad violenta, poseían gran fuerza, y eran considerados más peligrosos que los goblins.

Dicho esto, su nivel de amenaza correspondía al rango D. Lo habitual era que un grupo de aventureros que acababan de superar la etapa de novatos se encargara de eliminarlos, así que incluso yo habría podido enfrentarme a uno sin demasiados problemas.

Claro que, para Sir Kurt —quien había perdido incluso contra goblins y limos—, una criatura como esa seguía siendo un enemigo formidable. Era natural que se amedrentara.

Sin embargo, me resultaba decepcionante que la misma Chichi, nuestra escolta, levantara la voz de esa manera.

Si uno se tomaba la molestia de investigar, encontraría que existían reportes de avistamientos tanto de goblins como de orcos en este bosque.

…¿Eh?

—Señorita Chichi, ¿acaba de decir que la marca fue provocada por los colmillos de un orco, verdad? ¿Acaso los orcos son buenos trepando árboles?

—Nunca he oído algo así.

—Entonces, ¿por qué esa marca está en una posición tan alta?

La marca del árbol atribuida al orco se hallaba a unos cuatro metros del suelo.

Si los colmillos estaban a esa altura, eso significaba que el orco debía medir más de cinco metros.

—Incluso entre los orcos, existen muchas subespecies… por ese tamaño, ¿podría tratarse de un «alto orco»? —Chichi murmuró aquello mientras examinaba la marca.

Un «alto orco» tenía una dificultad de exterminio de rango B. Cuando uno de estos era avistado en las cercanías de una ciudad, se le ponía precio a su cabeza de inmediato y se convertía en objetivo prioritario para una eliminación urgente.

—No, yo diría que es algo aún más peligroso… ¿No se tratará de un «señor orco»?

Sir Kurt se refería a un señor orco, un orco de clase señor que comandaba a más de un centenar de orcos. Su dificultad de exterminio era de rango A. Se le consideraba un monstruo de clase desastre, y por lo general era necesario que las órdenes de caballería nacionales intervinieran para hacerle frente.

Que una criatura así se encontrara en este bosque…

—¡Debemos regresar de inmediato y reportarlo al Gremio de Aventureros!

Justo cuando hice aquella propuesta, se oyó un sonido proveniente de los arbustos detrás de nosotros.

Un mal presentimiento se apoderó de mí.

En algún momento, Chichi ya se había puesto en guardia con la espada desenvainada.

—Sir Kurt, por favor, retroceda.

Le advertí aquello mientras comenzaba a recitar un hechizo.

Si de verdad se trataba de un señor orco, mi magia no serviría más que como distracción, pero aún así, cualquier recurso era mejor que nada.

Y cuando terminé de conjurar, aquello apareció.

…Era un goblin.

—¿Ah? ¿Un goblin? —Al ver aquella figura más pequeña que un ser humano, dejé escapar un suspiro de alivio.

Para personas sin aptitudes de combate, como Sir Kurt o la Srta. Mail, los goblins podían representar una amenaza, pero Chichi podía lidiar con él sola sin ningún problema.

—¡No bajen la guardia! —Aun así, Chichi alzó la voz con una firmeza punzante.

Me pareció exagerado… al fin y al cabo, era solo un goblin.

—¿Gi…? —El goblin nos vio, y entonces se precipitó hacia nosotros… no con la intención de atacar, sino como si estuviera escapando de algo—. ¡Giiiiiiiih!

Un instante después, una enorme mano emergió detrás del goblin y le sujetó la cabeza.

Seguido de eso, apareció el dueño de esa mano: una monstruosidad con el rostro de un cerdo cubierto por completo de un espeso pelaje, un señor orco.

Sin prestar atención a los forcejeos del goblin entre sus dedos, el orco lo llevó directamente a su boca…

—……¿¡!?

…Y lo devoró vivo.

Una de las manos del goblin cayó de su boca y, aunque apenas, sus dedos todavía se movían.

