Ys Lacrimosa de Dana
Capítulo 12. Puentes de Telaraña
—Te traje algo, —dijo Rastell.
Sacó un paquete de su bolso de hombro y lo desenvolvió con cuidado, dejando su contenido en el suelo junto a Dana. Una fruta más grande que la palma de su mano, cuya piel azulada desprendía una tenue fragancia.
—Una fruta del árbol del dragón, —susurró Dana—. Y está madura. Son tan caras en el mercado… ¿Dónde la conseguiste?
Una rápida sonrisa cruzó los labios de Rastell.
—Crecen junto al camino que sale de la ciudad. Las que cuelgan más abajo ya las recogieron todas, pero logré trepar y conseguir una mientras mi padre hacía sus rondas. Una vez dijiste que te gustaban.
—Sí que me gustan. —Ella también sonrió. Lo había mencionado hacía mucho tiempo, cuando recién se hicieron amigos. ¿Cómo había podido recordarlo?
Extendió la mano hacia la fruta. Su piel correosa estaba fría al tacto. De algún modo, aquellas frutas tenían la capacidad de mantenerse frescas incluso en los días calurosos, por lo que eran muy codiciadas como refresco.
—¿Quieres que la pele? —Rastell sacó el cuchillo de su cinturón.
Ella negó con la cabeza.
—En mi aldea las comemos enteras.
—¿Hasta con cáscara?
—En realidad sabe bien. Le da un toque ácido. Deberías probarla.
Él se encogió de hombros y deslizó la hoja sobre la fruta, partiéndola en dos con un movimiento fluido que le recordó una técnica de espada. Por supuesto, el hijo del jefe Dran sería bueno con cualquier arma que tocara. Llevaban entrenando juntos más de dos años, pero ella todavía no tenía esperanzas de alcanzar aquella misma perfección.
Sentarse bajo la sombra del árbol junto al arroyo, en la parte trasera de los jardines del Templo, hacía que se sintiera como si estuvieran de picnic… un picnic prohibido que seguramente sería interrumpido si alguien como la consejera Urgunata los descubría. Solo pensar en ello hacía que aquella pequeña escapada pareciera aún más divertida.
Una visión la golpeó sin previo aviso. Llamas. Una gruesa muralla de fuego carmesí que lo consumía todo. No, no carmesí… ¿escarlata? Jadeó y dejó caer la preciada fruta mientras se ponía de pie de un salto.
Rastell también se levantó al instante.
—¿Qué ocurre?
—Un incendio forestal.
—¿Dónde?
—No hay tiempo para explicarlo. —Le agarró la mano y echaron a correr de vuelta hacia los edificios del Templo—. Debo encontrar a Sarai y Olga. Ve a buscar a tu padre. Dile que tuve una visión. El fuego consumirá el Templo si no se preparan. Él sabrá qué hacer.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Pronto. Yo-yo… no lo sé. —No esperó respuesta mientras subía corriendo las escaleras hacia la biblioteca, donde había dejado antes a Olga y Sarai aquella tarde.
Sus amigas seguían allí, inclinadas sobre una vieja litografía en el rincón más alejado, apartadas del resto de los aprendices. Levantaron la cabeza cuando ella entró, y sus sonrisas se desvanecieron al ver la urgencia en su mirada.
—Vengan conmigo, —dijo—. Ahora. Les explicaré mientras vamos.
Sin decir palabra, salieron apresuradamente detrás de ella. Algunas personas giraron la cabeza al verlas pasar, pero nadie les prestó demasiada atención. A esas alturas, todos esperaban que Dana, Sarai y Olga se escaparan para meterse en toda clase de locuras.
—¿Un incendio forestal? —jadeó Sarai mientras corrían—. ¿Estás segura?
—Sí. Tuve una visión.
—¿De qué color?
—Escarlata. Una muy clara.
—¿Escarlata? —Olga se detuvo en seco.
—Sí. Vamos, no hay tiempo para…
—Dana. —La voz de Olga resonó con reproche—. Sabes perfectamente lo que significa una visión escarlata. Un acontecimiento que no puede cambiarse. Y si es una visión clara, significa que ocurrirá muy pronto. —Se giró—. Vamos en dirección equivocada. Tenemos que regresar y advertir a los demás.
—No. —Dana negó con firmeza—. Rastell y el jefe Dran ya se están encargando de eso. Y si volvemos, no podremos cambiar nada.
—De todas formas no podremos hacerlo. Es una visión escarlata , ¿recuerdas?
