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Vol. 10 Finales de Primavera del Decimoctavo Año (I) Parte 1

 

Reencuentro de los PJ

Los lazos son algo extraño. Los personajes pueden separarse y volver a reunirse según el desarrollo de una sesión o, simplemente, por los horarios de los jugadores. Es imposible predecir cuándo les aguardará un feliz reencuentro.


El invierno parecía haber detenido las mismísimas ruedas del tiempo, pero ahora la primavera había venido a desatascarlas. Bastaba con mirar los confines más occidentales del Imperio de Rhine para verlo con claridad. Marsheim, la capital de la región, rebosaba de viajeros y visitantes. Hacia el norte partían las caravanas locales que habían pasado el invierno en la ciudad; hacia el oeste marchaban los comerciantes en busca de curiosidades más allá de las fronteras imperiales. Las calles estaban atestadas de multitudes formadas por toda clase de razas de Rhine y de tierras extranjeras.

—Guau… Hay un montón de gente… —murmuró el ogro, completamente cautivado por la escena frente a él.

Incluso tras las dos estaciones aproximadamente que había pasado recorriendo el Imperio, jamás había puesto un pie en una metrópolis semejante, con sus decenas de miles de habitantes abarrotando cada rincón, y apenas existían lugares parecidos junto al Mar del Sur… Había llegado a Ende Erde con la intención de ganarse la vida gracias a su fuerza marcial, pero su viaje nunca lo había llevado realmente a los grandes centros urbanos de Rhine. Más increíble aún era que la ciudad estuviera llena de comerciantes, exiliados, peregrinos, feriantes, vagabundos, buscavidas y rarezas de toda clase que los días cálidos lograban arrastrar desde los márgenes del mundo; el bullicio resultante embriagaba la mente del joven ogro como un licor fino y extranjero.

—Está prácticamente tranquila comparada con la capital —dijo Mika a su compañero—. ¡Incluso algunas capitales territoriales son más grandes que Marsheim!

—¿¡En serio!? ¿¡Hay dos ciudades enteras aún más grandes que esta!?

—Ja, ja, no solo dos. Muchísimas más. Hay una ciudad en uno de los puertos fluviales… Elbeland; más de un millón de almas la llaman hogar, y eso contando solo a los ciudadanos legales. Luego está Nord-Rhine, la ciudad del acero y los alambiques; ellos tienen dos millones. Admito que apenas unas cincuenta mil personas viven dentro de las murallas, pero una ciudad que se derrama y se expande más allá de sus propios límites siempre impresiona más que cualquier ciudad fortaleza pulcra y ordenada.

Tal como Mika había dicho, aunque Marsheim era indudablemente enorme, no dejaba de ser un pez grande en un estanque pequeño. En términos puramente demográficos, ni siquiera figuraba entre las diez ciudades más grandes de Rhine; según la mayoría de criterios, apenas era una ciudad de tamaño medio. Después de todo, Marsheim era la cabeza de puente del Imperio frente a las naciones occidentales; estaba pensada para ser segura y apta para proyectar fuerza más que para albergar una población masiva.

—No se ven demasiados guerreros por aquí, comparado con Londium —añadió Dietrich.

—Ah, claro, tú vienes de las islas del norte —dijo Mika a su compañera zentauro—. ¿Cómo va la capital?

—Se incendió dos veces antes de que yo naciera, pero ahora parece estar bastante bien. Da la impresión de que la gente quiere prenderle fuego cada vez que tenemos un nuevo alto rey. Creo que ya todos se acostumbraron.

A pesar de su función militar, Marsheim era prácticamente un oasis paradisíaco comparado con sus equivalentes extranjeros… al menos desde la perspectiva de un rhiniano promedio. Londium, la Ciudad de los Puentes, bien podía parecer un nido de bárbaros.

El verdadero punto al que la zentauro intentaba llegar era la ausencia de barracones levantados alrededor de la ciudad, de grupos de mercenarios aguardando nuevos clientes y de huscarles merodeando en busca de un nuevo señor al que servir. En cuanto a escala física, Marsheim superaba a Londium.

—Vaya… Ustedes dos son increíbles… Han estado por todas partes —dijo el ogro.

—Para nada. ¡Yo simplemente viajo gracias a una cómoda subvención gubernamental!

—Yo solo fui vagando por ahí buscando con quién pelear.