Intenté usar magia, pero el hechizo que había preparado lo había deshecho antes al pensar que solo se trataba de un goblin. Y si empezaba a conjurar otro en ese momento, corría el riesgo de que nos descubriera.

—¡¿Se encuentran bien?!

—¡Por favor, retrocedan!

Dos mujeres guerreras, vestidas como aventureras, aparecieron de la nada y se interpusieron entre nosotros y el orco.

Seguramente eran integrantes de Phantom, que hasta entonces habían estado ocultas entre los árboles.

Ellas poseían habilidades equivalentes al rango A dentro del gremio de aventureros, por lo que, si combatían en pareja, ni siquiera un señor orco debía representarles una amenaza.

De inmediato, una de ellas se abalanzó con su espada contra el señor orco.

Este parecía estar distraído tras haberse comido al goblin, y la hoja se le incrustó fácilmente en el pecho. No brotó sangre, sino un extraño líquido blanco que salpicó por el impacto.

La Phantom intentó empujar la espada aún más, pero entonces Chichi gritó:

—…¡No lo hagas!

—¿Qué…?

La espada de la Phantom se detuvo justo al clavarse, sin poder avanzar ni retroceder.

Por más fuerza que hiciera, no podía ni hundirla más ni extraerla.

El señor orco, como si no le importara tener una espada en el pecho, terminó de devorar al goblin y luego contrajo los músculos.

Con ello, la espada se partió con una facilidad aterradora.

A pesar de su aspecto simple, aquella espada estaba hecha de hierro reforzado mediante alquimia. Y aun así, había sido destruida solo con los músculos pectorales…

Cuando la hoja cayó al suelo, el señor orco tomó a la Phantom de la cabeza.

¿No… no sería capaz de…?

—Te lo encargo…

Murmuró la Phantom atrapada justo antes de que su compañera envainara la espada y se lanzara corriendo hacia nosotros.

—¡Uh! —Entonces, golpeó con la empuñadura del arma el abdomen de Sir Kurt, dejándolo inconsciente.

—¡¿Qué estás haciendo!?

—Discúlpeme…

—¿Eh? —En el instante siguiente, fui golpeada de igual forma y perdí la conciencia al momento. 

 

Lo primero que escuché fue el sonido del agua.

Poco a poco mi consciencia fue regresando, y al abrir los ojos, me encontré dentro de una cueva.

¿Dónde… estaba…?

Recordaba que había estado en el bosque junto a Sir Kurt…

—¡Haa!

¡Cierto! Habíamos sido atacados por un señor orco.

—¡¿Y Sir Kurt?! …Qué alivio, parece que está bien.

A mi lado, Sir Kurt dormía plácidamente. Estábamos cubiertos con la misma manta. ¿La misma manta…?

—…¡¿La misma manta?!

—Princesa, ¿podrías dejar la emoción para después? No estamos precisamente en una situación adecuada.

Chichi, que estaba presente, me reprendió. Yo me tapé la boca rápidamente con la mano.

Tomé aire, contuve la emoción, y en voz baja, le pregunté:

—Explícame la situación.

—Ah, sí. Recuerdas que fuimos atacados por el señor orco, ¿no? Las Phantom, así se llamaban, ¿verdad? Una de ellas probablemente fue asesinada por ese orco. La otra fue quien hizo que tú y el Caballero perdieran el conocimiento… Fue una decisión acertada. Estoy segura de que ibas a intentar salvar a la Phantom, la que estaba a punto de morir.

—…… —Las palabras de Chichi dieron en el blanco. No supe qué responder.

—No sé qué plan tenías en mente, pero de cualquier forma, esa Phantom no tenía salvación. Si ese orco hubiese apretado un poco más, le habría aplastado la cabeza sin esfuerzo.

—Sí, tienes razón… Por cierto, ¿dónde están la Srta. Mail y la Srta. Yuraile?

—¿Yuraile?

—La mujer que me dejó inconsciente. Es su nombre. Es la hermana de la Srta. Kakaroa, la que fue asesinada.

