Ys Lacrimosa de Dana
Capítulo 16. Investigación
Adol despertó de un sueño sin sueños para encontrarse con Sahad de pie junto a su hamaca.
—¿Por fin despiertas, Adol?
—¿Ocurre algo? —Adol se incorporó y echó un vistazo a la habitación vacía.
—Parece que ese estira’o de Carlan desapareció.
—Oh. —Adol saltó de la hamaca y se inclinó sobre el arroyo para lavarse rápidamente, luego siguió a Sahad fuera de la cueva.
El capitán y Dogi estaban junto al fuego, conversando.
—Ya era hora —dijo Dogi cuando Adol se acercó.
—¿Qué pasó?
—No lo sabemos —dijo el capitán—. Pero, a juzgar por el hecho de que las pertenencias de Sir Carlan han desaparecido, supongo que se marchó por voluntad propia.
—Tal como dijo anoche —confirmó Dogi—. Ya no soportaba seguir en nuestra compañía.
Euron se acercó a ellos desde la dirección de la playa.
—El bote —dijo—. Ya no está.
Dogi y Adol intercambiaron miradas.
—No me digas que… —empezó Dogi.
Adol dirigió la vista hacia el mar abierto. Intentar escapar de la isla en un pequeño bote de remos era un suicidio, incluso para un marinero experimentado. Un hombre como Sir Carlan, sin experiencia en el mar y lejos de encontrarse en una condición física ideal, no duraría ni un día; por no mencionar que el monstruo que hundió el Lombardia probablemente seguía ahí fuera, acechando en busca de presas fáciles.
—Subamos a la torre de vigilancia y echemos un vistazo —dijo.
Dogi asintió y lo siguió hacia la escalera. Sahad también subió detrás de ellos, mientras las cuerdas del aparejo crujían bajo su peso.
Resultó fácil localizar el bote desde la plataforma de observación. Se veía diminuto mientras se mecía sobre las olas cerca de la costa, y Sir Carlan no era más que un punto en la popa, empujando los remos con feroz determinación.
—Vaya. —Sahad se cubrió los ojos con la mano—. De verdad se hizo a la mar.
—Está remando con todas sus fuerzas —dijo Dogi.
—No pue’o creer que esté remando ese bote él solo —convino Sahad—. Tiene más agallas de las que pensé, pero aun así, lo que ‘tá haciendo es una locura.
—Si se aleja demasiado —dijo el capitán desde abajo—, el agua se volverá muy agitada. Volcará en un bote tan pequeño.
Descendieron por la escalera y se reunieron con el capitán junto a la hoguera. Para entonces se había reunido más gente, y todos parecían inquietos.
—Debemos traerlo de vuelta —dijo el capitán.
Los asentimientos alrededor del fuego no parecían demasiado entusiastas.
—¿Y cómo se supone que hagamos eso si se llevó nuestro único bote? —preguntó Dogi.
—Bueno —dijo Sahad—. Con la dirección que lleva, le va a costar muchísimo remar contra ese viento. Sopla hacia la costa. Puede que logremos alcanzarlo en el Cabo Arenablanca.
El capitán asintió.
—Entonces hagámoslo, antes de que se aleje demasiado.
—Iré yo. —Adol se apresuró hacia la salida de la aldea, con Laxia y Sahad siguiéndolo de cerca.
Como el camino ya les resultaba familiar, no tardaron nada en llegar al cabo arenoso y rocoso donde habían encontrado a Alison. El bote se balanceaba sobre las olas a unos cientos de melios de distancia. Sir Carlan remaba frenéticamente contra el viento, pero el bote apenas avanzaba.
—¡Eh, oye! —gritó Sahad.
Los hombros del noble se tensaron. Dejó de remar por un momento y luego reanudó la tarea sin volver la cabeza. Adol pudo ver sus labios moviéndose, como si estuviera murmurando para sí mismo, pero el viento se llevó cualquier sonido.
—¡Sir Carlan, por favor! —llamó Laxia—. ¡Debe regresar a la costa!
Sahad negó con la cabeza.
—No sirve. No parece que pue’a oírnos.
Adol dejó escapar un suspiro y se quitó la espada.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Laxia.
