El Jefe de Atelier Tan Despistado
Vol. 5 Prólogo
Yo, Kurt Rockhans, había sido malo para pelear desde que era niño.
Y no era solo yo.
Los habitantes del Aldea Hast, donde vivía, tampoco eran buenos para luchar.
—¡Un monstruo ha aparecido!
Un día, poco después de que cumplí seis años, un aldeano gritó eso usando un artefacto mágico amplificador de voz, mientras hacía sonar con fuerza la campana de advertencia en lo alto de la torre de vigilancia.
En estos casos, mujeres y niños corrían a refugiarse en el lugar más resistente del pueblo, hecho de una aleación de oricalco y adamantita. Sin embargo, ese día yo estaba algo alejado de la aldea, por lo que me retrasé en la huida.
Escondido en unos arbustos cerca de la entrada del pueblo, lo vi.
La calamidad que atacaba la aldea: diez goblins.
El miedo me paralizó.
Era la primera vez en siete años que un grupo de goblins de dos cifras atacaba la aldea. La última vez había sido antes de que la aldea se mudara, cuando yo aún estaba en el vientre de mi madre.
En aquella ocasión, afortunadamente, hubo aventureros de otra ciudad que nos ayudaron y todo salió bien, pero hoy no había visitantes en la aldea.
Me di cuenta de que, sin pensarlo, estaba apretando la hoja de mi hoz de mitrilo hecha a mano para recolectar hierbas medicinales; cuando me fijé, mi mano ya estaba cubierta de sangre. Gracias a la adrenalina casi no sentía dolor, pero, si seguía así, el olor de la sangre podía delatarme, así que, con la mano que aún estaba ilesa, preparé rápidamente una medicina y la apliqué sobre la herida.
El medicamento eliminó las bacterias, detuvo la hemorragia y regeneró la piel.
Por suerte, los goblins no se percataron de mi escondite y se dirigieron directamente a la entrada de la aldea.
En la entrada había una barricada hecha con gólems de mitrilo.
Los gólems de nuestra aldea podían cargar rocas de cien toneladas y realizar trabajos minuciosos como enhebrar una aguja con hilo, pero, al estar diseñados para la construcción, no eran aptos para el combate.
Aun así, había gente armada alrededor de los gólems. Empuñaban hachas de oricalco capaces de talar árboles de diez metros de diámetro de un solo tajo, picos de adamantita que trituraban con facilidad incluso las menas de platino, y lanzallamas capaces de hervir al instante icebergs del permafrost; sin embargo, todas esas herramientas estaban diseñadas para talar, excavar o desmalezar, así que dudaba mucho que fueran útiles contra goblins.
Mi hoz de mitrilo no era diferente. Con un solo tajo podía generar una ráfaga cortante y hacer caer frutos de un árbol a diez metros de distancia, pero, si la usaba contra un monstruo, los nervios me harían fallar y mandar el golpe en una dirección absurda. Al fin y al cabo, tampoco era un arma de combate.
En la tienda general había una única espada con el nombre «Excalibur». Sin embargo, si un novato intentaba usar un arma así, corría el riesgo de apuñalarse a sí mismo por los nervios, por lo que nadie quería utilizarla.
Mientras observaba, preguntándome qué hacer, los goblins parecían extrañamente confundidos ante la barricada de gólems.
Una barricada así podía ser atravesada en cuestión de segundos incluso por un niño como yo, así que, ¿por qué se quedaban así?
Mientras el estancamiento continuaba, los que se movieron primero fueron los habitantes del Aldea Hast.
Alpr, el leñador, se lanzó solo empuñando su hacha de oricalco.
¡Qué imprudencia!
Aunque Alpr podía enfrentarse a un centenar de trents sin recibir más que rasguños, ¡¿cómo iba a luchar él solo contra diez goblins?!
Alpr bajó su hacha, pero la hoja impactó en el suelo a cincuenta centímetros de los goblins, hundiéndolo profundamente, y él terminó cayendo de espaldas.
—¡Alpr ha caído!
—¡Gólem, salva a Alpr!
El gólem rescató a Alpr, que estaba en el suelo recibiendo golpes con palos.
Después, los aldeanos ordenaron al gólem que luchara contra los goblins, pero, como era de esperar, sus ataques no lograban alcanzarlos. ¿Era realmente tan difícil golpear a un objetivo en movimiento?
Fue entonces cuando ocurrió.
—¿Qué están haciendo? ¿Jugando con los goblins?
Quien apareció diciendo eso fue un hombre con pinta de espadachín viajero.
Era Arturo, un aventurero que a veces visitaba nuestra aldea.