—No podemos evitar el incendio, es cierto… pero sí podemos cambiar el resultado. Solo confíen en mí, ¿de acuerdo?
Olga y Sarai intercambiaron miradas. Después de un momento, echaron a andar otra vez, avanzando por el terreno embarrado.
Un edificio majestuoso dominaba el claro del bosque que tenían delante, elevándose directamente desde un gran lago. Árboles antiguos se alzaban sobre la ladera a su alrededor, mientras el agua corría sobre sus raíces hacia el estanque. El embalse… La cantidad de agua que contenía, si se liberaba de golpe, debería bastar para detener el incendio.
—Ayúdenme a liberar el agua, —dijo Dana.
—Debes de haberte vuelto loca, —protestó Olga—. ¿Quieres inundar todo el valle?
—No si también la controlamos usando nuestra Esencia combinada, —insistió Dana—. Podemos ajustar la compuerta cerca del santuario de la Doncella, ¿no?
—¿La compuerta? Pero…
Dana sacudió la cabeza con impaciencia.
—Olga, Sarai, escúchenme. Necesito su ayuda. Mi Esencia no es suficiente para hacerlo sola.
—Dana tiene razón, —dijo Sarai—. De verdad podría funcionar.
—Las dos están locas, —refunfuñó Olga, aunque ya estaba levantando las manos para invocar Esencia, uniéndose a Dana y Sarai.
*
Adol despertó con demasiadas preguntas en la cabeza. ¿Quién era esa Dana y por qué seguía reviviendo aquellos episodios tan vívidos de su vida, en los que su conciencia se fusionaba con la de ella? ¿Por qué esos sueños se interrumpían tan abruptamente, justo en medio de la acción? Se incorporó, contemplando la profundidad de la tienda vacía.
Un incendio forestal. ¿Habían logrado Dana, Olga y Sarai detenerlo? ¿Habían sobrevivido todos en el Templo? Deseaba saber más. La idea de que el hecho de ver —y cuándo ver— la continuación de aquella historia estuviera completamente fuera de su control le resultaba frustrante.
Aunque había dormido más que nadie —otra vez—, no se sentía descansado. No podía librarse de la sensación de que las escenas que experimentaba, así como el momento exacto de sus despertares, eran deliberados, como si algún poder desconocido ya hubiera decidido cuánta información debía recibir cada vez. Además, aquellos sueños se estaban volviendo cada vez más reales. Cada vez le resultaba más difícil regresar a su propia realidad. ¿De verdad estaba soñando con Dana? ¿O en realidad formaba parte de ella? Las preguntas eran demasiado grandes para que su mente pudiera abarcarlas.
Todos estaban sentados alrededor de la hoguera cuando Adol salió tambaleándose de la tienda y se lavó el rostro en el manantial, intentando sacudirse los restos del sueño. Laxia se hizo a un lado para dejarle espacio. Sahad le entregó una ración y una taza de té caliente.
—Le eché un vistazo a la cueva mientras dormías. —La expresión calmada de Hummel no mostraba exactamente desaprobación, pero Adol sintió que lo estaba juzgando igualmente por haberse levantado tan tarde. Probablemente debería contarles a sus compañeros sobre los sueños, pero todavía no se sentía preparado para compartirlos… especialmente con Hummel. Apenas conocía al hombre.
—¿Y qué encontraste? —preguntó en su lugar.
—La cueva desemboca en otro desfiladero al otro extremo, con muchos túneles que se internan en las montañas. Si seguimos ese desfiladero, deberíamos encontrar otra playa… probablemente una aislada, sin acceso desde ningún punto de la costa.
—¿Exactamente hasta dónde exploraste para averiguar todo eso? —exigió Laxia.
Hummel se encogió de hombros, lanzándole otra mirada a Adol.
Adol sostuvo su mirada con calma mientras terminaba de comer.
—Entonces lleguemos a esa playa, —dijo—. Espero que encontremos más náufragos allí.
*
Laxia no lograba identificar exactamente qué era lo que le producía aquella sensación inquietante mientras avanzaban por la cueva poco profunda. Era como si los estuvieran observando, como si algo terrible los siguiera. No tenía sentido, considerando que la cámara de la cueva apenas se extendía unos metros y que abundante luz del día se filtraba por las aberturas de su alto techo. Después de un rato consiguió convencerse de que solo estaba imaginando cosas.
La vista del desfiladero al otro lado era impresionante. Altas formaciones rocosas enmarcaban una poderosa corriente que descendía por una serie de rápidos hacia la abertura lejana, resplandeciente con una franja azul marino. La playa. Estaría bastante cerca si pudieran avanzar directamente siguiendo el río, pero lanzarse a aquellas aguas profundas y de corriente violenta sería un suicidio.