—Iré nadando hasta él —dijo Adol—. Por lo que veo, es nuestra única opción.
—Podríamos intentar hacerlo entrar en razón.
—No servirá de nada. Aunque pueda oírnos, probablemente esté decidido a no escuchar. Además, puede que necesite ayuda para controlar el bote. Parece que está usando todas sus fuerzas, pero apenas se mueve. —Se inclinó para quitarse las botas.
—Oye, Adol —dijo Sahad con voz ronca—. ¿Estás viendo lo mismo que yo…?
Si te refieres a un testarudo en un bote que no escucha razones… Adol levantó la vista y se quedó inmóvil.
Un tentáculo gigantesco emergió del agua. Otro cortó la superficie al otro lado del bote.
Antes de que Adol pudiera reaccionar, más tentáculos surgieron alrededor de la embarcación. El agua se agitó violentamente mientras la silueta de un cuerpo colosal tomaba forma justo bajo la superficie. Adol no había imaginado que una criatura tan grande pudiera acercarse tanto a la costa. Se quedó paralizado, presa de un horror entumecedor como el que no había experimentado en muchísimo tiempo.
Sir Carlan también vio los tentáculos, pero, para sorpresa de Adol, su rostro mostraba irritación en lugar de miedo. Levantó un remo y golpeó los tentáculos que se acercaban como si fueran una nube de moscas molestas.
¿No era consciente del peligro en el que se encontraba? ¿O acaso aquel hombre era mucho más valiente de lo que Adol jamás le había reconocido?
—¡Sir Carlan! —gritó Laxia.
Una gigantesca cabeza triangular emergió del agua. Parecía el extremo posterior de un calamar. Un calamar enorme. También tenía ojos, enormes discos amarillos que observaban el bote con una fría malicia.
La criatura parecía de otro mundo: viscosa, cubierta de moho y percebes. Antigua. Maligna. Sus ojos amarillos examinaban la embarcación con una expresión que no dejaba ninguna duda de que era un ser inteligente; un monstruo que disfrutaba causando dolor, observando cómo las personas se retorcían y luchaban por sus vidas sin la menor esperanza de sobrevivir. No estaba cazando alimento ni protegiendo su nido. Estaba jugando.
¿Qué podía hacer alguien contra una criatura así?
Adol tuvo que admirar el valor de Sir Carlan. En lugar de encogerse de miedo, el noble se puso de pie en el bote y alzó los remos frente a la criatura. Estaba gritando de ira, pero desde allí no podían distinguir sus palabras.
Un tentáculo se cernió sobre él en el aire. Entonces se abatió con violencia. Fragmentos de madera salieron despedidos mientras el bote desaparecía bajo la superficie y se perdía de vista. Tras unos instantes, el agua volvió a calmarse. Ningún resto del naufragio ni ningún cuerpo regresó jamás a la superficie.
Las olas generadas por la destrucción llegaron hasta la costa, estrellándose contra las rocas que bordeaban el cabo. La criatura los observó durante un momento, como si estuviera evaluándolos con frialdad, y luego se sumergió. Una forma gigantesca, semejante al casco de un barco submarino, se deslizó bajo el agua y se internó en mar abierto.
Al cabo de un rato, los remos y algunas tablas rotas aparecieron flotando.
Permanecieron allí de pie durante un tiempo, observando.
—¿Creen que él… esa cosa…? —La voz de Sahad se apagó hasta convertirse en silencio.
Adol tragó saliva. Nadie podría haber sobrevivido a algo así. No existía posibilidad alguna de que Sir Carlan siguiera con vida.
El único consuelo era que Sir Carlan había desaparecido al instante. Tanto si la criatura lo había devorado como si lo había tomado como advertencia para cualquiera que se atreviera a volver a cruzar aquellas aguas, no había tenido tiempo de sufrir. Adol se aferró a ese pensamiento mientras se ponía las botas y ajustaba el cinturón de la espada alrededor de la cintura.
—Regresemos a la aldea —dijo.
*A
Los náufragos pasaron la mayor parte del día buscando a Sir Carlan, sin obtener resultado alguno. Parecía más un deber hacia el fallecido que una auténtica misión de rescate. Después de lo ocurrido con el Lombardia , la idea de que un hombre solo en un pequeño bote hubiera sobrevivido a un encuentro semejante parecía remota.