Mientras el ogro se preguntaba qué demonios sería una «subvención», Mika condujo al grupo hacia la fila de entrada a la ciudad, báculo en mano. Sin embargo, no se unió a la fila junto al populacho; en vez de eso, se dirigió hacia la sala de guardia junto a la puerta.

Cargando las pertenencias de Mika, el ogro le preguntó al mago si no necesitaban hacer fila, a lo que Mika respondió sacando un pequeño papel de su bolsillo. Con un sello de cera, el documento resultó ser un pase de entrada aprobado por la nobleza. ¿Para qué perder tiempo en largas filas cuando tenían la manera de saltárselas por completo?

—Dicen en el este que un encuentro casual en esta vida suele indicar un lazo profundo nacido en vidas ya olvidadas. Me siento mal por hacerte cargar mis cosas, pero podemos acelerar tu entrada a la ciudad diciendo que eres mi guardaespaldas. Así tampoco tendrás que pagar la tarifa de entrada. ¿Genial, no?

—¿Eh? ¿Por eso me dio sus cosas?

—¿Las tomaste sin cuestionarte nada?

—Bueno, yo… eh…

El ogro se rascó la cabeza con torpeza, pero esa era la verdad. Después de todo, el deber de los hombres ogro consistía en encargarse de todas las tareas menores y labores domésticas cotidianas que estaban por debajo de la posición de un guerrero. Había desarrollado el instinto de convertirse en mula de carga para cualquiera a quien respetara.

—No soy tan arrogante ni tan cruel como para obligar a alguien a cargar mis pertenencias sin siquiera pagarle —dijo el mago con una ligera sonrisa.

El ogro sintió cómo se le subía el calor al rostro al ver que aquel ilustre mago mostraba un lado tan amable, pese a que hablaban de hombre a hombre.

Los ogros y los mensch no eran tan distintos en fisiología; no era raro que los ogros vieran cierto encanto en los mensch, al menos en teoría. En la práctica, una relación entre un ogro y un mensch tenía que superar ciertos obstáculos logísticos bastante intimidantes si ambas partes deseaban explorar ciertos niveles de intimidad, por lo que esas tentaciones carnales solían provocar muchas dudas y vacilaciones por parte de los ogros.

—Espera, profe… —dijo Dietrich, inclinándose hacia él—. ¿Y qué pasa conmigo?

—Lo siento, pero traer a dos guardaespaldas conmigo ya está un poco por encima de mi posición —respondió Mika encogiéndose de hombros mientras agitaba la carta frente a ellos.

Siempre había alguien observando, juzgando y esperando el momento adecuado. Si un estudiante del Colegio empezaba a actuar como un funcionario del gobierno y entraba en la ciudad pavoneándose con dos guardaespaldas detrás, quién sabía qué rumores podrían empezar a circular a sus espaldas. En Rhine jamás faltaban ejemplos de cómo el éxito podía convertirse en la puerta hacia la arrogancia y la autodestrucción, así que convenía llevar la cuenta de cada pequeña muestra de pompa y fanfarronería excesivas. Nunca sabías quién vigilaba a quién, ni cuán profundo y devastador podía ser su registro de secretos, ni hasta dónde podía llegar cualquier chisme. En algún lugar del mundo, tal vez un desconocido supiera exactamente a qué edad dejaste de mojar la cama.

Reflejaría muy mal la educación de Mika que lo difamaran como un aspirante a noble apenas saliera de la supervisión de su maestro. Aunque el sentido común y la brújula moral de una persona tenían poco que ver con sus posibilidades de ingresar al Colegio, nadie podía esperar completar su etapa como estudiante sin aprender a comportarse adecuadamente.

—Ugh… —dijo la zentauro—. Pensé que ahorraría un poco de dinero viniendo con ustedes. En fin. Seré buena y esperaré. Tal vez pueda mover algunos hilos…

Dietrich se despidió con la mano mientras se dirigía hacia la fila con expresión decepcionada. El ogro la observó alejarse, sintiéndose un poco culpable también, y miró al mago, suplicándole con los ojos que hiciera algo, cualquier cosa.

—Tengo mis razones —dijo Mika—. No quiero perder mi lugar al frente de la fila.

—¿La fila? ¿La de entrada a Marsheim?

—¿Hm? Ah, sí, claro. —Mika soltó una risita—. Bien, vamos.