Una serie de enormes rocas que sobresalían del río estaban conectadas por puentes de telaraña que relucían bajo el sol, haciendo difícil distinguir de qué estaban hechos. ¿Cuerdas? Unas inusualmente blancas… y peludas, como si estuvieran tejidas con lana de la mejor calidad.
El grupo rodeó varias salientes rocosas y se detuvo frente a uno de ellos.
De cerca, el puente parecía mucho más resistente de lo que había parecido desde la distancia. Cada uno de los hilos densamente entrelazados que lo componían era más grueso que un dedo y ligeramente pegajoso al tacto. Laxia se agachó, palpando la estructura expertamente tejida que servía tanto de piso como de barandilla para cruzar con seguridad.
Aquello no se parecía a ninguna estructura hecha por el hombre que hubiera visto jamás. ¿Tal vez se trataba de algún tipo de planta autóctona desconocida? ¿Una nueva especie de hongo? Por mucho que Laxia quisiera creerlo, sabía la verdad. Solo los insectos y las arañas eran capaces de producir ese tipo de hilo para tejer telarañas y capullos… y, a juzgar por el grosor, parecía muy poco probable que aquellos hilos hubieran sido colocados allí por una criatura pequeña e inofensiva. Apenas se estaba recuperando del impacto de haberse encontrado con las arañas gigantes en las afueras de Xandria, pero incluso aquellos monstruos del tamaño de un puño solo tejían hilos finos como cabellos, y sus redes eran incapaces de atrapar algo más grande que aves pequeñas. La araña que había creado esto…
Interrumpió sus pensamientos, observando el desfiladero, donde varios puentes de telaraña más cruzaban estratégicamente de un lado a otro, permitiendo atravesar el río hacia la otra orilla.
—No me gusta el aspecto de estas telarañas, —dijo al cabo de un rato.
—Sí, ni a mí, —coincidió Sahad con entusiasmo—. No sé ustedes, oigan, pero yo no tengo ganas de conocer a la criatura que armó esto.
Yo tampoco. Laxia miró a Adol. Él también observaba los puentes, pero si estaba preocupado, desde luego no lo demostraba.
—Tal vez deberíamos regresar.
—¿Regresar? —Adol frunció el ceño—. La playa a la que intentamos llegar está justo adelante. Si hay náufragos allí, definitivamente necesitarán nuestra ayuda.
—Cierto. —Laxia asintió. Si sus temores eran correctos, cualquier náufrago atrapado en aquella playa no tendría forma de escapar sin caer en las garras de la monstruosa criatura que hubiera tejido aquellas telarañas. Podría ser Franz… o alguien mucho menos capaz, como Alison. No era propio de Laxia darse la vuelta ante el primer indicio de peligro. Cuando cayó por la borda del Lombardia , Franz se había lanzado tras ella sin dudarlo. ¿Acaso ella haría menos por él? Miró a Hummel, que llevaba el rifle al hombro mientras observaba el desfiladero. Al menos contaban con un arma de largo alcance. Cualquier criatura al acecho debería ser vulnerable a las balas, ¿no?
El puente de telaraña resultó ser aún más resistente de lo que parecía, llevándolos sin problemas hasta una gran roca que sobresalía en medio del desfiladero, donde otro conjunto de puentes los condujo hasta la entrada de una cueva río abajo. No parecía haber otra forma de rodearla, así que, tras vacilar un poco, todos desenvainaron sus armas y entraron en un largo túnel tenuemente iluminado por grupos de cristales brillantes incrustados en las paredes.
Nada monstruoso se cruzó en su camino, salvo unas cuantas arañas del tamaño de cocos que correteaban por las paredes hacia grietas y túneles oscuros. Aunque se veían absolutamente aterradoras y repugnantes, ninguna parecía ansiosa por atacar, y después de un rato Laxia logró convencerse de que había exagerado. Aquellas arañas, aunque inusualmente grandes incluso comparadas con las especies de Xandria, no parecían agresivas. ¿Podrían haber tejido todas aquellas telarañas? Bueno, posiblemente, si sus glándulas de seda funcionaban de forma distinta a las de cualquier araña que conociera. Después de todo el tiempo que llevaban en la isla, ya no debería sorprenderle encontrar rasgos extraños entre las especies locales. De hecho, aquellos gruesos hilos podrían resultar bastante útiles como material de construcción si recogían algunos y los llevaban de vuelta a la aldea. En una de las cámaras por las que pasaron, los hilos cubrían todo el suelo como una alfombra, haciendo muy fácil recogerlos.