La cena de aquella noche tuvo el aire de una vigilia mientras todos permanecían sentados alrededor del fuego con semblantes sombríos.
—Ahora sabemos con certeza a qué nos enfrentamos —dijo el capitán—. La criatura que hundió el Lombardia sigue ahí fuera. —Se volvió hacia Laxia—. ¿Por casualidad sabes algo sobre esta clase de criatura?
Laxia tragó saliva.
—Ese monstruo… podría ser un Primordial.
—¿En serio? —dijo Sahad.
—En tiempos prehistóricos, el océano estaba lleno de cefalópodos gigantes. Los tentáculos, la forma de la cabeza y esos ojos casi humanos sugieren que estamos tratando con uno de ellos. Es razonable asumir que este monstruo debe compartir características con sus parientes cefalópodos modernos. Eso significa que su vista será extraordinariamente aguda y que probablemente pueda desplazarse a gran velocidad mediante chorros pulsátiles… —Se interrumpió al notar la expresión estupefacta de Sahad.
—Entonces lo que estás diciendo —resumió Dogi— es que, si no nos ocupamos de esa cosa, nunca saldremos de esta isla.
—Supongo que sí —admitió Laxia.
Dogi agitó la cabeza.
—Vaya, las cosas no dejan de empeorar.
Euron se incorporó de repente, como si acabara de darse cuenta de algo. Se levantó bruscamente y se dirigió a la zona de suministros, donde arrancó una hoja de papel que estaba clavada en uno de los soportes de madera. Luego la llevó junto al fuego.
—¿Qué es eso? —preguntó el capitán.
Euron sostuvo la nota para que todos pudieran verla.
UN CERDO MENOS. —NEMO.
Las palabras estaban escritas con tinta rojo oxidado. Adol no recordaba haber visto una tinta así entre los suministros.
—¿Sangre? —preguntó Licht con nerviosismo.
—Eso creo —confirmó Euron.
—¿Cuándo dejó esto? —se preguntó Dogi.
Intercambiaron miradas. Todos los habitantes de la aldea estaban allí y habían permanecido juntos durante la última hora o dos. ¿Quién podría haber dejado aquella nota?
—Me pregunto una cosa —dijo Adol—. ¿Por qué este Sin Nombre cree que puede atribuirse la muerte de Sir Carlan? A menos, claro, que de algún modo controle a ese gigantesco Primordial.
Euron se encogió de hombros.
—Supongo que, desde su punto de vista, Sir Carlan se asustó tanto que dejó de pensar con claridad y acabó provocando su propia muerte. Eso significa que realmente debe creer, de alguna manera retorcida, que Sir Carlan murió por su mano. Pero ese no es nuestro verdadero problema ahora mismo.
—¿No lo es? —preguntó Laxia.
—No. El verdadero problema es que Nemo forma parte de esta aldea. Me temo que es uno de nosotros.
Alison dejó escapar un gemido. Se pegó a Laxia, que también parecía horrorizada. Los demás alrededor del fuego intercambiaron miradas inquietas. Una de aquellas personas, los náufragos que se habían unido para sobrevivir, era un asesino en serie. La idea simplemente no encajaba en la mente de Adol.
—Ya se ha cobrado una víctima —continuó Euron—. Si no actuamos rápido, les garantizo que el número de muertos aumentará.
—Debemos continuar la investigación —dijo el capitán—. Pero antes debemos reforzar la aldea. Como mínimo, deberíamos sentirnos a salvo de los ataques de los Primordiales mientras resolvemos nuestro problema interno.
Todos asintieron. Tenía mucho sentido.
*
Adol pasó otra noche sin sueños. Tuvo que admitir que sintió cierta decepción cuando despertó y permaneció unos instantes acostado en su hamaca, contemplando el techo. Había llegado a esperar con ilusión sus sueños sobre la vida de Dana.
Tras un rápido aseo, salió de la cueva a la luz de la mañana, temiendo a medias enterarse de algún nuevo desastre que pudiera haberles ocurrido a los náufragos mientras dormía.