—…Así que recuerdas bien el nombre de tu escolta.

—Por supuesto. Aunque en teoría está prohibido llamarlas por su nombre…

Recordaba muy bien las últimas palabras de la Srta. Kakaroa: «Te lo encargo». Incluso ante la muerte, le había ordenado a la Srta. Yuraile que nos protegiera a mí y a Sir Kurt. Y ella había obedecido.

—Yuraile está patrullando los alrededores. Y Mail… la mandé a bajar sola de la montaña.

—¿¡Sola!? ¿¡Cómo pudiste pedirle que hiciera algo tan arriesgado!?

—Ella está acostumbrada a estas montañas. Además, no representa fuerza de combate. Y por último, ella no es responsabilidad mía ni de Yuraile como escoltas. ¿Te parecen suficientes razones? Si Mail logra llegar al gremio de aventureros sana y salva, nuestras probabilidades de sobrevivir aumentan.

—¿¡Acaso para ti la vida de los demás no significa nada…!?

—¿Y eso lo dices tú? Kakaroa eligió morir para salvarte. ¿Vas a salir ahora con que todas las vidas tienen el mismo valor?

—Eso es…

Chichi tenía razón.

Por mucho que intentara justificarlo, la muerte de la Srta. Kakaroa había sido por mi culpa.

—…La Señorita Kakaroa aún no ha muerto.

—¿¡Sir Kurt!? ¿Estaba despierto?

Me alegraba de que hubiese recobrado la conciencia, pero no imaginé que hubiese escuchado incluso lo de Phantom…

—Acabo de darme cuenta. Así que aquella aventurera que nos ayudó se llamaba Kakaroa.

No, parecía que no lo sabía desde antes. Debía haberse despertado hacía apenas unos momentos y deducido el nombre a partir de lo que dijo Chichi.

Sir Kurt se incorporó y levantó su camisa.

Debajo, tenía un gran hematoma. Yo no tenía nada similar en el cuerpo, así que seguramente habían sido más cuidadosas al golpearme.

Tras beber una medicina de las que siempre llevaba consigo, el hematoma desapareció al instante.

Chichi, al ver aquello, preguntó con curiosidad:

—Vaya, ese medicamento es impresionante, Caballero. ¿Es muy caro?

—En realidad no. Lo elaboré yo mis…

—¡Aaaah!

Por favor, Sir Kurt, no hable tanto de sus medicinas… O mejor dicho, hay algo más urgente ahora mismo…

—¿¡Qué quiso decir con que la Srta. Kakaroa sigue viva!?

—Creo que ese señor orco buscaba presas para entrenar a sus crías en la caza.

—¿Ese orco era hembra?

—Sí. Tenía el pecho bastante pronunciado. Por el aspecto de ellos, calculo que dio a luz hace aproximadamente un mes. En la aldea donde vivía, todos eran incapaces de enfrentarse a monstruos, así que tuvimos que estudiar mucho para saber cómo lidiar con ellos, —explicó Sir Kurt con timidez, al ver la sorpresa de Chichi.

La verdad, yo consideraba que eso era algo de lo que debía sentirse orgulloso.

Aquel líquido blanco que brotó cuando la Srta. Kakaroa le clavó la espada probablemente había sido leche materna.

—¿A qué te refieres con entrenamiento para las crías?

—Los orcos, antes de que sus crías se independicen, capturan una presa adecuada para que luchen contra ella. Siempre se aseguran de que el hijo gane, por supuesto. Aquella orca había atrapado al goblin con esa intención, pero al vernos, seguramente pensó que un humano sería una mejor opción. Así que cambió de objetivo y se comió al goblin, que ya no le servía.

—Entonces, eso significa que la Srta. Kakaroa está ahora mismo…

…posiblemente siendo torturada por las crías del orco.

—Los orcos suelen tener entre seis y ocho hijos por camada. No matan a la presa hasta que todos hayan luchado contra ella. Si nos apresuramos, todavía podemos llegar a tiempo, —afirmó Sir Kurt, poniéndose de pie.