Mika le mostró el pase al guardia, y el ogro lo siguió al interior de la ciudad, sintiéndose ligeramente incómodo. Una vez dentro de las murallas, fue incapaz de ocultar su emoción y observó cada detalle con el asombro de un niño: altos edificios de ladrillo, hileras de faroles, caminos pavimentados. Aunque los faroles eran menos numerosos y las calles estaban peor mantenidas de lo que uno vería en Berylin, para el ogro todo era nuevo y fascinante.

Sin embargo, lo que realmente hacía latir su corazón con fuerza era el hecho de que, seguramente, ahora mismo estaba codeándose con héroes… ¡aventureros legendarios cantados en las historias, presentes aquí en carne y hueso!

Ahí estaba el aventurero hombre lobo, tan famoso como infame, Jorn el Lobo Voraz. Manfred el Partelenguas, el mercenario zentauro con la lanza más afilada de toda la tierra. Hubertus el Enloquecido, el dvergr que había causado escándalos en incontables competiciones y que podía derrotar fácilmente a soldados profesionales, pero que aun así había rechazado el título de caballero. Y San Fidelio, el noble matadragones, eterno servidor del pueblo.

Y, por supuesto, estaba el aventurero más reciente de Marsheim. Mientras los poetas luchaban por construir sus propias carreras sobre su fama, había recibido innumerables nombres: el Mata Bandidos, el Sonriente, el Caritativo… pero la mayoría conocía a este héroe como Erich Ricitos de Oro.

Allí estaba él, respirando el mismo aire que el hombre al que más admiraba. ¿Quién podría culparlo a él, o a cualquiera que sintiera lo mismo, por emocionarse tanto? Jóvenes aspirantes a aventureros acudían allí lloviera o hiciera sol para perseguir a sus héroes, todos cargando sueños sobre lo que aún podían llegar a ser.

No importaba cuán dolorosa pudiera resultar la realidad del camino que les aguardaba; aquel instante era precioso. Era algo que solo experimentarías una vez, una sensación que jamás volvería sin importar cuánto intentaras recordarla después.

Si Mika fuera un maestro cruel, habría reprendido al ogro y le habría ordenado dejar de perder el tiempo mirando cada pequeña cosa, pero él conocía la magia de aquel momento, así que redujo el paso para caminar junto a aquel recién llegado a la ciudad con una sonrisa en el rostro. Las piernas del ogro eran muchísimo más largas que las de Mika, pero avanzaba más lento que un niño pequeño.

—¡Oh, no!

El ogro se había dejado arrastrar por sus impulsos durante unos buenos treinta minutos —la montaña de chucherías inútiles que había comprado era prueba de ello— antes de darse cuenta de algo importante. ¡Ahí estaba él, caminando sin rumbo mientras cargaba el equipaje de Mika, y ni siquiera se había molestado en preguntar adónde se dirigían!

—¡Lo-lo siento muchísimo, profesor! —dijo con culpa en el pecho.

—No te preocupes en absoluto. Me divertí, y de todas formas ya tenía intención de pasar por aquí.

El ogro se preguntó de qué estaba hablando Mika. Siguió la mano extendida del mago —otro gesto simple pero hermoso— y notó un cartel que parecía ser de una taberna.

—Qué’sto… El lobo… ¿el lobode? Eh… looobo…

—El Lobo de Plata Nevado.

Aunque el rhiniano hablado del ogro era funcional, apenas sabía leer o escribir en cualquier idioma. Agradeció a Mika por leerlo en voz alta, y cayó un breve silencio. Pasaron unos segundos hasta que finalmente encajó las piezas. Cuando comprendió exactamente qué lugar era, soltó un grito repentino que hizo que los transeúntes miraran con preocupación.

Había dado por casualidad con su destino.

El mago había ido guiando con astucia al ogro, aquel ingenuo ratón de campo, cada vez más cerca de su objetivo común con cada parada. Mika le había lanzado miradas significativas en puntos clave e incluso le había dado pequeños toques con su báculo para orientar sus divagaciones en la dirección correcta. Sabía exactamente a dónde ir desde el momento en que recibió un mapa del guardia; por una pequeña tarifa, por supuesto.