La primera persona que llamó su atención fue Hummel, que estaba de pie cerca del fuego con una expresión despreocupada.
—Hummel —lo llamó Adol mientras se acercaba—. Has vuelto.
Hummel asintió, dirigiendo la mirada hacia una barricada recién reforzada en la entrada de la aldea y luego hacia la playa, desde donde se acercaban Laxia y Sahad, cada uno cargando un manojo de sadinas ensartadas en una cuerda. Ambos reconocieron la presencia de Hummel con una mirada de reojo antes de agacharse para colocar la pesca sobre las brasas.
—¿Pasa algo? —preguntó Hummel.
Sahad levantó la vista.
—Depende de lo que entiendas por pasar algo. Veamos por dónde empezar. Tenemos un asesino en serie suelto. El Capitán Barbaros fue ataca’o. Y Sir Carlan… Sir Carlan murió mientras estabas fuera.
—Oh. Lamento oír eso.
—¿Ah, sí? —Los ojos de Sahad se entrecerraron—. ¿Por qué desapareciste cuando regresábamos a la aldea el otro día? ¿Adónde fuiste? ¿Y qué estuviste haciendo durante to’ este tiempo?
Hummel lo miró con calma.
—Lo siento, no puedo revelar esa información.
Sahad se enderezó, imponiéndose sobre el otro hombre con su altura.
—¿Y cómo sabemos que no eres el responsable de to’s estos ataques?
Los labios de Hummel se curvaron levemente.
—Podrías simplemente preguntármelo, ¿no?
—Bien. ¿Lo eres?
—No.
—Espera un momento, Sahad —intervino Laxia—. Hummel no puede ser el culpable. Estaba con nosotros cuando encontramos a Licht. Aunque no regresó a la aldea con nosotros, no hay manera de que pudiera haber atacado al Capitán Barbaros.
Sahad vaciló.
—Bueno, si juras que no eres el culpable, supongo que ‘tá bien. Pero ¿por qué desapareciste tan de repente?
Hummel se encogió de hombros.
—¿No es obvio? Había terminado de trabajar con ustedes.
—¿ Termina’o de trabajar con nosotros ? ¿Y eso qué se supone que significa?
—Este crimen que están intentando resolver es asunto suyo —dijo Hummel—. Mis asuntos están en otra parte y no tienen nada que ver con ustedes. Entonces, ¿por qué forzar una colaboración innecesaria?
Sahad parpadeó.
—Bueno, supongo que tienes razón.
—En cualquier caso —intervino Adol—. Hummel ha vuelto. ¿Qué te parece ayudarnos con la investigación?
Hummel guardó silencio unos instantes.
—Mantendré los ojos abiertos —concedió.
—Hazlo —dijo Adol—. Yo voy a hablar con el Capitán Barbaros.
El capitán parecía haberse recuperado casi por completo. Él y Euron estaban inclinados sobre una mesa de trabajo junto al puesto de suministros de Dina, extendiendo fragmentos del mapa de la isla sobre la superficie de madera. El pequeño Paro, el fiel compañero al aire libre del capitán, estaba posado en una repisa cercana. A Adol le tomó un momento darse cuenta de que estaban aplicando savia pegajosa de árbol sobre el resistente soporte de tela para unir las piezas. El nombre «Cabo Arenablanca» llamó su atención. Al parecer, aquellos prácticos nombres que habían ido dando a los lugares durante sus exploraciones estaban convirtiéndose en denominaciones oficiales.
—¿Han descubierto algo? —preguntó Euron cuando Adol se acercó, acompañado por Laxia y Sahad.
—Hummel ha vuelto —respondió Adol—. Pero hasta ahora no hemos avanzado mucho en la investigación. Tengo una pregunta para el capitán.
El capitán levantó la vista.
—El día en que lo atacaron —dijo Adol—. Mencionó que alguien lo llamó desde cierta distancia, ¿verdad?
—Sí.
—Y luego dijo que fue herido por una hoja.
—Así es.
Adol negó con la cabeza.
—Eso no encaja. La persona que lo hirió tuvo que haber estado cerca… a menos que de alguna forma pudiera lanzar varios cuchillos y luego recuperarlos sin que usted lo notara.