—Sir Kurt… pero estamos hablando de un señor orco. No creo que los tres —cuatro, contando a Yuraile, que patrullaba los alrededores— podamos enfrentarnos a ella.

—No se preocupen. Tengo un plan, —dijo con firmeza, asintiendo con convicción.

Era una actitud realmente reconfortante… aunque no podía evitar tener un mal presentimiento. 

 

Cuando la Srta. Yuraile regresó, esta se presentó tanto a ella como a la Srta. Kakaroa como aventureras que nos habían ayudado por casualidad a Sir Kurt. Por supuesto, era una mentira.

Y así, decidimos comenzar a actuar según el plan de Sir Kurt.

Cuando le informamos a la Srta. Yuraile que la Srta. Kakaroa seguía con vida, ella se acercó a mí y me susurró al oído:

—Alteza, me alegra saber que mi hermana sigue viva, pero no podemos exponerla al peligro por nuestro bien. He confirmado una ruta segura; regresemos por allí.

—¿Acaso no confías en Sir Kurt? Su plan no puede fallar.

—Pero…

—Esto es una orden, —le interrumpí, zanjando la conversación.

Después de eso, comenzamos a reunir materiales según las instrucciones de Sir Kurt, quien con ellos confeccionó las herramientas necesarias.

A continuación, utilicé un hechizo de fortalecimiento sensorial para rastrear la guarida de los orcos.

La guía fue el olor de la sangre de la Srta. Kakaroa. Aunque me causaba sentimientos encontrados, el hecho de que en el lugar del ataque apenas quedaran rastros de su sangre parecía confirmar lo que Sir Kurt había dicho: que no había sido asesinada allí.

El olor de la sangre se adentraba en lo profundo de la montaña.

Si aquel enorme señor orco había podido atravesar el camino, nosotros también podríamos hacerlo. De hecho, no era necesario depender exclusivamente de la magia de mejora de sentidos; las huellas eran claras y abundantes por todo el trayecto.

Y entonces…

—El olor continúa hacia allí.

Frente a una cueva en medio de la montaña, se alzaban dos orcos, cada uno empuñando una lanza de piedra.

Aunque se trataba de lanzas, en realidad no eran más que ramas con piedras afiladas atadas en la punta. Se asemejaban más a hachas de piedra primitivas.

—Procedamos según el plan… Srta. Chichi, Srta. Yuraile, les encargo esto, —dije, mientras desenvainaba mi espada, Mariposa.

En ese mismo instante, las figuras de Chichi y de la Srta. Yuraile desaparecieron.

—Esto es impresionante… Realmente no se ven.

—Así es, son completamente invisibles.

Por supuesto. Para mí, que uso a la Mariposa habitualmente, desaparecer es algo elemental, algo tan sencillo como el desayuno.

—Si solo hacen un poco de ruido al caminar, no habrá problema, pero eviten hacer sonidos fuertes y acérquense con precaución. Además, si las tocan, serán detectadas. Y si se alejan demasiado de mí, la ilusión se romperá, así que no entren en la cueva.

—Claro, entendido.

—Comprendido.

Tras escuchar mi advertencia, ambas se dirigieron hacia los orcos… o eso creo. Como no podía verlas, no podía asegurarlo.

—¿Estarán bien? —murmuró Sir Kurt, visiblemente preocupado.

—No hay de qué preocuparse. Si solo se trata de orcos comunes, no puedo garantizar nada respecto a la Srta. Chichi, pero la Srta. Yuraile no perdería jamás contra ellos.

—…¿Hm? Señorita Liese, ¿conoce usted a la Señorita Yuraile?

—No-no, no exactamente. Es decir… después de todo, es alguien que arriesgó su vida para salvarnos. No puede ser débil,.

Rayos. Me había descuidado. Sir Kurt no debía saber que ella era una Phantom y también mi escolta. Se suponía que este era nuestro primer encuentro, por lo que conocer su fuerza no tenía sentido en ese contexto.