La intención del ogro era evidente para Mika. No hacía falta más que una pizca de intuición humana para deducir que querría visitar la taberna donde estaba asentado el clan de Erich. Podía haberse distraído con las vistas de la ciudad, pero esto no era algo que pudiera dejar para el día siguiente.

—Viniste aquí después de oír las historias de Ricitos de Oro, ¿verdad? —dijo Mika—. Era más claro que el agua a dónde querías ir primero.

—Guau… Es usted increíble, profesor. ¡Es verdad que hay que ser inteligente para usar magia!

—¡Te he dicho antes que tanto halago solo exagera lo bueno, amigo! Ahora, ¿entramos?

—¿Eh? ¿«Entramos»? ¿Usted también va a entrar?

Mika empujó suavemente al ogro para hacerlo avanzar, ignorando el comentario, y sonrió para sus adentros al hecho de que el ogro aún no había preguntado por qué se dirigía él a Marsheim.

La taberna era sencilla y estaba bien cuidada. Un mostrador de bar pulido con esmero se alzaba al fondo de la espaciosa sala, tras el cual se encontraba un hombre de aspecto duro con una barba negra y espesa: el dueño del Lobo de Plata Nevado.

El interior estaba concurrido. En particular, la mayoría de mesas y taburetes estaban ocupados por jóvenes, aventureros por lo que parecía, bebiendo o discutiendo su próximo trabajo. Era tal como decían las canciones. El Lobo de Plata Nevado era propiedad de un antiguo aventurero y servía como punto de encuentro para aspirantes a aventureros. No solo eso: Erich Ricitos de Oro había establecido allí la base de operaciones de la Hermandad de la Espada y entrenaba a los miembros de su clan en su amplio patio.

Algunas cabezas se giraron hacia la puerta, esperando ver un rostro familiar. Los recién llegados provocaron un murmullo general de sorpresa. Los ogros eran una rareza en cualquier parte del Imperio, por supuesto, y aunque la ciudad contaba con una pequeña pero desproporcionada presencia de magos itinerantes y hechiceros sueltos gracias a la comunidad aventurera, un ejemplar tan elegante como Mika era algo completamente inusual. Su ropa estaba decorada con un bordado hermoso. Las zonas que parecían vacías en realidad estaban tejidas con hilo transparente para suavizar la paleta de colores y resaltar los patrones. Había pocos aventureros en todo el mundo que vistieran con tanta elegancia.

La pareja parecía claramente un noble de cierto rango y su guardaespaldas, pero ¿qué demonios querían allí?

El ogro ignoró las miradas inquisitivas de la multitud y, en su lugar, escaneó el local en busca del hombre al que buscaba. Solo había una persona que poseyera aquel cabello dorado y aquellos ojos azules tan característicos.

Sentado en un taburete de la barra, en un rincón, había un hombre solo, con una jarra de cerveza en una mano y un puñado de aperitivos de taberna en la otra. Su postura era recta, su complexión alta y musculosa. De pie, habría alcanzado la altura del cuello del ogro; quien, a su vez, era un espécimen bastante promedio de los suyos. A su lado colgaba una espada cuidadosamente envuelta, sujeta con un lazo de paz para la seguridad de la gente. Era de longitud media y encajaba con el perfil de la misma hoja que Ricitos de Oro blandía en las historias.

Su cabello no «resplandecía como rayos del amanecer hilados en hebras» como decían los relatos, pero eso, lo sabía, era cuestión de licencia poética. El ogro tampoco percibía su «belleza como una brisa fresca», pero podía vincular al hombre que tenía delante con la leyenda que había enfrentado al Rompejuramentos y su descomunal martillo de guerra golpe por golpe a caballo.

El ogro se acercó al hombre de cabello dorado con pasos grandes y lo llamó con su voz más educada. Había ensayado su acercamiento en su cabeza y lo había perfeccionado con Mika una y otra vez con la esperanza de causar la mejor primera impresión posible. El dialecto cortesano se sentía torpe, ajeno, incompleto incluso mientras las palabras salían de su boca.

—Um… ¿Podría hablar un momento…?

—¿Hm? Oh, vaya, un ogro. ¡Viejo, eres grande!

El hombre de cabello dorado debía de estar absorto en su bebida e indiferente a los recién llegados a la taberna, pues fijó su atención en su admirador que se alzaba ante él con un sobresalto.