El capitán vaciló.
—Es cierto. Estaba al menos a varios melios de distancia de mí.
—Adol tiene razón —dijo Sahad—. Eso ‘tá bastante lejos pa’ que alguien te corte.
—Sí, lo está. —El capitán asintió lentamente—. No lo recuerdo bien. Todo ocurrió tan rápido que pensé que quizá estaba confundiendo los recuerdos.
—Tiene que haber una explicación —dijo Adol.
—Quizá —sugirió el capitán— no me atacó con una hoja. Tal vez… ¿un látigo?
—¿Un látigo de varios melios de largo, con una punta afilada?
—Tienes razón —dijo el capitán—. No encaja.
—Déjeme hablar con los demás —dijo Adol—. Mientras tanto, intente recordar algún detalle más.
El capitán asintió. Euron parecía pensativo, pero no dijo nada mientras Adol y su grupo se alejaban.
Licht estaba sentado a la mesa de la sala común conversando con Alison, que cosía en su puesto de trabajo en un rincón. Adol tomó asiento en el banco junto a él. Laxia y Sahad se sentaron al otro lado. Licht se hizo a un lado para dejarles espacio, observando al grupo con nerviosismo.
—Elegiste un momento infernal para unirte a Pueblo Náufrago —dijo Adol—. Aquí las cosas eran mucho más tranquilas antes de que llegaras.
—Sospechoso, eso es todo lo que diré —murmuró Sahad.
—Licht no puede ser el criminal —le recordó Adol—. Igual que Hummel, estaba con nosotros cuando atacaron al Capitán Barbaros.
Sahad se limitó a encogerse de hombros.
—He estado pensando —dijo Licht—. Sir Carlan fue la primera víctima mortal, y el asesino parece atribuirse personalmente su muerte. ¿Por qué darle tanta importancia a ese desafortunado incidente?
—Bueno… —Sahad vaciló—. Probablemente porque su muerte vino bastante bien cuando to’s ya estábamos muertos de miedo. Al menos yo lo estaba. —Miró de reojo a Laxia y Adol.
O porque Sir Carlan era la persona que más le molestaba al asesino. Adol no expresó aquel pensamiento. En el caso de Sir Carlan, ese motivo podría aplicarse prácticamente a cualquiera en la aldea. Además, no era correcto hablar mal de los muertos. En sus últimos momentos, Sir Carlan había demostrado verdadero valor y coraje. Así era como todos debían recordarlo.
—Exactamente. —Licht asintió—. El asesino ya nos tenía asustados, y la muerte de Sir Carlan llegó en el momento perfecto para reforzar ese miedo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Laxia.
—Creo —dijo Licht— que el verdadero objetivo del Sin Nombre, al menos por ahora, es sembrar el miedo y la paranoia entre nosotros. Quizá eso sea lo que realmente disfruta hacer: jugar con la mente de sus víctimas.
Como aquel gigantesco Primordial de tentáculos. La idea apareció de la nada, provocando un escalofrío en la espalda de Adol.
—Y ahora que Sir Carlan ha muerto —continuó Licht—, la moral de la aldea nunca había estado tan baja. El Sin Nombre probablemente esté regodeándose en este mismo momento mientras nos observa sospechar unos de otros y mirar por encima del hombro cada vez que nos aventuramos a ir solos a algún sitio. —Miró a Alison, quien bajó la costura que tenía entre las manos y lo contempló con el rostro pálido.
—Parece que sabes mucho sobre las personas —observó Adol.
Licht soltó una carcajada.
—¿Yo? No, en realidad no. Es solo que, por mi profesión, tengo ocasión de observar a muchos tipos distintos de personas.
—¿Tu profesión? —Ahora que había salido el tema, Adol se dio cuenta de repente de que, con toda la agitación desde la llegada de Licht a la aldea, ninguno de ellos había tenido la oportunidad de averiguar nada sobre él.
—Soy médico residente —dijo Licht.
Sahad frunció el ceño.
—¿Médico residente? ¿Qué significa eso? ¿Qué tienen que ver los residentes con la medicina?
—Está formándose para convertirse en médico —explicó Laxia.
—Ah, ya veo.