—¡Arturo, huye! ¡Es peligroso!
—…¿No me digas que lo dices en serio? ¿Diez goblins? ¿Una aldea con una fuerza tan absurda teniendo problemas contra ellos?
Arturo lo dijo con un aire de incredulidad y, acto seguido, desenvainó su espada de hierro.
En el instante siguiente, los diez goblins habían sido abatidos.
—Ni para calentar sirve esto.
Al decirlo, Arturo limpió la sangre de la hoja y enfundó la espada. Ni yo ni los aldeanos pudimos ocultar nuestra sorpresa ante aquella escena.
Había escuchado que los aventureros eran fuertes, pero nunca me habría imaginado que lo fueran tanto.
Sin darme cuenta, me puse de pie en ese mismo instante y dejé escapar unas palabras.
—…Increíble.
El miedo había desaparecido, pero esta vez mi cuerpo no se movía por la emoción.
Arturo se dio cuenta de mi estado.
—¿Estás bien, chico?
Me lo dijo mientras extendía su mano hacia mí.
Tomé esa mano, me incorporé y le di las gracias.
—Gra-gracias, Arturo
—No pasa nada, para calentar antes del torneo de artes marciales… ni siquiera sirvió, fue más bien un estiramiento previo. No le des importancia.
—¿Torneo de artes marciales…?
—Sí. Es un torneo en el que se reúnen guerreros de todo el mundo que arriesgan su vida en combate, como yo, para medir sus habilidades.
Así que existía un torneo así.
Y lo más impresionante: allí había combatientes como Arturo, capaces de derrotar en un instante a diez goblins.
Yo nunca participaría en un torneo de artes marciales… o al menos eso pensaba.
Pero en ese momento tuve un sueño:
Algún día, participar en el torneo de artes marciales como un hombre hecho y derecho.
Después, los habitantes de la aldea invitaron a Arturo a un banquete, y como muestra de agradecimiento le entregaron la espada Excalibur que tenían en existencia.
—¿De verdad está bien? ¿Solo por derrotar a unos goblins? Esta espada es increíble, ¿saben? ¿De verdad está bien?
Era una espada que alguien del pueblo había fabricado por imitación y que no habían podido venderle a ningún comerciante, pero me impresionó la forma exagerada en que Arturo fingió sorprenderse.
En cualquier caso, viéndolo ahora, quizá fue en ese momento cuando tomé la decisión de convertirme en aventurero.
Y así, los años pasaron.
En ese momento, yo estaba participando en el torneo de artes marciales que se celebraba en la isla Paos, perteneciente a la Federación de Ciudades-Isla, Koskeith, y había llegado hasta el torneo final.
Sí, el sueño que había tenido en mi niñez se había hecho realidad.
Esta era la historia de cómo yo, que no tenía talento para la lucha, participaba como un hombre en el torneo de artes marciales.
…Quedaba muy bien decirlo así, pero no podía evitar sentir que estaba fuera de lugar.
Que alguien como yo participara en el torneo de artes marciales…
Sin embargo, quizá nadie se había dado cuenta de lo débil que era, porque al caminar por la ciudad me llegaban voces de aliento.
—¡Esfuérzate! Iré a ver el combate del torneo, sin falta
—¡Yo también me tomaré el día libre en el trabajo para ir a verte! ¡Ya tengo reservada la mejor butaca en primera fila!
Esas muestras de apoyo, aunque me avergonzaban, también me llenaban de orgullo.
Sí, ¡debía dar lo mejor de mí!
Eso pensé y me armé de valor.
Pero entonces…
—¡Un ángel! ¡Un ángel está pasando por la ciudad!
—¡Kurumi! ¡Hoy también estás preciosa, Kurumi!
—¡Cásate conmigo…! ¡No, mejor, sal conmigo aunque sea una vez, te lo ruego…!
Con esos gritos, todo mi entusiasmo se disipó al instante.
Ja, ja, ja… claro. En ese momento, yo no era Kurt Rockhans.
Era una chica llamada Kurumi, vestida con uniforme de camarera.
Explicarlo sería algo enrevesado, pero tenía que participar en el torneo como una chica.
x Esta era la historia de cómo yo, que no tenía talento para la lucha, participaba como un hombre en el torneo de artes marciales.
○ Esta era la historia de cómo yo, que no tenía talento para la lucha, participaba como una mujer en el torneo de artes marciales.
…De algún modo, sentía que esto no tenía nada que ver con el torneo de artes marciales que había soñado.
Pero aun así, ¡debía darlo todo para ganar!
Por el Señor Yuura, mi compañero en este torneo, que había aceptado participar conmigo a pesar de que fuera alguien como yo.
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