Vale la pena detenerse para describir un poco más la escena. Por supuesto, ver a un ogro ya era una sorpresa en sí misma, pero este en particular tenía un rostro bastante intimidante. Sus colmillos rivalizaban incluso con los de las mujeres de su clan, y su rostro anguloso tenía la intensidad de una estatua en movimiento. El hombre de cabello dorado no pudo evitar pensar en un ídolo de un dios extranjero aplastando a una criatura malvada, como los que había visto entre un cargamento de mercancías llegadas del este.

Ninguno de los dos sabía qué decir a continuación. El ogro había olvidado por completo todas las líneas que había practicado en un arrebato de pánico ante su ídolo. El hombre de cabello dorado estaba dándole vueltas a qué habría hecho para merecer la visita de un ogro; ¿Hice algo? ¡Solo estaba bebiendo! Oh, espera, quizá fue aquello de entonces… ¿Tal vez…?

Y así fue como ninguno de los dos reparó en la puerta que daba al patio abriéndose, ni en el grupo que entraba en la taberna charlando animadamente. Todos ellos vestían ropas sencillas y sus cuerpos irradiaban el calor de un entrenamiento recién terminado. La mayoría estaban tan empapados en sudor que podrías exprimirlo de sus ropas. Estaban cubiertos de barro y moretones, y llevaban armas de entrenamiento en las manos: espadas de filo suavizado, lanzas sin punta, núcleos de acero recubiertos con imitaciones de madera de armas reales, para que el portador pudiera familiarizarse con el peso y el equilibrio de las auténticas. Todos mostraban las marcas de un día de práctica intenso.

—Uf, hoy ha sido bastante duro.

—Ya lo creo. ¡Alguien se lo tomó muy en serio!

—Da ganas de… no echarse a correr, pero maldita sea, mañana nos va a doler.

—¡Oye, tabernero! ¡Saca la cerveza!

Eran un grupo joven y variopinto, hablando alegremente de su reciente entrenamiento. Aunque cada uno llevaba un arma distinta, todos estaban unidos por las placas de aventurero de nivel inicial que colgaban de sus cuellos. La mayoría eran de color negro-hollín, con algunos de un rojo-rubí entre ellos: estaba claro que apenas acababan de emprender el camino del aventurero.

Uno de los jóvenes alborotadores del centro lanzó una moneda de plata mientras decía:

—Han hecho un buen trabajo hoy. La primera ronda corre por mi cuenta. ¡Tabernero, lo de siempre, por favor!

Se oyeron vítores y aplausos, junto con quejas desde otras mesas porque ellos tampoco recibían bebida.

Dos voces fuertes cortaron el ruido de la multitud.

—¿Es usted el Señor Erich Ricitos de Oro?

—¡Viejo amigo!

La primera era la voz grave del ogro, que por fin había reunido el valor suficiente para hablar con el hombre que tenía delante. La otra era la voz de un hombre ligeramente aguda, entrenada para sonar firme.

Un coro de «¿Qué?» y «¿Eh?» recorrió la taberna. Algunos incluso gritaron:

—¡Ese no es él!

Entonces llegó una tercera voz, perteneciente al aventurero del centro del grupo, hacia quien el apuesto mago de magníficas ropas se lanzó, no, prácticamente saltó.

—¡¿Mika?! —exclamó, casi sin poder articular palabra.

—¡Así es, Erich! Ha pasado mucho tiempo, viejo amigo. ¡Qué emoción verte sano y salvo!

El hombre que recibió el abrazo de cuerpo entero era un joven con ropas comunes y holgadas, con un brillo de sudor en la frente más tenue que el de sus compañeros. No era alto ni corpulento en absoluto. Su cabello dorado, recogido en un moño pero aún cayendo por detrás, resplandecía en la escasa luz que entraba por el tragaluz. Sus ojos azul claro brillaban con la joie de vivre [1] de un muchacho joven.

Erich de Konigstuhl recibió con gusto el abrazo en pleno salto de Mika, completamente indiferente a la idea de ser abrazado por un hombre más alto que él, y giró un par de veces para amortiguar la intensidad del impacto. Sí, el hombre al que el ogro había estado buscando no estaba en el taburete de la barra a su lado, sino dando vueltas en los brazos de un viejo y querido amigo, con una sonrisa brillante fija en el rostro. 

 

[Consejos] En una era sin fotografía, es difícil localizar a alguien basándose solo en sus rasgos. Eso es especialmente cierto en relatos heroicos y sagas de aventuras, propensos a la exageración.