—El médico responsable a bordo del Lombardia me pidió que lo sustituyera —continuó Licht—. Tuvo una emergencia de última hora y no pudo realizar el viaje. Cuando acepté, jamás imaginé que terminaría en una situación como esta.
—Creo que todos los que estamos aquí podríamos decir lo mismo, en realidad. —Laxia se puso de pie—. Probablemente deberíamos continuar con la investigación, Adol.
Su siguiente parada fue la clínica de Kiergaard, donde el médico estaba sentado en su banco de trabajo triturando hojas entre dos piedras curvadas. No mostró ninguna sorpresa cuando el grupo se acercó.
—Hemos notado algo curioso —dijo Adol—. El Capitán Barbaros nos dice que su atacante estaba bastante lejos y, sin embargo, las heridas que recibió parecen haber sido hechas con una hoja.
—Es cierto —asintió Kiergaard.
Resultaba curioso lo tranquilo que parecía, como si la conversación fuera puramente académica.
—¿Cree que otro tipo de arma podría haber causado cortes como esos? —preguntó Adol.
—No estoy seguro. —Kiergaard vaciló—. Si hablamos de aspectos curiosos de este incidente, a mí mismo me pareció interesante que ni las heridas del capitán ni las de Sir Carlan parecieran mortales. Bastante extraño para un asesino en serie famoso atacar a sus víctimas con tan poco efecto, ¿no le parece?
—Extraño, sin duda —convino Adol—. A menos que los ataques fueran solo advertencias. —O que el verdadero objetivo del asesino fuera sembrar el pánico, como había sugerido Licht. Por alguna razón, no le apetecía decir aquello en voz alta.
—Volviendo a tu pregunta original —dijo Kiergaard—, sea o no una hoja, me temo que lo único que puedo decirles sobre esa arma es que es muy afilada. Lamento no poder ayudar más en su investigación.
Adol estaba a punto de continuar cuando Laxia se inclinó hacia delante y observó al médico con atención.
—¿Qué tiene en el cuello, doctor? —preguntó.
Adol miró. Solo entonces se dio cuenta de una mancha roja, parcialmente oculta por el cuello de la camisa de Kiergaard.
—¿No me diga que también lo atacaron? —dijo Laxia con tensión.
Kiergaard soltó una risa.
—¿Esto? No te preocupes. Es solo el resto de una mala quemadura de sol que sufrí hace algún tiempo.
Sahad se rio.
—¡Gajajá! Me asustaste por un momento.
—Antes de terminar aquí —dijo Kiergaard— estuve viviendo en un país llamado Altago. Pasaba gran parte del tiempo al aire libre, realizando trabajo médico bajo el sol.
—¿El reino de Altago? —Laxia asintió—. Mi padre me contó muchas historias sobre ese lugar. Dicen que es una tierra misteriosa, donde vagan bestias gigantes. ¿Has oído hablar de él, Adol?
Adol sí había oído hablar. De hecho, la mención de Altago había hecho sonar una alarma en su mente. Regresó a la clínica y se sentó en el banco de pacientes.
—Cuénteme más sobre Altago, doctor —dijo.
—¿Ahora? —Laxia frunció el ceño.
—¿Por qué no? Como aventurero, siempre me interesa escuchar historias sobre tierras misteriosas. ¿Bestias gigantes, dijo?
El ceño de Laxia se acentuó.
—Ahora no es el momento para… —Se interrumpió cuando Adol le lanzó una mirada penetrante.
Kiergaard observó a ambos y una fina sonrisa se dibujó en sus labios.
—Con gusto compartiré historias sobre todo lo que he visto y oído. Pero ¿no deberían concentrarse primero en resolver este caso?
—‘Toy de acuerdo —dijo Sahad—. Ya tendrás tiempo de sobra pa’ charlar con Kiergaard más tarde, Adol.
Adol suspiró. Durante su tiempo en la isla había aprendido a apreciar a sus compañeros, pero a veces deseaba que los tres fueran un poco mejores comunicándose. De verdad quería quedarse y seguir interrogando a Kiergaard. Pero el momento se había perdido, y no le quedó más remedio que seguir adelante por ahora.
—Claro —dijo—. Más tarde, entonces.
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