Estaba a punto de sugerirlo cuando Sahad, que caminaba delante, chocó contra un grueso cable tendido justo a través del camino.
—Ay… —dijo—. ¿De quién fue la brillante idea de poner esta cuerda aquí, a ver si…?
Las sombras frente a él se movieron, tomando forma mientras emergían hacia la luz de los cristales brillantes.
Un grito se congeló en los labios de Laxia.
Sí, había esperado una araña. Una monstruosa y aterradora, posiblemente lo bastante gigantesca como para considerarlos presas. Pero ni siquiera lo peor de su imaginación habría podido crear algo así .
La criatura que se alzaba sobre Sahad parecía más grande que un elefante. Su cuerpo hinchado llenaba el túnel de la cueva por delante, mientras su cabeza estaba adornada con demasiadas pinzas que chasqueaban amenazantes al avanzar. Un conjunto de ojos oscuros —al menos media docena— se clavó de forma amenazadora sobre los intrusos. Sus patas… dioses, cada una era tan gruesa como el tronco de un árbol, cubierta de rígidas cerdas y terminada en una punta afilada lo bastante larga como para atravesar una vaca.
—¡Gah…! —Sahad retrocedió, con la mirada fija en la criatura mientras esta alzaba las pinzas sobre él.
—Maldita sea… —susurró Hummel.
Adol se lanzó hacia adelante espada en mano, apartando a Sahad de un empujón. Blandió la hoja con tal velocidad que, en la penumbra, Laxia ni siquiera pudo verla. Un crujido resonó por la cueva, y la criatura se irguió tras recibir el golpe de Adol, para luego abalanzarse sobre él con todo su peso. Su figura se volvió borrosa cuando esquivó el ataque de un movimiento lateral.
Laxia salió de su estupor y agarró a Sahad del brazo, tirando de él lejos de la pelea.
Adol tenía toda la atención de la criatura mientras se internaba más en la cueva. Laxia sabía lo que estaba haciendo. La estaba alejando del grupo. Y además la había enfurecido de verdad. Una de sus pinzas yacía retorciéndose en el suelo, con una sustancia verdosa rezumando del muñón. Pero el monstruo todavía tenía muchas más… sin mencionar los aguijones que parecían una versión gigantesca del abdomen de una avispa.
En el poco tiempo que llevaba conociendo a Adol, Laxia había pasado, muy a su pesar, de reconocer que su habilidad con la espada era superior a la suya a admitir de mala gana que quizá fuera incluso mejor espadachín que su famoso maestro de Romn. Pero al verlo moverse ahora, comprendió que en todo ese tiempo jamás había visto el verdadero alcance de sus capacidades.
Su estilo de combate no se parecía a nada que conociera. Por supuesto, era imposible aplicar el conocimiento aprendido en una sala de entrenamiento a una batalla contra un arácnido gigante, pero incluso teniendo eso en cuenta, podía asegurar que nunca había oído hablar de alguien que peleara así. Era como si hubiera reunido todos los estilos de espada existentes y los hubiera sintetizado en una nueva técnica imposible de poseer para un ser humano. Cuando danzaba alrededor de la criatura, atacándola desde lados opuestos en cuestión de segundos, cortando y apuñalando mientras esquivaba y rodaba para evitar los golpes del monstruo, parecía un dios de la espada… si es que existía algo así.
Pero incluso toda aquella habilidad probablemente no bastaría para ganar la batalla. El horror oscuro que atacaba a Adol también parecía sobrenatural. Si la habilidad de Adol era digna de un dios, aquella criatura debía de haber salido directamente del inframundo, engendrada por fuerzas oscuras como un oponente capaz de derrotarlo.
Sabía que quedaría completamente superada si se unía a la lucha, pero no tenía elección. Adol necesitaba toda la ayuda posible, y ella no era de las que se quedaban mirando cuando sus amigos estaban en peligro. Desenvainó su estoque y avanzó poco a poco, buscando desesperadamente algún hueco que pudiera marcar una diferencia en el ataque de Adol.
El clic de un arma amartillada resonó detrás de ella. Hummel. No. Iba a alcanzar a Adol si empezaba a disparar dentro de aquella cueva. La bala rebotaría y los mataría a todos. Pero no tuvo tiempo de advertirlo antes de que un disparo tronara por toda la caverna.