 

El reencuentro entre estos dos amigos entrañables comenzó con un cálido abrazo. Tras unas cuantas vueltas para disipar la energía del salto, ambos se miraron. Los dos habían cambiado desde la última vez que se vieron. Ahora más cercanos a hombres que a muchachos, ambos eran más altos y tenían un aire más gallardo en el rostro.

Erich se parecía a su madre en sus rasgos naturalmente delicados, pero tras años de trabajos duros y batallas feroces, ahora poseía un aura de autoridad. Quedaban pocos que se burlaran de él a primera vista por parecer una mujer; incluso aquellos que desconocían sus méritos como Ricitos de Oro. Con armadura y espada en mano en la vanguardia, tenía la fiereza de un dios de la guerra, capaz de animar a sus aliados e infundir terror en sus enemigos.

El mago también tenía una belleza juvenil similar cuando sonreía, capaz de hacer sonrojar tanto a hombres como a mujeres, pero tampoco era tan débil o frágil como podría parecer. Ese encanto andrógino que poseía —capaz de pasar por mujer con un poco de maquillaje— brillaba tan intensamente como en el recuerdo del aventurero.

Con amplias sonrisas en el rostro, ambos se miraron en silencio, lo bastante cerca como para sentir el aliento del otro, antes de fundirse en un gran abrazo. El abrazo fue firme, con los brazos rodeándose todo lo posible. Se les llenaron los ojos de lágrimas. A pesar de sus cuerpos más altos y de estar un paso más cerca de la adultez, su amistad irreemplazable no había cambiado ni un ápice. El tiempo compartido no había aflojado nada; su vínculo de camaradería seguía siendo tan fuerte como siempre. La principal razón por la que el núcleo de su amistad se había mantenido firme era la absoluta alegría que sentían en la compañía del otro.

—¡Viejo amigo, no has cambiado en absoluto! —dijo Mika.

—¡Yo podría decir lo mismo, viejo camarada! Aunque… ¡ahora eres más alto que yo, canalla! —respondió Erich.

—Ja, ja, ja, bueno, me alegra que sigas siendo una lindura como siempre.

—¡Veo que tu descaro tampoco ha cambiado!

Erich y Mika finalmente se soltaron del abrazo, pero mantenían las manos sobre los hombros del otro mientras charlaban con alegría. Se molestaban entre sí y reían, dándose ocasionalmente ligeros golpes amistosos. Eran como dos niños en el patio de recreo.

Todos los demás en la sala estaban completamente perdidos. Los presentes conocían a uno u otro de esta extraña pareja. Para los habitantes de Marsheim, resultaba muy extraño ver a su estrella en ascenso tan relajada con aquel misterioso mago, vestido con ropas tan hermosas que muchos lo habrían confundido con un noble. No, «extraña pareja» no era del todo correcto; los dos eran sorprendentemente parecidos. Todos se rascaban la cabeza, preguntándose cómo demonios se conocían.

—Um… ¿jefe?

—Eh… ¿profesor?

El volante de la mente se liberó de golpe y la lengua empezó a funcionar primero en un joven audhumbla, fresco y casi humeante tras la sesión de entrenamiento en el patio. La segunda voz pertenecía al ogro recién llegado y aún bastante desconcertado.

Como si acabara de notar a la multitud, con el brazo aún alrededor del hombro de Mika, Ricitos de Oro presentó al mago con el orgullo y la alegría inigualables de un padre primerizo.

—¡Este es Mika! Un amigo incomparable. Denle el respeto que merece: ¡está destinado a hacer que toda la comunidad arcana parezca de tercera cuando obtenga su cátedra!

—Basta de eso… Ahora mismo no soy más que un estudiante del Colegio, aún lejos de ser un magus.

Con el freno de su entusiasmo aparentemente roto, Ricitos de Oro llevó con calidez a Mika a la mesa redonda del fondo de la sala, su lugar habitual. Sacó de su bolsillo una gran moneda de plata —la había guardado en un bolsillo secreto junto al pecho, solo para emergencias— y la lanzó al tabernero.

—¡Una celebración! ¡Todos, coman, beban y festejen!

—¿Una bebida por persona para empezar? —dijo el dueño tras una breve pausa.