Precisamente por esos pequeños detalles, me preocupaba que Sir Kurt pudiera descubrir mi verdadera identidad o su propio poder real, y que terminara desmayándose en un lugar como este.

—Ya casi es hora… —dije en voz baja.

Fue en ese instante.

De la garganta del orco del lado derecho brotó una intensa corriente de sangre. El orco del lado izquierdo también fue degollado de la misma forma antes siquiera de poder reaccionar.

No debieron haber tenido ni tiempo de gritar.

—Vamos.

—Sí.

Sir Kurt y yo nos apresuramos hacia la entrada de la cueva.

Como no hubo gritos de agonía, no había riesgo de que el enemigo se alertara por el sonido, pero el olor a sangre era algo que no podíamos eliminar por completo.

Aunque podía distorsionar los sentidos con Mariposa y así disimular un poco el olor, no lo hacía desaparecer realmente, así que había un límite.

—Se lo encargo, Sir Kurt.

—Sí, entendido.

Sir Kurt colocó la poción que había preparado combinando las hierbas recolectadas y la encendió con un pedernal.

Entonces, comenzó a salir una cantidad de humo blanco totalmente desproporcionada con respecto a la cantidad de hierba utilizada.

—Eh… No escuché esta parte del plan porque no me involucraba, pero ¿era para ahuyentar a los orcos con humo?

—Srta. Chitchi, por supuesto que no. Mire y aprenda. Y no inhale el humo, por favor.

El humo seguía aumentando.

En ese momento, quizás al percatarse de la anomalía, un orco salió de la cueva y se dirigió hacia nosotros, pero al aspirar el humo, cayó inconsciente en el acto.

—¿¡Es… veneno!?

—Veo que de verdad no escuchaste nada. Si usáramos veneno, mataríamos también a la Srta. Kakaroa que está dentro. Esto es un somnífero.

Aun así, como era de esperarse del somnífero creado por Sir Kurt; lograr que un orco cayera dormido al instante era una hazaña impresionante.

—Todos, ya estábamos listos. Señorita Chichi, le encargamos el toque final, —dijo Sir Kurt mientras colocaba una piedra verde en la entrada de la cueva y corría hacia la retaguardia.

Nosotros lo seguimos de inmediato. Y entonces, Chichi, que venía corriendo en último lugar, dijo:

—Ah, esta parte sí la había escuchado. Si no me equivoco, cuando lanzo esta daga… —Chichi arrojó la daga e hizo que impactara contra la piedra verde.

—¡Agárrense de algo! —nos advirtió Sir Kurt.

Siguiendo su indicación, nos sujetamos de los árboles que crecían cerca. En el instante siguiente, fuimos azotados por un viento tan fuerte que habría sido fácil salir volando si no estuviéramos agarrados. El viento era tan potente que las hojas jóvenes de las ramas circundantes se desprendieron y comenzaron a volar por el aire.

Aquella piedra verde era un cristal mágico, fabricado a partir de una esmeralda en bruto que Sir Kurt había encontrado en el camino. Al romperlo, liberaba un vendaval que permitía que el humo del somnífero penetrara hasta el fondo de la cueva.

Y qué fuerza tan impresionante… Como era de esperarse de un cristal mágico hecho por Sir Kurt.

Solo podía quedarme asombrada ante su habilidad para procesar una esmeralda en bruto en un abrir y cerrar de ojos.

—La potencia es increíble, pero también hay que destacar que encontró una veta de esmeralda tan valiosa con solo caminar unos minutos por el bosque, —comentó Chichi.

Asentí en silencio ante sus palabras.

 

¿Quieres discutir de esta novela u otras, o simplemente estar al día? ¡Entra a nuestro Discord!

Gente, si les gusta esta novela y quieren apoyar el tiempo y esfuerzo que hay detrás, consideren apoyarme donando a través de la plataforma Ko-fi o Paypal.

Anterior | Indice | Siguiente