La criatura se irguió de nuevo, y Laxia vio que uno de sus ojos había desaparecido, arrancado por la bala. La puntería de Hummel era impecable, pero ni siquiera eso era suficiente. Perder un ojo solo parecía haber enfurecido más a la criatura, que se abalanzó sobre Adol, quien tuvo que rodar entre sus patas para evitar ser atravesado.
¡No te quedes ahí, idiota, muévete! Reuniendo toda su fuerza, Laxia se lanzó hacia adelante, lanzando estocadas rápidas contra el cuerpo hinchado, tan grande que bloqueaba la mitad de la cueva frente a ellos.
La criatura se giró hacia ella, fijándola con sus ojos restantes.
—¡Laxia, no! —rugió Sahad, lanzándose hacia adelante con su martillo en la mano. Lo blandió, pero rebotó en la criatura sin causarle ningún daño evidente. Un apéndice cubierto de púas se lanzó hacia él, pero Adol salió de las sombras y lo cortó de un golpe poderoso. Hummel disparó otra vez, y la criatura retrocedió lo suficiente como para permitir que Laxia y Sahad esquivaran sus pinzas descontroladas.
El tiempo se volvió un flujo continuo. Gritos —algunos de ellos de la propia Laxia—; golpes ensordecedores; chirridos de acero; disparos resonando uno tras otro. La criatura emitió un chillido agudo que la dejó clavada en el sitio por un instante, presa de un pánico visceral. Ya ni siquiera intentaba apuntar con su estoque; simplemente lo clavaba en todo lo que veía: cerdas, pinzas, ojos, aquel enorme cuerpo que se movía con una velocidad que una criatura de ese tamaño no debería haber sido capaz de alcanzar.
Siguió gritando y apuñalando incluso después de que sus sentidos le indicaran que la criatura ya no se movía. Varias voces gritaban su nombre. Alguien la agarró de los brazos y la arrastró hacia atrás. Ella seguía pataleando, intentando liberarse, clavando el estoque hasta que unas manos firmes le inmovilizaron los brazos y le arrancaron el arma de la mano.
—Laxia, —la voz de Adol sonó junto a su oído—. Para. Está muerta.
Respiró con dificultad. Sus piernas cedieron y él la sostuvo, sujetándola contra su cuerpo. Ella se apoyó en su pecho, aferrándose a él hasta que el mundo dejó de girar y pudo volver a comprender lo que la rodeaba. Sahad, apoyado pesadamente en su martillo. Hummel, guardando el rifle en la correa de su espalda con un movimiento suave que casi parecía delicado. Adol, sosteniéndola como si fuera una niña que necesitara consuelo. Quiso apartarse, decirle que no tenía derecho a sostener a una dama noble con tanta familiaridad, pero las palabras se le atascaron en la garganta y luego se desbordaron en una oleada de sollozos incontrolables.
Le tomó un rato estabilizarse, con la nariz congestionada, limpiándose los ojos con ambas manos antes de finalmente reunir fuerzas para separarse de él y mantenerse en pie por sí misma.
Durante toda la batalla, Adol había atraído sobre sí la mayor parte del peligro. Había estado a punto de morir salvándolos a todos. ¿Cómo podía seguir tan tranquilo?
Había tantas cosas que quería decirle. Cuánto la había impresionado su valentía, su increíble habilidad con la espada. Cuánta vergüenza sentía por haberse quedado paralizada en lugar de luchar a su lado desde el principio, como una compañera adecuada debería haber hecho. Probablemente no habría marcado ninguna diferencia incluso si lo hubiera hecho… pero ¿de qué servía ella si, al enfrentarse a un enemigo inesperado, entraba en pánico y se volvía inútil justo cuando más la necesitaban?
Con mano temblorosa, alzó la mirada hacia Adol. Él la sostuvo por los hombros, manteniéndola a distancia, inclinándose para quedar a su altura.
—¿Estás bien? —preguntó.
Ella asintió. Su mirada se desvió hacia la masa enorme que yacía en el fondo de la cueva. Aunque la cabeza de la araña estaba cercenada y varias de sus patas estaban cortadas o rotas, no podía dejar de sentir que en cualquier momento volvería a la vida y los atacaría otra vez.
—Lo siento, —dijo—. Yo-yo… lo haré mejor la próxima vez.
—Lo hiciste muy bien, —Adol sonrió y le apretó los hombros, luego retiró las manos. Hummel le devolvió el estoque.
A Laxia le costó varios intentos envainarlo. Probablemente sus manos no dejarían de temblar nunca más.
—Esa playa a la que nos dirigimos, —dijo Hummel— debería estar justo al otro lado de ese pasaje. Salgamos ahí y tomemos un descanso.
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