—Excelente, buen hombre. Si la cuenta no basta, solo llame mi nombre.

El dueño del Lobo de Plata Nevado sabía que los bolsillos de Ricitos de Oro ya eran lo bastante generosos cuando se trataba de invitar a sus compañeros de clan, pero no dijo nada ante el entusiasmo excesivo del joven aventurero. Solo suspiró y envió a uno de sus camareros a la bodega. Era evidente que lo que tenían detrás de la barra no sería suficiente para aquella fiesta.

En respuesta, todos los aventureros —y algunos civiles de carácter valiente entre los clientes que se habían quedado— soltaron un rugido de vítores antes de colmar de elogios a Ricitos de Oro y a su recién llegado amigo. Los que ya tenían bebida la alzaron en el aire y corearon el nombre del mago. Los que no, expresaron su agradecimiento con anticipación por la festividad.

—Debes de estar exhausto tras tu viaje —dijo Erich—. Los precios aquí son baratos, pero la comida y la bebida son buenas. El dueño viene del lejano norte, así que los platos de la casa usan cordero.

—Ooh, eso suena delicioso —respondió Mika—. Quizá incluso mejor que nuestro reencuentro.

—¡Me hieres! ¿Te da alegría verme llorar, camarada? ¿Tan baja es tu valoración de mí, que queda por debajo del cordero? ¡En mi tristeza podría acabar con todas las ovejas de Ende Erde!

—¡Qué’ra broma, viejo amigo, no pongas esa cara! Tu vida es más valiosa que la mía, así que te ruego que perdones a las ovejas.

Ambos se sentaron, permaneciendo naturalmente uno al lado del otro. Los aventureros del grupo de entrenamiento colocaron una botella de alcohol frente a Ricitos de Oro. En cuanto al mago, hizo un gesto al ogro para que se uniera a ellos.

—Perdona por haberte ocultado esto, Yorgos —dijo Mika a su antiguo compañero de viaje—. Así es como es nuestra relación.

—Has hecho un amigo bastante sólido, Mika —dijo Erich.

Mika soltó una risita.

—Escucha esto y sorpréndete, viejo amigo. Yorgos viene de un rincón rústico de las tierras que bordean el Mar del Sur. ¡Viajó hasta Marsheim después de oír hablar de tus hazañas!

Yorgos se acercó a la mesa con pasos algo inestables tras la amable presentación de Mika, pero estaba intentando desesperadamente ponerse al día con la situación y ordenar sus pensamientos.

Así que este era Ricitos de Oro.

Sí, su cabello encajaba con su apodo, brillando como alambre de oro hilado por un artesano maestro. El ogro no tenía objeciones a esa parte de las historias. El problema, a ojos de Yorgos, era que era demasiado pequeño. Su complexión no parecía muy distinta a la de aquel mago: su compañero de viaje, cuyo comportamiento delicado influía en la naturaleza sentimental del ogro, despertando su impulso de ayudarle y atenderle. Dejando eso de lado, suponiendo con benevolencia que su ropa casual y holgada ocultaba su figura, Ricitos de Oro era bajo. Más bajo que Mika, sin duda. Yorgos sabía que los campesinos a menudo acababan algo delgados, criados con recursos escasos, pero comparado con otros aventureros parecía prácticamente desnutrido. Simplemente no podía aceptar que aquel hombre frente a él fuera un héroe, el Mata Bandidos, el que había puesto fin al Caballero Tiránico. Parecía más adecuado para ropa formal, sirviendo a una noble.

Y aun así, ¿por qué sonaban alarmas —afinadas por su crianza entre guerreros— en la cabeza de Yorgos?

Era una sensación extraña, como mirar a un gatito y saber en lo más profundo de los huesos que tu vida está en peligro. La naturaleza contradictoria de la apariencia inofensiva de Ricitos de Oro frente a la posibilidad de una profundidad oculta arañaba los instintos de Yorgos, provocándole escalofríos en su piel metálica. Esa intensidad oculta que percibía era mucho más fuerte que la facilidad con la que los poderosos guerreros de su propia tribu sostenían sus vasos. Las dudas empezaron a infiltrarse en la mente de Yorgos: ¿de verdad este hombre es un mensch?

—Permíteme presentarlo formalmente —dijo Mika—. Este joven me ayudó muchísimo durante mis viajes e incluso trajo mis pertenencias hasta Marsheim. Creo que puedes presentarte tú mismo, ¿verdad?

—Sí-sí…

Las ideas preconcebidas de Yorgos sobre Ricitos de Oro y la sorpresa de conocerlo en persona habían desajustado por completo su mente, pero con el ánimo de Mika consiguió por fin presentarse. Por desgracia, ninguna de las frases que había preparado salió, y terminó usando las palabras más simples.

—Mi nombre es Yorgos, de la tribu de los Cíclopes… —dijo finalmente el ogro.

—Yorgos, ¿eh? —respondió Erich—. Ah, ¡un nombre del sur! Etimológicamente, supongo que sería Georgius si hubieras nacido en el Imperio. Un nombre valiente.

Yorgos se sentó con su aprobación y tomó una copa vacía de la mano de Ricitos de Oro.

Cuanto más miraba a Erich, más confundido se sentía. Su aura y su apariencia simplemente no encajaban. No lograba reconciliar los relatos gallardos de las hazañas heroicas de Ricitos de Oro, aquel cuerpo esbelto que un ogro podría aplastar con una sola mano, y el aroma sanguíneo de un temible espadachín…

Erich sirvió lentamente la bebida de Yorgos mientras devolvía la mirada del ogro. Entrecerró los ojos y una sonrisa apareció en sus labios.

—¿Me tomas por un debilucho, muchacho? —dijo finalmente Erich, con total despreocupación.

—¿Perdón?

¿Por qué habría de sorprenderse Yorgos? Los ogros maduran más rápido que los mensch, así que sin duda era varios años mayor que Erich; sin embargo, ambos eran similares en apariencia física y madurez mental. Ricitos de Oro no podía estar refiriéndose a ninguna deficiencia externa. No, él sabía lo que pasaba por la cabeza de Yorgos. Tenía la fortaleza suficiente como para reírse de quien lo subestimara.

—No importa, —dijo Erich—. Soy plenamente consciente de que no tengo el aspecto más intimidante. Sueño con dejarme barba, pero simplemente no me crece.

—¿¡Barba!? —exclamó Mika—. No… no puedo imaginártela…

—¡Me hieres, viejo amigo! Veo que tú también eres suave como la seda pese a haber pasado los dieciocho.

Con una sonrisa traviesa, Erich agarró el mentón de Mika y lo acercó, comprobando que apenas tenía vello. Era un rasgo tivisco. En su transición, todo lo superfluo se eliminaba, y por eso la mayoría carecía de todo el vello salvo el más abundante.

—Eres un mago —continuó Erich—. Tienes un montón de formas de arreglar cualquier problema de barba.

—Bueno, eso puede ser, pero… cierta dama tiene opiniones sobre esas cosas.

—Ah… ya veo…

La pareja siguió bromeando mientras el ogro y los seguidores de Ricitos de Oro permanecían incómodos; estos últimos con expresiones tensas por el hecho de que su jefe estuviera siendo tratado con tanta ligereza.

Ricitos de Oro debió de captar el significado oculto en las últimas palabras del mago; vació su vaso antes de ponerse en pie para hacer una proclamación.

—¡Síganme todos! ¡Debemos darle a este muchacho la bienvenida que merece, por haber venido desde el Mar del Sur por pura voluntad y un relato!

El audhumbla se levantó en respuesta a la llamada de Erich por un arma y le entregó una espada de madera.

—Es hora de una lección rápida —Erich hizo girar la espada en su mano con una sonrisa—. ¿Y qué mejor manera de transmitir una lección que a través de la hoja, hmm?

Fue en ese momento cuando el ogro finalmente comprendió cómo un héroe llegaba a ganarse los elogios de las canciones. Bastó con una espada en su mano para que el aura de Ricitos de Oro cambiara en un instante.

Sus instintos estaban en lo cierto; aquel aventurero era un lobo disfrazado de gatito… 

 

[Consejos] La discrepancia entre la apariencia y la reputación de alguien puede influir en cómo la gente te percibe, a menudo ocultando los hechos evidentes que tiene delante.



[1] Expresión francesa que significa literalmente «alegría de vivir». Se usa para describir una actitud vitalista y entusiasta hacia la vida, una sensación de disfrute, energía y optimismo al vivir el momento. No se refiere solo a felicidad, sino a un gozo activo y espontáneo por la existencia.

 

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